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A comienzos de este año, el
gobierno de Michelle Bachelet frenó una prolongada huelga de
hambre cuando Patricia Troncoso agonizaba. Se pensó que
acceder a las demandas de la huelguista pro mapuche calmaría
la temperatura ambiente, pero en absoluto. Los últimos
acontecimientos en Wallmapu dan cuenta de un conflicto
latente. Para el historiador José Bengoa, tan vivo como hace
200 años. “El problema no se soluciona a
palos, ni regalando vaquitas", advierte. |
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Por
Alejandra MATUS*
I
Viernes 29 de Agosto de 2008 |
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Manifestante mapuche en Santiago. |
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Foto de Juan P. Catepillan. |
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El
historiador José Bengoa comenzó a indagar y a escribir sobre la relación
de los mapuches con el Estado chileno en la década de los ‘80. Hasta
entonces, la historia oficial, redactada por Francisco Encina, le
dedicaba apenas un cuarto de página al conflicto. Esto, a pesar de que
la llamada “Pacificación de la Araucanía”, emprendida por el ejército
chileno a mediados del siglo XIX, constituyó una verdadera y larga
guerra civil: “La más importante que haya habido en el país. Por cierto,
la más sangrienta”, dice Bengoa en su libro: Historia de un conflicto.
La actual explosión
del conflicto en el sur de Chile, aunque parezca nuevo a los ojos del
gobierno de Michelle Bachelet, no es otra cosa que el síntoma de la
incapacidad que han tenido las autoridades políticas de ver y resolver
el más viejo de nuestros problemas, explica Bengoa en entrevista con
Surcos. “De modo incomprensible, el gobierno se demoró más de 90 días en
dar respuesta a la huelga de hambre de Patricia Troncoso, que la prensa
también acalló”, afirma Bengoa. “No fue porque exista una conspiración
del silencio. Lo que hay es una autorrepresión psicológica en la
sociedad chilena frente al conflicto con el pueblo mapuche. Creemos que
si no lo vemos, desaparece”, sostiene.
Bengoa, profesor
invitado en la Universidad de Indiana (Estados Unidos) y Cambridge
(Inglaterra), y titular de la cátedra Pablo Neruda en la Universidad de
París, en 2003, anota que el pecado de omisión afectó incluso al más
insigne de los poetas e icono de las luchas socialesen Chile. “Neruda
solía viajar desde Temuco a Puerto Saavedra, pues allí un colono de
apellido Winter le prestaba libros. En ese tiempo, el poeta escribió sus
primeras obras, los borradores de los Veinte Poemas de Amor. Pero en
todos ellos no hay un solo indio. Neruda no los vio ¡Y eso que en Puerto
Saavedra no hay más que arena, olas y mapuches!”.

La actual
explosión del conflicto en el sur de Chile, aunque parezca
nuevo a los ojos del gobierno de Michelle Bachelet, no es otra
cosa que el síntoma de la incapacidad que han tenido las
autoridades políticas de ver y resolver el más viejo de
nuestros problemas, explica José Bengoa en entrevista con
Surcos. |
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En 2007 terminó en
medio de una serie de conflictos políticos que motivaron el tercer
cambio de gabinete de Bachelet, en apenas dos años de gobierno. Un
estudiante había sido baleado por la policía cuando intentaba prender
fuego a un predio forestal que los mapuches reclamaban como propio, y
Patricia Troncoso, encarcelada y acusada de terrorismo por acciones
similares desde 1998, llevaba más de tres meses sin probar alimentos,
pero el problema mapuche no estaba entre los que motivaron ese cambio de
gabinete. La Iglesia Católica, aún muy influyente en estas arenas, debió
intervenir para que La Moneda se allanara a buscar una solución.
El nuevo ministro del
Interior, Edmundo Pérez Yoma, atisbó la posibilidad de una explosión
social si Patricia Troncoso moría y, apenas asumió su cargo, cedió a
algunas de las demandas por beneficios carcelarios de la huelguista.
Cuando la oposición reclamó por la “debilidad” del gobierno, Pérez Yoma
respondió: “Este no es el gobierno de Margaret Thatcher”. Bengoa escuchó
con atención pues, para él, las palabras del nuevo ministro del Interior
remitían al caso de Irlanda del Norte, donde se demostró que la
inflexibilidad del gobierno no logróapaciguar la protesta de los jóvenes
irlandeses frente a la asfixiante ocupación militar de sus territorios.
