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No hubo emboscada. Lo
único raro que vio en el camino fue a los policías
saltando como conejitos -pero apuntando- mientras subían
por el cerro en que hay unas casas, cuatro hectáreas en
que sobreviven nueve familias. Lo cuenta Juanita
Montoya, de 34 años y tres hijos, una de las dos
detenidas en el allanamiento que el martes 3 de abril el
fiscal Luis Chamorro y la policía hicieron en la
comunidad Wente Winkul Mapu, en Ercilla, y en que murió,
de un balazo, el sargento del GOPE Hugo Albornoz.
Montoya es testigo privilegiado: al momento en que se
habría producido el ataque, ella se encontraba metida en
un carro policial, rumbo a la comisaría de Collipulli.
Estaba en los autos supuestamente atacados. Pero no oyó
nada. Sólo vio a los policías, subiendo los cerros en
cuclillas y apuntando.
Ella, dice Juanita Montoya, sólo se enteró en el
calabozo del cuartel de Pidima de lo que había pasado. A
esa hora, los policías hacían un segundo ingreso a la
comunidad, buscando en una casa cercana una cámara con
la que, suponían ellos, se habría grabado el incidente.
No encontraron nada. Una tercera visita de los policías
al lugar en que los comuneros dicen que cayó el sargento
Albornoz -una loma a unos treinta metros del camino
vecinal, casi frente a una casa- sirvió, denuncian los
mapuche, para levantar todas las vainillas y restos de
un mortal incidente que amenazó con subir de golpe los
decibeles de un conflicto que ha estado violento, pero
no a niveles mortales.
La misma semana del incidente, The Clinic visitó a los
comuneros de Wente Winkul Mapu y recogió sus
testimonios. La mayoría de ellos fueron entrevistados
por detectives de la Brigada de Homicidios que se
constituyeron en el lugar en que, aseguran los mapuche,
cayó el sargento Albornoz. Los detectives hicieron
diligencias clave para el futuro de la investigación,
que se encuentra bajo secreto. A partir de ahora, se
empezarán a confrontar las dos versiones de los hechos:
o fue una emboscada ejecutada por un grupo armado
mapuche o un accidente entre carabineros armados que
corrían disparando por los cerros.
EL PERRO Y EL FISCAL
El prólogo del tiroteo que le costó la vida al sargento
Albornoz ocurrió en la casa de Juanita Montoya, una
vivienda de tres piezas de madera, metida en el cerro,
cercana a la de su padre, un anciano -kimche- que se
dedica a recolectar mosqueta para venderla. Le pagan
$300 el kilo y, después de un día metido en las zarzas,
suele reunir 50 kilos. Juanita ese día también iba a
buscar mosqueta. O corales, como les dice ella.
-Iba a salir a trabajar y miro y ahí afuera había dos
policías apuntando. Yo les dije “qué les pasó, por qué
están apuntándome”. Me dijeron “usted mantenga silencio,
venimos a hacer un allanamiento por orden del fiscal
Chamorro. Coopere”.
A la pareja inicial pronto se sumaron otros policías. La
casa de Juanita Montoya se llenó de carabineros. Todos
armados.
-Según ellos, buscaban escopetas que yo tenía adentro de
mi casa. Y yo les dije “cómo iba yo a tener escopetas en
mi casa, mire la forma en que vivo, esta es mi casa;
ustedes son mucho más educados, inteligentes
supuestamente, y cómo pueden pensar eso”.
El allanamiento siguió. Los carabineros dieron vuelta
todo.
-Yo les decía “qué buscan” y ellos respondían “usted
callada, ya le dije qué buscamos, calladita usted”. Y,
bueno, le dije, si encuentran algo quiero verlo porque
soy yo la que vivo acá y hago todos los días aseo y
también debo verlo, si tengo.
Mientras allanaban, Montoya dice haber visto al fiscal
Chamorro, afuera de la casa. Se le acercó. Chamorro le
dijo que cooperara, calladita. Luego, entró a la casa y
la recorrió.
De la casa, dice Juanita Montoya, primero sacaron unas
espuelas y una agenda, ambas de su hijo Erick.
