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Mapuches en Puelmapu: El regreso al
origen |
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Una película de la realizadora
suiza Fausta Quattrini acerca al público argentino, con
calidad estética y una mirada respetuosa e igualitaria, la
cultura, la política y la situación actual de resurgimiento de
uno de los pueblos originarios, el mapuche. La Nación Mapuce
presenta una sociedad donde las mujeres están recuperando el
lugar equitativo que tuvieron antes de que sus tradiciones
fueran rotas por la invasión colonizadora. |
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Por
Moira SOTO
I
Lunes 4 de Agosto de 2008 |
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Mapuches
de Neuquén. |
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Foto de Agencias. |
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PUELMAPU
/ La Nación Mapuce es un documental poético, político, justiciero
del que cualquier cineasta argentino/a podría sentirse orgulloso/a, pero
su directora, Fausta Quattrini, es de origen suizo, y su acercamiento a
la Argentina ocurrió a través de su compañero de vida y de
realizaciones, Daniele Incalcaterra, director de Tierra de Avellaneda
(1992).
“Venir acá para el estreno de este
film fue la puerta de entrada para mí en el país. Yo estaba con una
búsqueda personal sobre la Segunda Guerra, pero empecé a interesarme en
otras cuestiones haciendo la película Organización horizontal, donde se
ve el trabajo de HIJOS antes de 2001, el sentido que les daban a los
escraches”, dice la directora de La Nación..., cuya idea le pertenece en
sociedad con Incalcaterra, al igual que las imágenes, de notable
hermosura. “En los últimos años, seguí trabajando en películas de fondo
social que me llevaron más lejos en el tema de la identidad, todas
fueron desarrolladas aquí.”
La Nación Mapuce (sin h, según el
Grafemario Ragileo que adoptó autónomamente ese pueblo) se estrena el
próximo 7 de agosto en el Malba, donde se proyectará todos los jueves y
viernes a las 19. Esta producción participó en diversos festivales,
ganado el primer premio al Mejor Documental en el 25º Festival de Turín.
“La idea original que tuvimos con Daniele fue darnos el tiempo necesario
para estar a la escucha, para poder entablar una relación de confianza
mutua con las comunidades. Habíamos tenido un encuentro en Neuquén, en
una fábrica cuya materia era la arcilla, que el dueño sacaba de las
comunidades sin ningún tipo de compensación. Una vez que los obreros
empezaron a poner en marcha esa fábrica, la relación con la comunidad
cambió radicalmente, comenzó un intercambio que sigue todavía.
En la sede de la Confederación
Mapuce, que está en la capital de Neuquén, hablamos con algunos
werkenes. Lo que pude escuchar me conmovió hondamente, sentí que la
palabra de ellos tenía un peso específico, que viene de muy lejos y
puede ir lejos también. Pero están muy limitados por falta de medios.
Entonces nosotros, que estamos con esta tecnología en la mano, dijimos:
‘Acá hay que hacer algo’. Nos pusimos a la escucha durante cuatro años,
filmamos muchos momentos de su vida colectiva, íntima, espiritual. Todo
el tiempo fuimos devolviendo lo que hacíamos bajo la forma de
premontaje, material que ellos mismos fueron usando para organizarse.
Creo que son muchas las cosas que se dicen en la película que nos tocan
a todos: estamos reventando el medioambiente a toda velocidad, nos
olvidamos de que mucha de esta gente fue matada en su territorio antes
de que nadie se tomara el trabajo de aprender su lengua, de conocer su
organización, su cultura. Esa dimensión espiritual que ellos tienen me
parece que hoy hace mucha falta.”
CON LA FRENTE BIEN ALTA
“La película es muy bella, sin duda”,
dice Verónica Huilipan, vocera intercultural del pueblo mapuche, de paso
por Buenos Aires para asistir a una proyección de La Nación Mapuce (film
donde su presencia, así como la de otras mujeres de su pueblo, se hace
sentir), con posterior debate en el que participaron también los
doctores Raúl Zaffaroni (ministro de la Corte Suprema) y Juan Manuel
Salgado (abogado de la Confederación Mapuche de Neuquén), y Eric Mayoraz
(consejero de la embajada suiza en Buenos Aires). “Es una herramienta
comunicacional importantísima. Puede servir de disparador de la
necesidad de conocernos en distintos ámbitos, incluidos los académicos.”