Y luego el ministro
secretario general de la Presidencia, José Antonio Viera Gallo, opinó
que había que aplicar en Chile el modelo neozelandés, el más avanzado
del mundo en materia de reconocimiento de la autonomía de un pueblo
indígena. El gesto suicida de Patricia Troncoso, interpretó Bengoa,
logró algo que no se había visto en los gobiernos democráticos que
sucedieron a la dictadura de Augusto Pinochet: “Sacar el conflicto
mapuche del ámbito policial y reconocerle su condición de problema
político”.
El gobierno de
Bachelet dio un paso más y nombró a un Comisionado Especial, Rodrigo
Egaña, para que busque soluciones permanentes al conflicto. Sin embargo,
Bengoa advierte que el meollo del asunto es determinar hasta dónde están
dispuestos los chilenos a llegar en el reconocimiento de los derechos
mapuches. “La clave del problema es que nos hemos negado a reconocerles
su condición de pueblo. ¿Aceptaremos ahora que en el Estado de Chile
puede coexistir más de un pueblo?” El riesgo de que el problema quede
insoluto una vez más, es alto: “Esta es una vieja historia cargada de
decepción y frustraciones”, dice Bengoa.
Conflicto histórico
El conflicto del
estado chileno con el pueblo mapuche, afirma el historiador, está
plagado de “mitos, fantasmas y estereotipos”. Detrás del escritorio del
comandante en jefe del ejército chileno hay un enorme retrato del
cacique Lautaro y el imaginario patriotero alude a la bravuray a la
hidalguía de la sangre mapuche. “No hay museo más chic en Chile que el
Museo de Arte Precolombino”, agrega Bengoa. Sin embargo, afirma, nadie
ha sido más violento y avasallador con los derechos de los indígenas que
los chilenos. El experto revela que los mapuches vivían en mucho mejores
condiciones bajo la dominación española que bajo las sucesivas oleadas
criollas destinadas a “civilizarlos”.
“Este es un fenómeno
común a América latina”, acota Bengoa. “Nunca los ejércitos chileno y
argentino han demostrado mayor grado de cooperación y fraternidad que
durante la Pacificación de la Araucanía, que los argentinos conocen como
“La campaña del desierto”. Según el historiador, la Campaña del Desierto
llenó de gloria a los generales argentinos. En Chile, en cambio, se
oculta con vergüenza. “Nosotros reconocemos en los mapuches a nuestros
ancestros, pero andar pregonando que uno ha matado al padre, es feo.” La
historia del conflicto con el pueblo mapuche ha pasado por sucesivas
oleadas de usurpación de su territorio por parte de los chilenos, hasta
llegar a la situación actual, en que el modelo de explotación forestal
consume agua y tierras, y ha dejado a los indígenas fuera del mercado.
Bengoa -autor de los
libros: Historia del Pueblo Mapuche y La emergencia indígena
en América Latina, entre otros- revela que la recuperación de la
democracia en 1990 ha traído pocos avances en las demandas mapuches, que
siguen siendo las mismas de siempre: reconocimientoa su propia identidad
y lengua, aceptación de la existencia de un territorio propio, y el
derecho a gobernar sus propios asuntos. Bajo el gobierno de Patricio
Aylwin -el primero que sucedió a Pinochet-, se creó una
institucionalidad que, con imperfecciones, intentó abordar el asunto de
las tierras y el del reconocimiento institucional, a través de la
Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi) y del Fondo de
Tierras, que se creó para ir comprando terrenos que se entregaron a las
comunidades indígenas. “Si ese fondo no hubiera existido -acota Bengoa-
hoy el problema sería inmanejable.” No obstante, agrega, bajo ese mismo
gobierno, el Congreso fue “impermeable” a la demanda de reconocimiento a
sus derechos políticos.

Nadie
ha sido más violento y avasallador con los derechos de los
indígenas que los chilenos. El experto revela que los mapuches
vivían en mucho mejores condiciones bajo la dominación
española que bajo las sucesivas oleadas criollas destinadas a
“civilizarlos”.
“Este es un fenómeno común a América Latina”, acota Bengoa.
