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GENTILEZA
DEPREDA GRAFICA. |
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El
pequeño dormía en los brazos de su joven madre. El sonido de los
kultrung, las trutruka y los kull-kull, parecían adormecerlo y relatarle
el momento que estaba viviendo. Caminaba la mujer sosteniendo con
ternura y esfuerzo al pequeño hijo de Mendoza Kollío resguardada por su
familia y los miles de mapuche que acompañábamos al weichafe, a aquel
que ha caído luchando. Cayó bajo una bala que atravesó no sólo su cuerpo
sino su sueño de cambiar una historia de pobreza, de exclusión e
injusticia. Y hoy, queda una joven mujer, originaria del Budi, sin su
compañero y un pequeño sin un padre que continúe los juegos y los
abrazos.
A la entrada de la casa de la familia
Mendoza-Kollio, éramos recibidos según el protocolo mapuche por el padre
del weichafe, quien con cada delegación o familia, realizaba un
pentukun, pentukun cargado de profunda tristeza, donde aludía al dolor
que atravesaba su alma, el de la tierra, de nuestros espíritus, de todos
nosotros. “Weñagkülen!”, decía una vez luego de los saludos
protocolares, para luego decir que el apoyo, la compañía que en eso
momento se brindaba, era también una fortaleza para seguir caminando,
para seguir avanzando, para mantenernos en nuestras ansias de justicia y
libertad. Para seguir luchando.
La lluvia cayó con fuerza en medio de
los miles que oíamos la despedida que los longko daban al weichafe. Las
voces surgían con mayor fuerza y nitidez en medio de los continuos
afafan, los kull-kull, trutruka y kultrung. Una y otra vez oímos
hablarnos de la fuerza, la esperanza, la lucha. Y se sucedían una y otra
vez los saludos, las bienvenidas y reflexiones que desde Chiloé, Puerto
Montt, Tolten, El Budi, Arauco, Cañete… llegaron hasta la tierra de
Rekem Pillan, para estar, para oír, para continuar, para seguir
existiendo como Pueblo, como Nación, como Territorio. Allí estábamos.
Los caballos alineados perfectamente,
montados por la juventud y su fuerza que emana desde la tierra misma,
que busca transformar una sociedad que no es capaz de verse en su
diversidad, de verse en el color de la tierra. Jóvenes weichafe, cuyos
corazones fluyen energía, acompañaron a Mendoza Kollío rumbo a la madre
tierra donde sería depositado su cuerpo. Los wiño (chuecas) chocaban con
fuerza sobre el féretro, confundidos sus sonidos con los afafan de
fuerza, de lucha que surgían de todas las voces que allí caminaban. Un
pueblo caminando más que nunca unido, pensando en el momento que se
vive, pero sobretodo imaginando el futuro. El tiempo que se viene, donde
nuestros niños, niñas, jóvenes son los protagonistas, luchadores que
quieren transformar esta sociedad que se nos presenta tan inhumana, tan
estrecha en sus definiciones, en sus actuares. Donde la mentira de la
información parece primar.
Durante cuatro días han estado allí a
veces en silencio, a veces con lágrimas y llanto surgiendo entre el
dolor y la impotencia. Porque, hay un pueblo que sufre y siente la
agresión del Estado Chileno en el cuerpo de este weichafe, pero no
debemos olvidarnos de esta familia que ha sido destruida. Se han arrancado
sus ilusiones, se han quebrado violentamente sus sueños. Nuestra
responsabilidad como pueblo es también no olvidarnos de los que quedan.
Quienes deben enfrentar en carne propia las dificultades que implica en
una sociedad como la chilena, la vida de una madre y un pequeño sin un
sostén familiar, las carencias que se vienen, la desesperanza que muchas
veces les acometerá.
Más allá de ceremonias cargadas de
significado, más allá de marchas por la liberación del País Mapuche, que
no se nos olvide este pequeño que nos enfrenta con su mirada, que nos
llama en su dormir infantil a no olvidar, a no dejarnos estar y no
solamente por él, sino por los Leliantü, las Amankay, los Mawlikan, los
Nawel, las Ayün Rayen, las Ayen Malen, las Ayelen, las Liwen… tantos
nombres de niños y niñas que van poblando nuestro País Mapuche y que nos
interpelan como sociedad viva, pero que también están poniéndose al
frente para exigir a toda la sociedad que puebla estas tierras a
mirarse, a repensarse y por sobretodo a reconstruirse. Y el pequeño
despierta en medio de miles de personas que acompañan a su padre. Sus
ojos negros y profundos, calmados e inquietos van de un lado a otro y se
abrazan aún más a su madre que avanza en medio del barro y las piedras
que cubren el camino.
* Su autora es linguista y
poeta. Miembro del Equipo del Periodico Azkintuwe.
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