¿Cómo llegás a convertirte en werken de tu pueblo?

Soy del pueblo mapuche en la provincia de
Neuquén, administramos esa realidad local. Soy autoridad política de la
Confederación y pertenezco a una comunidad urbana atípica para lo que
fue el mundo mapuche poco tiempo atrás. Porque hemos sido muy
fragmentados, producto de las políticas de arrinconamiento contra
nuestros territorios. |
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–Hablarte de mí implica hablar de mi
madre, de mi abuela, de mis hijos, de mis nietos... Sí, actualmente soy
werken, vocera de la Condeferación Mapuche de Neuquén. En los últimos
tiempos, este rol interno de transmisión de conocimiento comenzamos a
asumirlo más como de carácter intercultural, político y diplomático, con
el fin de interactuar entre nuestra sociedad y la sociedad argentina.
Ese rol, entonces, se ha resignificado en la actualidad y tiene que ver
con la necesidad de proyección que tenemos como pueblo, que abarca hoy
varias provincias de este país: La Pampa, Buenos Aires, Río Negro,
Chubut, Santa Cruz y Neuquén. Pertenezco a uno de los 24 pueblos
originarios reconstruidos hasta la actualidad en este país. Soy del
pueblo mapuche en la provincia de Neuquén, administramos esa realidad
local. Soy autoridad política de la Confederación y pertenezco a una
comunidad urbana atípica para lo que fue el mundo mapuche poco tiempo
atrás. Porque hemos sido muy fragmentados, producto de las políticas de
arrinconamiento contra nuestros territorios, y de las políticas de
favorecimiento del desarrollo de las multinacionales. Así nos fueron
despojando de nuestro territorio, arrinconándonos contra la cordillera.
Al carecer de condiciones para poder desarrollarnos, nuestros padres
trataron de mejorar la calidad de vida de sus hijos, para lo cual
migraron a centros urbanos.
¿Eso fue lo que sucedió con tus familiares?
–Sí, mamá emigró de la comunidad
donde nacimos con cuatro hijos, ella sola. Fue un gran desafío para esta
mujer coraje, como yo la llamo, asumir semejante decisión. Ella vivía
del trabajo en el campo, la cría de animales, ovejas, chivas, vacas...
Con la venta de tejido consiguió su primera radio portátil, a través de
la cual se enteró de que había otra vida, además de la mapuche en la
comunidad. Ella escuchaba información de la ciudad de Neuquén, que se
pedía gente para trabajar, que había entrega de planes de vivienda.
Entendió que Neuquén era el lugar apropiado adonde ir con sus hijos. Yo
tenía tres años cuando llegamos de prestado a la casa de una familia,
pero no pasó más de una semana que ya teníamos nuestra propia ruka, la
casa. Mamá fue a conversar con la organización de la villa Tiro Federal,
que estaba en pleno proceso de formación. Le cedieron un espacio, allí
instaló la ruka, al lado la huerta y enfrente el jardín.
¿Qué vegetales cultivaba ella en la huerta?
–Maíz, arveja, trigo, papa. De a
puchitos, pero de todo: zanahorias, tomate, ají, morrones... Muchas
aromáticas: romero, orégano, salvia, tomillo, cedrón... Y mucho lawén,
que es la medicina mapuche en términos generales, pero cada planta en
particular hay que ver la relación que tiene con la persona que va a
curar. Es un concepto parecido al de la homeopatía. En nuestra medicina
están muy ligados el físico y el espíritu. El lawén a veces es una
planta, a veces un arbusto, un árbol, otras veces una piedra, una
raíz... Mamá siempre nos enseñó que el lawén era la medicina para estar
bien. Ella descubrió cuál era el lawén para cada uno de sus hijos, a la
vez nosotros fuimos conociendo cuál era el lawén que nos hacía mejor.
¿El pueblo mapuche sigue empleando prácticas medicinales ancestrales?
