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"¿Cómo
te explicas lo de Hinzpeter?”, me pregunta un corresponsal de prensa
extranjero de visita en Temuco. “Cuesta entender su reacción, incluso
boicotea todo lo obrado por el gobierno en la materia. Imagínate que
nunca habían aplicado la Ley Antiterrorista y eso llamaba mucho la
atención, de manera positiva”, agrega. Difícil aventurar una respuesta
sobre Hinzpeter, en tanto persona. Habría que ser psicólogo. O
psiquiatra. Si tengo claro que el doble estándar en las políticas
gubernamentales hacia los mapuches –por un lado la zanahoria, por otro
el vil garrote- no nació con este ministro. La Concertación, si por algo
destacó en materia indígena, fue por levantarse un día con el pie
derecho y al otro día con el izquierdo. Más con el derecho que con el
izquierdo, habría que precisar.
La mala memoria. Pocos recuerdan hoy que mientras Mideplan convocaba
numerosas “mesas de diálogo”, desde Interior personajes como Jorge
Correa Sutil, Patricio Rosende y Felipe Harboe reprimían mapuches al sur
del Biobio a diestra y siniestra. Correa Sutil fue, para los
desmemoriados, el artífice de la hollywoodense “Operación Paciencia”,
montaje orquestado entre el Ministerio del Interior y la Fiscalía para
poner tras las rejas a los miembros de la CAM. Tras meses de
“seguimientos”, “escuchas telefónicas”, “filmaciones” y decenas de
“análisis de inteligencia”, una treintena de mapuches fueron detenidos y
encarcelados “preventivamente” en Temuco por más de un año, ello a la
espera de un juicio oral que finalmente (¡Oh sorpresa!) los absolvió a
todos. Hasta de intentar volar el centro de Temuco acusaron los fiscales
a la CAM en aquel surrealista proceso. La paranoia post “11 de
Septiembre” a full. ¿En verdad no lo recuerdan? ¿Tampoco las “armas de
destrucción masiva” requisadas por Harboe a un grupo de danza afro en la
USACH?
Lo acontecido en Carahue no es más que el retorno, en gloria y majestad,
del manido discurso de los “mapuches buenos” y los “mapuches malos”. Con
los primeros se entiende Desarrollo Social y la Conadi; con los
segundos, Interior y las fiscalías. Estrategia absurda, inconducente.
Tanto porque los segundos torpedean al primero constantemente –la
simbólica entrega de tierras en Temulemu pasó a la historia tras la
metida de patas de Hinzpeter- como porque presupone que en verdad
existen “mapuches buenos” y “mapuches malos”, y que los primeros –a la
hora de los apaleos y cacerías de brujas que afecten a los segundos- se
van a alinear automáticamente con el gobierno. ¡Fail! Esto lo comprobó
el propio ministro Lavin tras su reunión de emergencia con los mapuches
que participan de la Mesa del Ñielol, en Temuco. Es cierto, varios de
ellos son cercanos al gobierno, más no la mayoría como presuponen los
desinformados de siempre.
Enviado a “calmar los ánimos”, el mensaje transversal que recibió Lavin
en aquella reunión no dejó lugar a dudas. “Cuando atacan a un mapuche
nos atacan a todos como pueblo”, le señaló un dirigente de Galvarino.
“Apoyo a este gobierno pero mi corazón es mapuche. No me haga elegir
ministro”, le advirtió otro de los presentes, visiblemente molesto. La
voz cantante la llevó José Nain, ex miembro del Consejo de Todas las
Tierras, quien a nombre de todos demandó una reunión con el Presidente
Piñera en La Moneda. “Queremos que el presidente se disculpe con nuestro
pueblo. Acusaciones como estas no pueden ser minimizadas”, señaló Nain a
los medios tras la cita. Y es que jugar con la solidaridad étnica puede
resultar peligroso. Hinzpeter, en tanto judío, debiera saberlo mejor que
nadie. Nada refuerza más la identidad y el sentido de pertenencia de un
pueblo que metidas de pata como la suya. Me atrevería a señalar que
nunca antes la CAM gozó de tanta solidaridad mapuche. Y merecida que la
tiene.
Cuanta razón tenía mi abuelo; con España todo era más fácil. Al pan, pan
y al vino, vino. ¿Guerra?, ok, guerra. ¿Parlamentos?, ok, Parlamentos. Y
así por más de tres siglos. O lo uno o lo otro. Nada de medias tintas o
“dialoguemos pero al mismo tiempo los apaleo”. Pese a todo, bastante
honorables resultaron los gobernadores ibéricos. “Hombres de palabra”,
les llamaba mi abuelo con respeto. Y no me vengan con que “era otra
época histórica” o que “se trataba de una guerra colonial”. Hasta donde
se, la política (indígena) no es más que la continuación de la guerra
(de Arauco) por otros medios. Y colonia, digamos las cosas por su
nombre, es lo que somos los mapuches en Chile. Como los palestinos en
Gaza. Que alguien se lo explique a Hinzpeter, el hombre sin palabra.
* Publicado originalmente en The Clinic.
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