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El
27F demostró que Chile es un país a medias. Y cuando digo Chile digo
Chile, no la Concertación o el gobierno por entonces de turno. Tengo la
certeza que en las mismas circunstancias, la Alianza por Chile no lo
habría hecho mejor. Así que tampoco se suban por el chorro. O en este
caso, a la ola. La bullada formalización de los responsables políticos e
institucionales ha dejado en claro esto último. ¿Quién es el responsable
de los cagazos del 27F? Para la Alianza por Chile, el gobierno anterior.
Para la Concertación, la naturaleza. Así como lo lee. Raro. La
naturaleza hizo el 27F lo que viene haciendo en esta larga y angosta
faja de tierra los últimos... ¿50 millones de años? Pero que va, da lo
mismo, si al final nadie cacha de geología por estos lados.
Chile es un país a medias. Lo es en sus organismos de emergencia.
Increíble, si consideramos que hablamos de un país niño símbolo de
tsunamis, terremotos y erupciones volcánicas a nivel mundial. Top de Top.
El terremoto más grande en la historia del planeta; en Chile. La
cordillera con los volcanes más activos del mundo; en Chile. Pero en
casa de herrero, cuchillo de palo. Todo mal. Chile debiera ser, por
lejos, líder mundial en la materia. En estudios, equipos, personal y
tecnología. Una oportunidad de oro allí donde otros ven un problema.
Desde Japón debieran venir a Chile a realizar doctorados en
oceanografía. Y de Islandia en vulcanología. Pero es al revés. Así
estamos. Así nos tienen. Las mismas elites que se juran sofisticadas y
topísimas.
Si de mi dependiera, terminaría hoy mismo con la farsa del juicio por el
27F, crearía el Ministerio de Emergencias (símil del FEMA gringo) y
destinaría el 1 por ciento del PIB para equipamiento, personal e
infraestructura. Corta. ¿Mi primer nombramiento? Juan Cayupi,
vulcanólogo mapuche formado en Japón y tal vez el mayor especialista en
desastres y cagazos naturales de Sudamérica. Un lujo el peñi Cayupi. Es
el “Tommy Lee Jones” de la película Volcano. Un capo. Puede que en
Santiago no lo ubiquen, pero en el sur es un crack. “¿Por qué no ha
llegado a jefe de la ONEMI?”, le pregunté cierto día en Temuco,
intrigado. “Por política. Y por llamarme como me llamo”, me respondió.
Por estos días, me cuenta un amigo, acompaña a especialistas japoneses
que viajaron a estudiar los efectos del 27F. ¿Saben como lo llaman sus
colegas nipones? “Cayupi, el hombre que habla con los volcanes”. ¿Cómo
les quedó el ojo?
Chile es un país a medias. Lo es en la responsabilidad política y en el
honor de sus autoridades públicas. El #nosenayo del Bombo Fica como
deporte olímpico. Pésimo. No nos sorprendamos que Michelle Bachelet,
Patricio Rosende, la señora Fernández y los marinos se hagan hoy día los
locos. Es Chile. O Chilito. En Japón, por mucho menos, un ministro o
subsecretario ya se habría suicidado. Y no por cobarde precisamente. En
Chile hubo un tiempo en que el honor se cotizaba y en alza. Hubo un
presidente chileno que pagó con su vida en los 70’ la derrota de su
revolución. Era la vieja escuela política. La del honor. Y los estrictos
códigos de ética. Hoy da lo mismo. Bachelet, camarada de partido del
aquel presidente mártir, de su responsabilidad en el 27F todavía no se
da ni por enterada.
Está en otra la Michelle. En la ONU, pasando piola del 27F, la debacle
de la Concertación (un Titanic que dudo se atreva a comandar el 2014) y
la polémica herencia de su aplaudida administración. En Freirina los
pobladores deben recordarla en estos días y no precisamente con cariño.
Y es que bajo su administración se aprobó el Estudio de Impacto
Ambiental de la Planta Agrosuper, aquel pestilente matadero de chanchos
que hoy algunos insisten en presentar casi como un zoológico. ¿Cuántos
artículos de la Ley Ambiental se burlaron para posibilitar su
funcionamiento? ¿Cuánto en comisiones pagó Agrosuper al batallón de
operadores políticos de turno? Hoy las autoridades ambientales anuncian
una revisión exhaustiva del proceso que facilitó la entrada en operación
de la Planta. Ello, subrayan, “para establecer medidas de mitigación,
compensación o reparación”. De responsabilidades, obviamente, ni hablar.
Es Chile, un país a medias.
* Publicado originalmente en The Clinic.
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