–Por suerte, es algo que no se ha
perdido, que se mantiene sobre todo en la vida rural: ha logrado
sostenerse su conocimiento y su práctica, es algo que la juventud asume
naturalmente en la actualidad. Fue necesaria mucha resistencia, porque
contarte del pueblo mapuche de la provincia de Neuquén es tener que
hablar de toda esa etapa de invasión militar que sufrimos en nuestros
territorios con la mal llamada Conquista del Desierto, comandada por el
genocida Roca. Sí, hubo un período muy largo de resistencia cultural
interna, debido a que llegó el sable con la cruz. Y el que no moría por
el sable, si no se bautizaba era pasado a degüello. Por suerte, nuestros
abuelos decidieron bautizarse y mantener la resistencia interna. En el
interior de la ruka, hablaban nuestra lengua, formaban a la familia
desde la cosmovisión mapuche. Y de la ruka para afuera, representaban el
cristiano que exigía la sociedad, cosa que ha pasado con la mayoría de
los pueblos originarios, que tenían su propia cultura, su propia
filosofía. Gracias a esa resistencia cultural de nuestros abuelos,
nosotros en la década de los ’80 pudimos resurgir otra vez como
sociedad, como cultura.
¿Cómo sigue la historia de tu madre, de tu infancia?
–Fue una gran novedad llegar a
Neuquén, era una vida distinta. Somos cinco hermanos. Mamá decidió
mandarnos al colegio, yo empecé el jardín a los 5. Lo que me acuerdo
bien de esa época es que a mamá la veía siempre movilizada, tengo
imágenes en mi memoria, yo prendida a sus polleras en marchas con
antorchas. Eran muchas polleras las que iban ahí, por la defensa, por el
recupero de la democracia: mi mamá dice que las movilizaciones que se
hacían eran del Movimiento Evita, de mujeres, que se había organizado en
el barrio. Las marchas también eran por una vivienda digna, por la
urbanización del espacio.
¿Había otros mapuches en esa villa?
–Había de todo un poco: gente pobre
que había llegado a ese lugar en busca de mejores condiciones de vida.
Entonces, mamá, sin dejar de ser mapuche, empieza a participar en esa
vida social organizativa que entendía necesaria, compartiendo algunas
reivindicaciones. Mientras tanto, cada mañana se levantaba y hacía con
sus hijos afuera el Pute Fentún, saludo al día, a la vida, sabiendo que
hay un día más que vamos a compartir como parte del universo todo. En
ese saludo nos comunicamos con las cuatro fuerzas fundamentales que nos
dan la vida, nos proyectan, nos dan conocimiento: se nombra al Wajmapu
Kuse, Wajmapu Fuca, Wajmapu Quica Zomo y Wajmapu Wece Wenxu, es decir,
la vieja de la tierra, el viejo de la tierra, el joven y la joven.
Después del saludo mi mamá se iba a trabajar y mi hermano mayor también.
¿Los demás iban a la escuela pública?

Viví muy bien la etapa de la primaria
hasta quinto grado. No sufrí discriminación quizá porque mamá era tan
firme, tan segura, marcaba mucha presencia en la escuela. Yo tenía muy
buen promedio, era la elegida para hablar en los actos. Fui abanderada
pero sin llevar la bandera, era un sinsentido llevar la enseña que nos
había intentado eliminar. Fue todo muy lindo hasta que terminé quinto
grado. |
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–Sí, en plena ciudad. Nosotras somos
dos hermanas mujeres, yo siete años mayor. Cuando nos llevaba a la
escuela, mamá nos ponía de punta en blanco: delantal de tablitas bien
planchadas, dos trencitas con cintas celeste y blanco. Nos entregaba el
maletín y nos decía: “Ustedes tienen que ir a la escuela para aprender
muchas cosas que yo no sé, pero que las maestras saben. Sin embargo,
nunca tienen que olvidarse de que ustedes son mapuches: eso se los voy a
enseñar yo”.
Qué gran personaje tu mamá, la tenía clarísima...
–Sí, extraordinaria. La tuvo clara
desde siempre: cuando decidió venir a la ciudad que no conocía, que
apenas había oído nombrar por una radio, son actitudes que hablan de su
audacia, de su valor, de su iniciativa.
¿Qué había sucedido con tu papá?
–Una situación de vida bastante
particular: tuvimos un papá que lo fue porque nos engendró. Hacía sus
hijos y desaparecía por mucho tiempo. Un padre ausente. Pero siempre
supimos de él por mamá: ella nos enseñó a respetarlo y a valorarlo por
el simple hecho de habernos dado la vida.
¿Qué trabajo consiguió tu mamá en la ciudad?
–Empleada doméstica. Yo siempre dije
que era como una esclava doméstica porque trabajaba en cuatro o cinco
casas para mantenernos, y hubo un período en que prácticamente no
dormía, porque cuando llegaba a la noche hacía las cosas de la casa, nos
bañaba, nos cosía vestiditos con la ropa usada que le regalaban,
pantalones para los varones.
