|
 |
|
FOTO DE AGENCIAS |
 |
|
FOTO DE AGENCIAS |
|
|
|
|
|
|
síguenos
en |
 |
 |
|
|
Si,
los hay y no son pocos. Conocí a varios de ellos esta semana. Uno de
ellos don Wilfredo Antilef. O Antülef, “sol veloz” o “quien se mueve a
la velocidad de la luz”, como me corrigió un amigo profesor
intercultural con alma de poeta. Antilef es propietario de una empresa
líder en la importación de maquinaria pesada desde Europa y Estados
Unidos, con una facturación anual de varios millones de la divisa verde.
Comenzó de mueblista en Santiago pero hizo fortuna en Antofagasta, ello
en la importación y distribución de alimentos. Todo lo ganado lo
invirtió más tarde en una empresa de áridos y maquinaria pesada en la
capital. Y mal digamos no le fue en su apuesta.
Wilfredo fue uno de los panelistas estrellas del primer Seminario de
ENAMA, algo así como la ENADE Mapuche, iniciativa de un grupo de
profesionales -entre los que me encuentro- que busca visibilizar esta
“otra cara” de una sociedad caricaturizada como campesina y pobretona
hasta el hartazgo. La cita fue en Temuco, en uno de los salones del
Hotel Dreams y además de Antilef expusieron Painecura, Romero, Inalaf y
Calfucura. El primero, empresario turístico; el segundo, farmacéutico;
el tercero, silvoagropecuario; y el cuarto, gastronómico. Todos, en
mayor o menor grado, exitosos hombres de negocios. Todos, a su vez,
originarios de comunidades rurales y orgullosos de su identidad. Así lo
subrayó cada uno. Y créanme así lo pudimos comprobar.
“¿Mapuches empresarios?, que cosa más rara”, me comenta un amigo a quien
le cuento sobre ENAMA y esta idea de cambiar la mirada estereotipada
respecto del pueblo mapuche. “No me los imagino como empresarios; ¿no se
supone están contra el desarrollo y el mercado de los winkas?”, me
interroga. Intento responder comentándole del “trafkintu”, el
“intercambio”, la forma de hacer negocios que nuestro pueblo utilizó por
siglos y que incluso llegaría a ser una práctica habitual -y por tanto
regulada por ley- entre nuestros abuelos y los suyos.
Pocos saben -y de nuevo básicamente porque a nadie se le enseña en el
colegio- que previo a la ocupación chilena de nuestro País (si leyó
bien, “País”, tome aire, relájese o bien llame al 133, decida usted
estimado lector), los mapuches fuimos una rica sociedad de comerciantes.
Comerciantes de ganado, de textiles, de platería, de sal, de todo
aquello que las Capitanías Generales y más tarde las nacientes
Repúblicas necesitaran y nosotros pudiéramos proveer sin demora. Ganado,
sobre todo. Ganado bueno, bonito y barato. Vacas y caballos. “Kullin”,
el animal grande, fue nuestra moneda de cambio por más de dos siglos.
Hoy, dicha palabra se traduce popularmente como “plata” o “dinero”.
Hasta los chilenos la utilizan muy a menudo, sin sospechar siquiera lo
que esconde su origen. “Nialay Kullin… no hay dinero”, he escuchado
incluso decir a más de una vieja pítuca frente a un cajero automático
vacío. Paradojas del chileno medio; discriminador y a su modo,
intercultural.