-Yo les dije “¿y eso es lo que buscaban, eso es lo que
dicen ser escopetas?”. “Señora”, me dice otro policía
más bruto: “cállese”. “No le tengo miedo, porque mire
cómo está usted, todo armado; lo que usted busca lo
tiene usted mismo”. Tenía que defender mi casita. Me
dieron vuelta toallas higiénicas, las cajitas de los
anticonceptivos, aspirinas, los paracetamol de mi hija y
yo les decía “pero qué buscan, si la toalla es una
bolsita chiquitita”.
¿Y por qué se la llevaron presa?
-Después salimos todos y yo dije tengo que ir trabajar y
él me dice “no, usted está detenida”. Pero por qué. Por
el fierro que le encontramos. “Qué fierro, señor fiscal,
muéstremelo”. “El fierro, usted sabe, no se haga”. Y
otros policías me decían aquí está, pero dentro de una
bolsa de esas de pan de supermercado. “¿Y ese es el
fierro?”. Y le dije cómo va a estar ahí ese fierro, si
la bolsa se rompe.
Luego se pasaron a la casa de su padre. La policía la
rodeó. Los carabineros querían entrar pero la puerta
estaba cerrada. Un policía le dijo a Juanita Montoya que
la iba a derribar. Ella le preguntó por qué. El policía,
asegura ella, le respondió con un monólogo:
-Ahí me dijo “yo soy el perro de estos hueones. A mí
nadie me dice, y si la tengo que botar la puerta, la
boto. A mí, dígame perro no más, no me molesta, yo mando
a todos esos chuchadesumadres aquí”.
Montoya cuenta que le respondió que cómo era eso, que él
debía tener un nombre, como todos. “Porque cómo le iba a
poner a mi hijo perro, está bien que sea tan ignorante,
pero no nos vayamos tan...”. El Perro, cuenta ella, optó
por meterse por la ventana. “Que yo sepa -le dijo ella-
es de delincuentes entrar por las ventanas. Primero un
policía, después un perro y ahora un delincuente”.
¿Y el fiscal Chamorro?
-Estaba ahí, con su terno, sus lentes. Y no hacía nada.
Observaba lo que hacía su gente.
Luego se la llevaron presa. La metieron en una cuca y se
fue con la comitiva del fiscal. Rodeada y con escolta
por primera vez en su vida.
-Yo iba ahí. Yo me creía algo grande, yo iba ahí al
medio de todo. Jajajaja.
En medio de todo. En medio de la comitiva del fiscal
Chamorro, que en ese momento enfilaba hacia lo que
-hasta esta semana- se suponía incuestionablemente era
una emboscada mapuche.
EL SITIO DE SUCESO
El martes en la mañana, el Laboratorio de Criminalística
de la PDI llegó hasta el patio de Miriam Gallardo en
Wente Winkul Mapu. Su casa queda a unos treinta metros
del camino vecinal, en una loma. Tiene unas casetas y
una chanchera. Allí, dicen ella y sus vecinos, es donde
cayó el sargento Albornoz. No en el camino, como fue la
primera versión de Carabineros.
Los detectives fueron a hacer diligencias. Solos: sin
fiscal ni carabineros. Entrevistaron a tres familias y
periciaron el lugar. Pero deben haber encontrado poco,
porque la semana pasada Carabineros limpió todo y
quedaron algunos pocos cartuchos de escopeta vacíos con
que los niños de Wente Winkul Mapu -uno de ellos, hijo
de Miriam Gallardo- juegan.
Miriam Gallardo estaba en su casa cuando empezó todo. A
esa hora en la comunidad casi no había hombres: la
mayoría trabaja en la forestal. Lo que ella cuenta es
una tole tole de balazos:
-Los carabineros aparecieron por esa parte de allá
-dice, mostrando una pequeña quebrada e indicando que la
policía venía subiendo el cerro hacia su casa en un
trayecto paralelo al camino por el que pasaba el fiscal
Chamorro-. Y otro grupo apareció de allá -apuntando
ahora hacia el sur, hacia el camino-. Disparando. Unos
disparando por acá, otros disparando por allá. Otros
grupos estaban acá, disparando acá, y otros estaban
escondidos allá, detrás de mi rancho. Empezó la balacera
y yo estaba con mi hija de tres años y la escondí. Y eso
fue todo.
¿Y a qué le disparaban?
-No tengo idea. Pasaron de aquí a allá. No sé.
Cuando salió de su casa, Gallardo dice que en su patio
-hacia la quebrada, frente a una chanchera y bajo un
alambre de ropa- vio a un policía “que lo tenían ellos
ahí tirado”.