Entonces, ¿desde muy chica tuviste neta conciencia mapuche?
–Sí, mamá se encargó de eso. Aunque
algunos vecinos se riesen cuando hacíamos el Pute Fentún mirando al sol,
otros se hicieron amigos y no faltaron lo que nos decían indios de
mierda. También estaban los que acusaban a mamá de bruja por hacer esa
ceremonia. Mamá siempre repetía: “Nos fuimos de la comunidad por una
necesidad material, acá seguiremos siendo mapuches”.
¿Cómo te trataban en el colegio tus compañeros y compañeras?
–Viví muy bien la etapa de la
primaria hasta quinto grado. No sufrí discriminación quizá porque mamá
era tan firme, tan segura, marcaba mucha presencia en la escuela. Yo
tenía muy buen promedio, era la elegida para hablar en los actos. Fui
abanderada pero sin llevar la bandera, era un sinsentido llevar la
enseña que nos había intentado eliminar. Fue todo muy lindo hasta que
terminé quinto grado. Pero por la situación económica en que estábamos,
mamá no tuvo más remedio que mandarme pupila a un colegio de monjas,
para poder seguir trabajando. Yo ya tenía 11 y ella pensaba que me tenía
que proteger todo lo posible. Y me resguardó mandándome pupila sexto y
séptimo grado. En ese colegio conocí el maltrato físico y psíquico, la
discriminación más grande. Me trataban las monjas de india de mierda, de
patasucia. En ese colegio conocí la bestialidad de no saber respetar la
diferencia cultural.
¿Estabas completamente sola en semejante situación?
–No, por suerte: nos reunimos un
grupo de chicas mapuches, ése era nuestro refugio. Hacíamos maldades
para que nos castigaran y así poder estar juntas, no tener que ir a
misa. Como a mí me tocó nacer en un período en que ser mapuche hacia lo
público era una vergüenza, me tuvieron que bautizar, lo mismo que a mi
mamá antes. Después hice vida mapuche, pero en ese colegio supe lo que
era la religión impuesta: ir a misa, confesarme, recibir la hostia. Pero
resistimos, pensá que éramos nenas de 10, 11, 12 años. La monja más
dañina se llamaba Ernestina. En cambio, la monja Silvia, alemana, más
joven, fue la única que nos supo contener, acariciar, nos enseñó a
trasladar nuestros pesares a la escritura. Casi me expulsan en séptimo
porque me resistí a la violencia y cuando me pegaron, devolví el golpe y
arranqué el velo de la monja que me faltó el respeto,
¿Y qué había debajo del velo?
–Estaba pelada, con un flequillito
adelante. Todo el mundo se rió mucho, ésa fue la gran bronca de ella,
que me siguió maltratando. Llamaron a mamá, ofició de intermediaria su
patrona alegando la necesidad de que yo siguiera allí. Esta señora tuvo
que pagar doble cuota para que me dejaran quedar. Mi mamá lloró y me
pidió disculpas por hacerme pasar por ese trance, me rogó que tratara de
aguantar un poco más. En ese colegio aprendí a vulnerar todo lo
prohibido, Teníamos que ser niñas impecables, no debíamos pensar, solo
repetir mecánicamente. Ya estaba todo pensado. Volví a Neuquén para
hacer el secundario, venía con mucha rebeldía y me costó tremendamente
ese primer año. En el colegio había discriminación por clase social, no
por cuestiones culturales o étnicas. Estaba muy demarcado quiénes eran
los hijos de las empleadas domésticas y quiénes los hijos de los
patrones.
¿Las llamaban empleadas domésticas a estas trabajadoras?
–Sirvientas las llamaban. Eramos como
dos bandos. Ya esa etapa de la adolescencia es difícil, cuanto más si se
la vive con represión y maltrato. Estaba enojada con mi familia, donde
además se vivía una situación muy ingrata para mí: había vuelto mi padre
para instalarse, un hombre alcohólico que necesita un techo y ser
atendido. Yo no podía soportar su violencia contra mamá, y no entendía
por qué ella soportaba ese maltrato. Mamá decía que a pesar de todo
había que respetarlo. Aguanté hasta los 15, y me fui. Sabía que había
algo mejor y que la única manera era que me echaran: eso iba a suceder
si me embarazaba. En ese período una embarazada de mi edad, soltera, era
la deshonra de la familia.