Si, es verdad. Fuimos una sociedad de magníficos comerciantes. Tanto así
que grandes “ülmenes” (hombres ricos) del siglo XIX son recordados hasta
nuestros días en numerosos cantos y relatos tradicionales. Calfucura, el
Señor de las Pampas, el principal de todos ellos. En tiempos anteriores
a Whirpool, Mademsa o LG, si usted necesitaba preservar alimentos y
sobre todo carne, Calfucura tenía en venta la solución. Caravanas con
toneladas de sal partían hacia los cuatro puntos cardinales desde sus
dominios en Las Salinas Grandes, al sur de la provincia de Buenos Aires,
por entonces -como La Araucanía en este lado- territorio mapuche
autónomo. A tanto llegó su poder e influencia, cuentan los cronistas
argentinos, que generales como Rosas y Urquiza lo buscaban
desesperadamente como aliado en sus campañas militares al norte del
Chadileufu (Río Salado). Y que mandatarios como Mitre y Sarmiento le
temían como si se tratara del mismísimo diablo. Era, metafóricamente
hablando, el Anacleto Angelini o el Andrónico Luksic de su tiempo. Ya
fuera comercial o militarmente, si roncaba Calfucura el zafarrancho en
Casa Rosada era cosa segura. Y también en La Moneda, por cierto, puesto
que su área de influencia comercial y política abarcaba del Atlántico
hasta el Pacífico. De Bahía Blanca al Golfo de Arauco. De las callecitas
de Buenos Aires a los adoquines del Santiago de 1850. ¿No tenía usted la
menor idea? Bueno, mayor razón para seguir demandando este 2012
educación pública, gratuita y de calidad para todos.
Mi amigo me pregunta si es compatible la cultura mapuche con los
negocios y no dejo de pensar en Calfucura. Y no hablo del Calfucura del
siglo XIX, sino en el Calfucura del siglo XXI, José Luis Calfucura, chef
internacional y propietario de Calfucura Buffet, empresa hoy en día
líder en el rubro gastronómico étnico. Originario de Repocura, en La
Araucanía, a temprana edad se trasladó con su familia hasta la comuna de
Cerrillos, en la región Metropolitana. Tras deambular con relativo éxito
en diversos rubros comerciales, dio con la gastronomía con sabores y
recetas tradicionales mapuches. Hoy es toda una referencia en el
mercado. Y su nombre marca registrada de excelencia, innovación y
calidad. Tal vez no tenga el poderío de su pariente del siglo XIX, pero
Calfucura, a sus 30 años, se declara más que satisfecho con lo obrado
hasta ahora con su empresa. “Una de las alegrías más grandes que tengo
fue el poder darle autonomía económica a mi madre; hoy ella es la
propietaria de mi primer restaurant”, nos cuenta en ENAMA y con los ojos
llorosos. Y el aplauso de los asistentes se vuelve por extensos minutos
ensordecedor. Su historia, como la de la mayoría de los expositores, es
una historia de trabajo, perseverancia, porfía y sobre todo, esfuerzo.
¿Quién dijo que los mapuches no éramos más que una tropa de flojos y
borrachos? Fue don Benjamín Vicuña. No, no el actor casado con Pampita.
Hablo del historiador, académico y parlamentario del XIX. Si, el
mismísimo Vicuña Mackenna.
Autonomía económica. Interesante concepto. De ello le habla Juan Antonio
Painecura, propietario de la empresa turística Kimün Ruka, a los cientos
de mapuches presentes en el Hotel Casino Dreams. “Ningún proyecto
político mapuche tendrá viabilidad si no va acompañado de un proyecto
económico viable para nuestro pueblo y la región”, lanza Painecura como
un verdadero Tomahawk. “Y los discursos mapuches -agrega sin anestesia
alguna- carecen generalmente de este cable a tierra. A ratos nos
enfrascamos en discusiones que si el capitalismo o que si el socialismo,
como si los mapuches fuéramos a resolver el dilema que la sociedad
occidental no ha logrado resolver en todo un siglo. Y mientras seguimos
con los grandes discursos, nuestro pueblo sigue tan pobre y dominado
como siempre, sin poder alguno para incidir, negociar o, por qué no,
algún día llegar a gobernarse”. Poder económico para conquistar poder
político. Es decir, la carreta detrás y no delante de los bueyes. Al
hueso y sin intermediarios el peñi Painecura. De vivir en el siglo XIX,
de seguro habría sido aliado y amigote del viejo y sabio Calfucura.
Hasta me los puedo imaginar en la ruca, al pie del fogón, planificando
negocios como quien mueve piezas en un sofisticado tablero geopolítico
de ajedrez. ¿Y de qué, si no de poder económico e influencia social,
trata en verdad la lucha política aquí y en la quebrada del merquen?
ENAMA, mucho más que un espacio para cambiar la mirada; también y sobre
todo, un espacio para mejorar la puntería.
* Publicado originalmente en El Post /
http://elpost.cl/users/pedro-cayuqueo
DEJA TU COMENTARIO
VOLVER
|