La policía dijo que la bala que le costó la vida al
sargento fue en el camino, y que fue una emboscada de
encapuchados.
-Sí. Yo escuché eso en las noticias y lo que están
diciendo el fiscal y los carabineros es todo falso
porque el fiscal dice que a ellos les hicieron una
emboscada cuando él se fue de acá. Y eso es falso,
porque cuando ellos se fueron de acá para arriba no hubo
ningún ataque más, sino que ellos vinieron a hacer el
ataque. Dejaron la embarrada y después se mandaron a
cambiar.
Pero no se mandaron a cambiar. Regresaron otras dos
veces. Una, en busca de una supuesta grabación que ella,
Miriam Gallardo, habría hecho del incidente. La tercera
visita fue con el fiscal Chamorro y en ella se llevaron
las vainillas que se habían percutado.
Miriam Gallardo cuenta la segunda visita de la comitiva:
-Dijeron que buscaban una cámara porque habían visto que
yo los estaba grabando. Pero yo no grabé. No tuve tiempo
para grabar lo que hicieron, les decía yo, y no tengo
cámara, tampoco. Me quitaron el celular, me lo
registraron todo, me desordenaron mis cosas y no me
dieron ningún papel más encima. No encontraron cámara
porque no tengo cámara.
La tercera visita incluyó al fiscal Chamorro.
-Conversó conmigo y me vino a pedir permiso después que
los carabineros me habían dejado el medio desastre. Le
dije que no pasara porque ya los carabineros habían
hecho lo que quisieron. Llamó a todos, algo de GOPE
dijo. Acá habían como cien pacos y me patearon la puerta
y entraron a mi casa y dejaron todo despelotado: me
botaron la ropa, todo lo que tenía en la mesa... Tenía
unos útiles de mi hija que le habían dado hace poco. Eso
todo me lo botaron.
En esa visita, dice Gallardo, los policías recogieron
las vainillas percutadas - “¡pero no pudieron recoger
este!”, le apostilla su hijo, mostrando un cartucho
vacío. El proceso, dice, duró unas dos horas.
¿Hubo acá algo parecido a un enfrentamiento? ¿Alguna
resistencia?
-Bueno, yo sí me molesté con ellos porque entraron a mi
casa sin ningún permiso. Les dije que no entraran y les
pedí varias veces el papel (la autorización judicial),
se lo pedí al fiscal, porque si andaba él ahí ¿cómo no
lo iba a tener? Y no me lo dio. Me dijo que tenía una
orden de no sé qué cosa y llegó y pasó no más y llamó a
los GOPE y entraron.
¿Hubo algún otro tipo de resistencia? ¿Enfrentamiento de
algún tipo?
-No.
Ellos hablan de encapuchados.
-Yo no vi ningún encapuchado acá. Lo único, que salimos
nosotros, pero andábamos a cara descubierta. Yo
defendiendo mi casa, cualquier persona creo que haría
eso, porque ellos llegaron disparando. Incluso yo andaba
con una sobrina y ella fue a soltar los caballos porque
cuando los vi, supe que iban a hacer eso. ¿Y qué es lo
que pasó? Yo me vine de allá y empezaron a disparar al
tiro, no pensaron en nosotros. A mí me llegó una cosa
acá en la espalda, no sé qué fue pero doy gracias a dios
que no me llegó tan fuerte porque si no ahí me hubieran
dejado tirada. También tiraron lacrimógenas, y eso está
prohibido usar acá.
Los carabineros hicieron fotos de todo. Incluso, dice
Gallardo, grababan mientras ocurría el baleo en que cayó
Albornoz.
-No sé para qué buscan cámaras, cuando ellos grabaron
todo lo que hicieron acá y ellos saben lo que hicieron
acá. Yo le decía a los periodistas que cómo saben ellos
si a lo mejor el mismo paco que andaba por esa parte
escondido no le disparó al compañero que estaba parado
allá. Si de aquí, mi casa, esto parecía un retén de
pacos; disparando por aquí, disparando por allá. Pucha,
hasta mi chancho se salvó -cuenta.
EL ENCINO DE US$1 MILLÓN
En Pidima, Juanita Montoya se enteró que había un
carabinero baleado. Dice que oyó decir al fiscal “estos
chuchasdesumadres hirieron a un hueón”. Todo el mundo
partió de vuelta a la comunidad. A ella la mandaron en
una cuca rumbo a Collipulli. Antes de llegar al
calabozo, pasó por la posta para constatar lesiones.