¿Tuviste relaciones con un mapuche?
–En realidad este chico era mestizo,
producto de una violación, de madre mapuche y padre patrón de estancia.
Hubo un romance primario, pedí quedar embarazada aunque él no quería ser
papá. Cuando me echaron fue un gran alivio, agarré mi mochila y salí.
Mamá lloraba, no podía entender mi conducta, traté de explicarle que no
podía soportar verla golpeada, que su golpeador estuviera en casa. Ya
tenía 6, 7 meses de embarazo... Fui a lo de mi hermano mayor, que ya
tenía familia propia. El me dijo que había que ordenar las cosas con el
papá del bebé, cosa que hicimos. Acordamos vivir junto un período, nos
fuimos a una villa, repetí la historia de mi mamá. Construimos un
ranchito y cuando el bebé cumplió un año, me separé. Empecé a vivir lo
que yo quería, a trabajar, a estudiar, a militar en la comunidad. A los
16 volví realmente a la vida trabajando con los jóvenes en medios de
comunicación. Fundamos la primera FM del barrio, Islas Malvinas. Una de
las metas era generar la comunicación entre vecinos, instalar la cultura
de la solidaridad para ser menos vulnerables a lo que viniera de afuera.
Participé también de la Asamblea por los Derechos humanos de Neuquén; en
diciembre del ’80 fui elegida miembro directivo. Y en ese espacio
trabajé con otras compañeras para fundar el sindicato de trabajadoras
domésticas. También desde ahí hice mucho trabajo para concienciar en la
identidad, porque la gran mayoría de empleadas del hogar eran mapuches.
Y me formé en la organización Nehuel Mapu Vomo Werken.
¿Todas estas actividades las hiciste de la mano de tu hijito?

En la provincia de Neuquén hay ahora 60
comunidades organizadas. Cada comunidad supone un número equis de
familias y está constituida por un sistema de autoridad tradicional:
lonko (cabeza que orienta a su pueblo), pijan kuse (autoridad
filosófica), werken kona (joven guerrero). Este último rol surgió cuando
la invasión militar a nuestro territorio, antes no existía. |
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–Sí, más o menos. Supe lo que era
alquilar mi propio espacio. Yo también me ganaba la vida como
trabajadora doméstica. Era una situación muy dura, por eso la necesidad
del sindicato. Nosotras considerábamos que las tareas domésticos son un
trabajo, por lo tanto dignifican a la persona. El problema está en la
relación que se establece entre el empleador, la empleadora y la
trabajadora. Hay casos en que la empleadora cree que está muy bien
remunerada con la ropa vieja que ellos ya no usan, eso aún ocurre en la
actualidad. Por eso necesitábamos organizarnos, que el trabajo fuera
respetado. Luchamos por el salario mínimo, por establecer la obra social
y el aporte jubilatorio. Costó mucho ser escuchadas en la Legislatura
porque la mayoría de los legisladores tienen en sus casas a trabajadoras
domésticas mal pagadas... Empezamos a denunciar a los cabrones y hubo
acuerdo finalmente. Nos atrevíamos a todo en la década del ’80, éramos
muy jóvenes. Conseguimos salario mínimo, la libreta... Estuve dos años
trabajando y después me dediqué al mundo mapuche. En el ’85 hicimos la
primera y única marcha de la escoba, ese día ninguna fue a trabajar.
¿Cuándo comenzó exactamente este despertar mapuche?