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Y lo poco que se
avanzó con Aylwin, afirma Bengoa, se retrocedió bajo la administración
del presidente-empresario Eduardo Frei Ruiz-Tagle. “El primer gran
desafío que enfrentó la Conadi fue pronunciarse respecto del proyecto de
construcción de la central hidroeléctrica Ralco, que requería aprobar la
permuta de terrenos indígenas. Como los delegados del presidente en
dicha organización votaron en contra, Frei los cambió. Así la Conadi
perdió su legitimidad cuando se estrenaba en sociedad”, relata.
Bajo el siguiente
gobierno, conducido por el socialista Ricardo Lagos, una de las figuras
más representativas de la lucha contra la dictadura de Pinochet, se creó
la Comisión de Verdad y Nuevo Trato, presidida por el ex presidente
Aylwin. Pero, según Bengoa, antes siquiera de que ésta entregara sus
conclusiones,la prensa chilena las había ridiculizado al punto de
quitarles todo valor. “El informe quedó archivado en algún escritorio en
La Moneda, de donde no volvió a salir”, afirma. Simultáneamente, bajo la
misma administración, se tomó una decisión cuyos efectos aún persisten:
en 1997, el Ministerio del Interior determinó aplicar la Ley
Antiterrorista a jóvenes mapuches insurgentes, en juicios que buscaban
castigar los incendios provocados en predios forestales.
“Los primeros jueces
que vieron el caso se opusieron”, recuerda Bengoa. “No les parecía que
los delitos calificaran de terrorismo, pero el gobierno insistió ante la
Corte Suprema, contratando los servicios de un prominente abogado, amigo
y profesor de los jueces que debían resolver.” Era Juan Agustín Figueroa
quien, curiosamente, es a la vez el presidente de la Fundación Neruda.
La Suprema aceptó el predicamento del gobierno y nombró a nuevos jueces,
que sí aceptaron juzgar a los mapuches como terroristas. De este modo se
estrenaron, en democracia, juicios con testigos secretos y jueces de
rostro encubierto. El conflicto salió de la esfera política. Se
“judicializó”.
Intifada
Y entonces asumió
Michelle Bachelet, quien puso a un destacado dirigente mapuche a cargo
tanto de la Conadi como de los fondos del Banco Interamericano de
Desarrollo, BID, que entregó 120 millones de dólares para superar la
pobreza indígena. No obstante, ese dirigente duró muy poco en su cargo.
“Y el tema desapareció de la agenda de gobierno.Esta administración
nunca tuvo, realmente, una política para enfrentar el conflicto
mapuche”, dice Bengoa. Hasta ahora, lo que han hecho los gobiernos de la
Concertación, afirma el experto, es aplicar “la política del garrote”
contra el mapuche que plantea sus demandas desa fiando la legalidad; y
la “política de la zanahoria” con el mapuche “bueno”, el que acepta
integrarse.
“Estamos dispuestos a
aceptar al mapuche folclórico, aquel que baila con sus trajes típicos y
es amable, pero no al joven que se viste con chaqueta de cuero y que se
nos para de igual a igual exigiendo respeto a sus derechos”, agrega
Bengoa. Es cierto, dice, que los fondos del BID han permitido
importantes avances, como alumbrar extensos territorios que antes eran
“mundos oscuros”, construir viviendas en lugar de rucas, y darles a las
nuevas generaciones acceso a educación, televisión satelital e Internet.
Muchos jóvenes mapuches se han profesionalizado y se perfeccionan en el
extranjero con dineros del Estado. “Pero se equivocaron quienes creyeron
que este asistencialismo iba a desindigenizar a los jóvenes mapuches. Al
contrario. El acceso al conocimiento y a los derechos que hoy se les
reconocen internacionalmente a los pueblos indígenas han alentado sus
demandas”, afirma Bengoa.
La huelga de Patricia
Troncoso, sostiene el experto, generó una nueva “unidad medioambiental”
en el movimiento mapuche, más allá de las discusiones internas sobre el
“método de lucha”, y la emergencia de la cuestión indígena prende desde
Angol a Chiloé y desde el Alto Bío Bío, al borde costero. “El gobierno
se enfrenta hoy a una intifada mapuche y ya se dio cuenta de que el
problema no se soluciona a palos, ni regalando vaquitas, pero es difícil
saber hasta dónde se va a llegar. El problema de fondo sigue siendo el
reconocimiento político: la existencia de un pueblo y el derecho a la
tierra, porque, como ha demostrado el conflicto palestino-israelí, no
hay cultura sin territorio”, concluye Bengoa /
AZ
* Reportaje publicado
originalmente en revista Surcos.
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