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 UN CONFLICTO HISTÓRICO


El Estado chileno y los mapuches


Aunque insistamos en denominarlos "chilenos", en la práctica son ciudadanos de segunda clase. Carecen de suficiente protección, representación política y autonomía, a diferencia del resto de nosotros. Nuestra Constitución, a espaldas todavía de las tendencias mundiales, ni siquiera les reconoce su singularidad colectiva, más significativa para ellos que su singularidad como individuos.


 Por Alfredo JOCELYN-HOLT* I Azkintuwe

 

 

 


Protesta mapuche en Santiago.

Foto de Juan P. Catrepillan.


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Una serie de factores históricos hace que la relación entre comunidades mapuches y el estado de Chile sea tan conflictiva. Si bien la conquista chilena de territorios indígenas es un hecho fáctico centenario, los mapuches poseen una larga y valiente historia previa de resistencia al español que los sigue congregando en tanto pueblo.

Para ellos, por tanto, se trataría no más que de un fracaso militar, no una derrota cultural, lo cual los insta a seguir reivindicando, en primerísimo lugar, tierras. Estas mucho más significativas y sagradas, incluso, que para nosotros los chilenos, imbuidos de criterios más "modernos" y económico utilitarios.

Dicho de otro modo: en su fuero interno, el mapuche se ve a si mismo como un pueblo con arraigo a un suelo, una "patria" (la de sus antepasados), que les habría sido despojada. No disponer de ella, tener que emigrar, o convertirse en mano de obra de otros "dueños", fuera de violentarlos, les representa la siempre presente amenaza de su propia desaparición en cuanto comunidad histórica o nación, conceptos que asimilaron de nuestra tradición occidental.

Visto asi el asunto, el Estado chileno no es para ellos lo que supuestamente es para nosotros los chilenos. No es puramente un garante del orden público ni tampoco un ente regulador de conflictos. Es más bien la contraparte, el agente activo de los muchos intereses que, desde los inicios de la ocupación, se vienen involucrando en el lio. Intereses de colonos que, mediante autorización del mismo Estado, accedieron a tierras en litigio (no inmemorialmente, sino desde tiempos bastante recientes); intereses de inversionistas que emprenden potentes y lucrativas industrias, ello no obstante que la región sigue manifestando altísimos grados de pobreza, falta de oportunidades y retraso.


En su fuero interno, el mapuche se ve a si mismo como un pueblo con arraigo a un suelo, una "patria", que les habría sido despojada. No disponer de ella, tener que emigrar, o convertirse en mano de obra de otros "dueños", fuera de violentarlos, les representa la siempre presente amenaza de su propia desaparición en cuanto comunidad histórica o nación.


Todo esto agravado por otros dos factores. La recurrente falta de coherencia interna y política de las múltiples comunidades mapuches. Aspecto que los debilita y por eso solemos incentivar, pero, a su vez, nos impide negociar con un solo bloque mapuche. Más lamentable aún es el fracaso rotundo, histórico, del Estado en integrarlos política y culturalmente a la república civil que nosotros llamamos Chile.

Aunque insistamos en denominarlos "chilenos", en la práctica son ciudadanos de segunda clase. Carecen de suficiente protección, representación política y autonomía, a diferencia del resto de nosotros. Nuestra Constitución, a espaldas todavía de las tendencias mundiales, ni siquiera les reconoce su singularidad colectiva, más significativa para ellos que su singularidad como individuos.

Hay quienes piensan que es el Estado nacional el que está en riesgo. Qué de extraño, entonces, que el joven liderazgo mapuche, cada vez más diestro en manejar las "armas" y el escenario noticioso que les proporciona un mundo crecientemente globalizado y sensibilizado a este tipo de conflictos, se radicalice; intente nóveles estrategias de lucha junto a otras mas "primitivas" y desesperadas.

Así como el Estado chileno invoca sus "razones de Estado" para sustentar su presencia paramilitar en la zona (lo cual, para moros y cristianos, es un indicio más de la afrenta de siempre), estos otros grupos no desperdician ocasión para expresar su extremismo, a menudo violento. ¿Protegidos por su gente? Bueno sí, nada que a doña Paula Jaraquemada le espantaría. ¿Por qué no apostar por la razón en vez de la fuerza? Quienes zanjen este empate frustrante reescribirán a dos manos la historia común de nuestros dos pueblos
/ AZ

* Historiador chileno. Gentileza www.latercera.cl

 

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