–Hubo todo un proceso de
redescubrimiento de nuestra identidad. En la juventud empezó a despertar
la necesidad de saber qué es ser mapuche. En realidad, el proceso
organizativo había comenzado a mediados de los ’70. La década del ’80
fue de difusión y promoción a través del folklore, tuvimos mucho
acompañamiento de compañeros intelectuales, de los medios. Mario Grassi
en su programa de TV, Juan Carlos Davidovich, antropólogo, creó las
condiciones para poder llegar a Buenos Aires y encontrarnos con diversos
apoyos. La idea que nos marca en los ’90 tiene que ver con la identidad
política y un proyecto en este sentido. En la provincia de Neuquén hay
ahora 60 comunidades organizadas. Cada comunidad supone un número equis
de familias y está constituida por un sistema de autoridad tradicional:
lonko (cabeza que orienta a su pueblo), pijan kuse (autoridad
filosófica), werken kona (joven guerrero). Este último rol surgió cuando
la invasión militar a nuestro territorio, antes no existía. Hoy el
desafío es abrir el debate hacia lo interno para poder construir el
estatuto autónomo y definir el modo de articulación e interrelación que
queremos tener con el pueblo neuquino y sus instituciones. Hemos
reconstruido el sistema de justicia mapuche y creemos que el sistema
judicial debe ser intercultural. Creemos que esta diversidad no solo
debe figurar en los papeles. Otro de los muchos avances logrados: haber
generado el marco jurídico de reconocimiento de derecho en este país,
donde a partir del ’94 se reconoce la preexistencia de los pueblos
originarios. Es un gran avance haber conseguido que la Argentina
adhiriese al convenio de diversidad biológica que reconoce a nivel
internacional el derecho de estos pueblos, que se creara la ley 23302
que da lugar al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas. Y te podría
seguir enumerando toda una serie de logros importantes para nosotros,
como las normativas de lujo de Parques Nacionales que dan una buena
orientación, porque tenemos intereses comunes: conservar lo natural.
¿Cuál es la producción cultural más reciente de la nación mapuche?
–La hay, aunque nos falta apoyo
institucional para la promoción de nuestra cultura. Por ejemplo, tenemos
nuestro grafemario diseñado, listo para editar, pero no hay quién ponga
el dinero. Algo interesante está pasando con los jóvenes: están
innovando en el arte musical indígena, con un mensaje mapuche de
hermandad. Acaba de crearse una banda en Neuquén, Guerreros del Este.
Hacen temas populares en mapuche y castellano, reggae, cumbia, chamamé,
una especie de fusión. Sin embargo, no pueden grabar aún su CD porque no
hay plata. Hay muchos jóvenes que siguen carreras universitarias, que se
han recibido, chicos que se han criado con plena identidad.
¿Cómo es la historia de las mujeres en la cultura mapuche?
–Nosotros tenemos un principio
básico, que es la dualidad de género y generaciones. Esta armonía que
teníamos en nuestra vida comunitaria en la época de pueblo libre, fue
fragmentada. Con la invasión apareció en nuestra cultura uno de los
peores vicios que trajo esta sociedad, el más dañino: el machismo, que
generó estragos en nuestro pueblo. La mujer empezó a ser denigrada,
desvalorizada, solo destinada a cuidar hijos, encerrada en la casa al
servicio del marido. Pero ya empezó como te decía ese proceso de
descolonización, que comprende recuperar esa dualidad. Por eso te estoy
hablando como werken mujer, estoy siendo autoridad política de mi pueblo
gracias a que asumimos ese compromiso, cotidiano y firme, de
descolonizarnos. Entonces, desde los ’90 empezaron a aparecen los roles
de lonko, werken, kona en mujeres. La mujer recuperó el lugar que le
daba la cultura mapuche, a equiparar la armonía que supimos tener.
¿Hay una alguna forma de transmisión matrilineal?
–Ahora se está haciendo una
transmisión más de familia. Esa ceremonia de iniciación que se ve en la
película La Nación Mapuce, es especial para mujeres. Se llama Katán
Kawí, corresponde al ingreso en la adolescencia de niños y niñas. A las
chicas se les cala la oreja como señal de esta nueva etapa. El papá y la
mamá desvisten a su hija niña para vestir a su hija mujer y mostrarla a
la sociedad con orgullo, a los 12. La faja de las nenas hasta esa edad
puede ser de cualquier color; en la ceremonia debe tener una franja roja
que la identifica como nueva mujer destinada a la proyección no solo
biológica sino también cultural y territorial. Con el varón se realiza
una ceremonia semejante.
Es realmente envidiable esa equiparación que está logrando tu nación...
–Sin duda, la sociedad de este país
tiene mucho por corregir y reconstruir para cambiar cierta mentalidad.
Nosotros, los pueblos originarios, ofrecemos todos nuestros
conocimientos, nuestra experiencia para ese cambio social necesario para
todos. Porque de nada sirve que la sociedad mapuche recupere sus
principios, sus valores, si la cultura vecina está tan destruida.
Siempre invitamos al pueblo argentino a que haga un trabajo de revisión
de su identidad para de verdad poder interactuar. No va a haber país
intercultural si los argentinos no se toman en serio estos temas /
AZ
* Gentileza
www.pagina12.com.ar
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