Allí vio al herido, que fue despachado a Angol.
Pasó la noche en la comisaría. Allí se reencontró con El
Perro. “Se enojó conmigo porque me dijo hay un colega
nuestro abajo y vos no cooperai y yo le dije pero qué
voy a decir más yo, si ustedes fueron a allanar mi casa,
salimos todos juntos, me tienen acá; ¿qué voy a decir?”.
Al día siguiente la trasladaron al juzgado de Garantías,
y allí descubrió otros calabozos (“No tenía idea que
había un calabozo ahí también. Yo veía el tribunal tan
elegante, pintadito, eso veía yo con mis ojos pero
atrás, no saben ná lo que hay...”).
Ese día en la audiencia Chamorro dijo que habían
encontrado una escopeta calibre .12 en su casa y que
andaban buscando a su hijo. Juanita Montoya dice que lo
acusan de haber ido a cortar “un encino de cien años” a
la casa de Juan de Dios Fuentes, el dueño del fundo que
forma parte de las tierras reclamadas por la comunidad.
El encino, escuchó ella, cuesta un millón de dólares.
-Chuta, dije yo: de dónde voy a sacar un millón de
dólares yo, voy a tener que pasar enterita para adentro.
Estando en la comisaría, dice ella, la policía le ordenó
que llamara a su hijo para que se presentara. Un
procedimiento similar al ocurrido con la otra mujer
detenida, cuyo hijo se presentó en el cuartel el mismo
día de su detención. Ella quedó libre.
Pero Juanita Montoya, no. Quedó imputada y con arraigo
regional por tres meses. “No puedo salir de la IX
región, mi querida región... Araucana, jajaja. Tenía que
ser araucana. Aunque me siento orgullosa de ser”.
¿Y qué dice su hijo del árbol?
-Que nunca fue él. Por qué iba a ir. Si quiere cortar
árbol, aquí hay para que corte, por qué tiene que ir a
cortarlo allá; si yo le digo corten este, si tengo tanto
viento acá. Y va a ir a cortarle el árbol allá... ¿Por
qué los hombres son tan cuadrados?
EL WERKEN
Daniel Melinao tiene 26 años y es el werkén de Wente
Winkul Mapu, una comunidad compuesta por cuarenta
familias igual de jóvenes que él que en rigor viven de
allegados de sus padres, que recuperaron hace algunos
años 500 hectáreas. “Pero eso no dio solución porque
somos padres de familia y quedamos en la misma situación
en que estaban nuestros papás”, explica.
Las tierras reclamadas hoy, dice Melinao, habían sido
recuperadas en la Reforma Agraria. Golpe de Estado
mediante, las forestales las compraron baratas. En
ellas, sostiene, hay cementerios mapuche y lugares
sagrados, además.
A Melinao la semana pasada un informe policial filtrado
a la prensa lo vinculó con la Coordinadora Arauco
Malleco, CAM. Él lo rechaza. “luchamos desde la
comunidad y con una demanda histórica. No es que digamos
“me gustó esa tierra y la voy a recuperar”. No: tenemos
antecedentes claros que nuestros familiares directos
ocuparon ese territorio, hace 30 años”, dice.
En sus cuatro años de vida, la comunidad ha recurrido a
la Conadi y a Mideplan. Pero no han tenido respuesta.
“Lo que quiere el gobierno es inyectarnos proyectos,
pero nosotros le decimos no, queremos conversar tema de
tierras, porque eso es lo que nos falta. ¿Dónde vamos a
producir? Qué voy a sembrar acá?”.
-Me han involucrado en diversos delitos y he ido
saliendo, demostrando mi inocencia. Me han acusado de
usurpación violenta, de amenazas contra el particular,
robo de madera. Me han tenido detenido y he quedado con
cautelares. Ahora me llamaron de la Policía de
Investigaciones porque tengo que ir a declarar también
por amenazas. Siempre me han mantenido en tribunales.
Cerca del 70% de la comunidad se encuentra imputada de
algún delito. “De los 40, 30 están procesados por
delitos inventados por la Fiscalía”, explica Melinao.
Consultada la Fiscalía local por The Clinic, su vocero
declinó entregar detalles de la investigación por
encontrarse ésta en calidad de reservada. Carabineros no
respondió nuestros llamados.
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