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FOTO DE AGENCIAS. |
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Sebastián
Piñera se encaramó, igual que un Moisés de torta de novios, a la punta
del cerro Ñielol de Temuko para, desde allí, tronar, lleno de su
proverbial convicción, bellas promesas repletas de hondo contenido
humano y social, en las cuales no asomó, ni por un instante, una pizca
siquiera de demagogia electorera o palabrería hueca:
"Vamos a restablecer la educación del
mapudungún en todos aquellos lugares donde vive gente que tiene origen y
que son parte del pueblo mapuche, para que no se pierda ni la lengua ni
los idiomas ni las costumbres ni las tradiciones que son muy valiosas",
dijo el abanderado, con una sincera sonrisa iluminándole el rostro. Las
agudas observaciones nos revelan el colorido conocimiento de tarjeta
postal que el hombre posee respecto de la compleja realidad mapuche.
Pero bastó que se bajara del turístico promontorio para que, buscando
"pastorear" el voto antimapuche, Piñera se pusiera su sombrero de
general Custer para afirmar, igual de enfático: "Yo estoy convencido de
que en la Araucanía se perdió el principio de autoridad, está quebrado
el Estado de Derecho". Acusando, de paso, al gobierno de no aplicar la
Ley Antiterrorista en la Araucanía. No olvidamos que, hace sólo unos
meses, el candidato bursátil de la Alianza emplazó a La Moneda a asumir
los "lazos" que tienen grupos chilenos con las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC).
Todos sabemos que, en todo lo que no sean "pasadas" que le llenen la
faltriquera, Piñera tiene la profundidad de un cenicero. Pero en el tema
mapuche su solidez es sólo comparable con la de esos pegajosos algodones
de azúcar que venden a la salida del circo. Nos preguntamos ¿cuánto
pesan, en estos llamados con toque de corneta al Séptimo de Caballería,
las 2.000 hectáreas que el abanderado de la Alianza posee en la
localidad de Coique, rodeadas por la constante amenaza de toma de esos
seres "flojos", "borrachos" y ahora "terroristas", a los que primero
halaga en el pasteurizado Ñielol y luego denosta en sus oficinas?
Gran observador de la situación del
sur chileno, el estadista en ciernes apuntó, mirando al horizonte:
"Chile es un país con una naturaleza maravillosa, y en esta región se
ven paisajes y se dan condiciones que no se ven en otra parte del mundo,
tenemos de todo y cerca: playas, lagos, ríos, termas, montañas, nieve".
Ni el mismísimo Neruda habría sido tan elocuente, don Sebastián, que
bella y conmovedora descripción de nuestro sur profundo. Todo parece
indicar que para salvar de la indiada esas bellas termas y canchas de
esquí, Piñera estaría deseoso de ver avanzar los Leopard, las fuerzas
especiales, y hasta una DINA 2.0 sobre el territorio mapuche, mientras
en las escuelas se imparte un mapudungún muy bonito y, claro, muy
valioso.
La pobreza que hoy viven los pueblos
originarios del sur se debe al despojo sistemático de sus tierras
ancestrales. Al robo de que han sido víctimas desde lo más hondo de
nuestra historia, pese a la heroica defensa que han desplegado sin
tregua, siempre contra fuerzas incontrarrestables: ejércitos, burocracia
venal, dinero, corruptela, codicia sin límite. Sólo una Ley
Antiterrorista como la que sueña Piñera, con mano dura y tolerancia
cero, terminará por hacer explotar el polvorín de una guerra étnica
donde no va a quedar indio pícaro con cabeza. Y de las cabezas de los
huincas pícaros, como el candidato-poeta de los andariveles y los spa,
ni hablar.
* Escritor chileno. Columnista
de La Nación Domingo.
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