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FOTO DE ARCHIVO. |
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Aeropuerto
Maquehue. Tras dos semanas fuera de Chile arribo a Temuco. Llueve a
raudales, como casi siempre. Abordo un radiotaxi rumbo al centro de la
ciudad. “Mala cosa esto del clima... apenas pudo aterrizar su vuelo”, me
dice el taxista, tratando de entrar en conversación con tal vez su
primer cliente del día. “No lo crea”, le respondo. “Donde estaba hace
unos días no paraba de transpirar... hasta cierto punto extrañaba la
lluvia y el frio”, agrego. Intrigado me pregunta de dónde vengo. “De
Bolivia, específicamente de Santa Cruz, en el oriente”, le respondo.
“Ahhh... mire usted, Bolivia... es allá donde tienen un indígena de
Presidente, ¿cierto?... ¡ese que lesea con el temita del mar!”, agrega.
¿Qué piensa de Evo Morales?, me pregunta. Le explico que en Bolivia hay
diferentes visiones sobre su mandato y su figura. Cuando estoy a punto
de dar la mia, interrumpe. “Fijese que aquí en Temuco también los indios
andan alzados... todos los dias lesean, se toman los fundos, cortan los
caminos, se agarran con Carabineros... ¡que gente más ociosa!, si les
entregaran las tierras ni sabrian que hacer con ellas, sería como
entregarle una locomotora a un niño... ¡si está gente nunca ha trabajado,
son flojos, asi es su naturaleza!”, sentencia. Cinco, diez... quince
minutos de viaje y la charla del taxista no cambia de tenor. “¡Si ya
está bueno que la corten!”, subraya con evidente indignación. Intento a
ratos que el monólogo de pie a una conversación, pero no hay caso. El
viaje llega a su fin. “¿Cuánto le debo?”, pregunto. “Son tres mil pesos
mi caballero... y aquí tiene mi tarjeta, pa’ la próxima”, me dice
amable. Descargo maletas y me despido. Y ya rumbo a casa, respiro.
Pasan los días y la conversación con el taxista ronda en mi cabeza. Me
alarma un hecho en particular. No se trataba en absoluto de un neonazi
criollo. Nada de corvos tatuados en el antebrazo, nada de esvásticas,
ninguna marcha alemana en la radio. Si multitud de fotografias de nietos
(por su edad, sospecho), la Virgen del Carmen al costado del retrovisor
y una calcomania algo desgastada de Deportes Temuco en el parabrisas
trasero. Más moreno que muchos mapuches, sus rasgos delataban además un
mestizaje familiar de larga data. Un chileno común y corriente en
definitiva, amante de su familia y a sus años todavía esforzado
trabajador. ¿Dónde situar el origen de su racismo? ¿en su educación?
¿entorno social? ¿experiencias de vida?... ¿en los medios de
comunicación? Concuerdo que El Austral de Temuco puede alterar la
percepción de la realidad, pero ¿tanto como transformar a un querendón
abuelo taxista en un potencial miembro de los Trizano? No es el único,
por cierto. Sospecho que decenas, cientos, miles de personas de
similares ideas transitan a diario por las calles de Temuco. Y millones
lo hacen por todo Chile. No son personas intrinsecamente perversas. Si
algo esquizofrénicas. No lo digo yo, lo grafican las encuestas.
¿Considera usted que el Estado está en deuda con los mapuches? Si, un 82
%. ¿Considera usted que el Estado debiera tomar medidas más drásticas
contra los activistas mapuches? Si, un 76 %. ¿Debiera el gobierno
aplicar la Ley Antiterrorista a los activistas mapuches? No, un 67%
(Sondeo del Centro de Encuestas de La Tercera, Septiembre de 2008). Si,
si, pero no. No, no, pero si. Discriminación "a la chilena".
¿Qué hacer al respecto? ¿Pasar a la ofensiva? ¿A cada insulto racista
responder con otro de mayor peso y calibre? Alguna vez crei que este era
el camino, lo reconozco. Ese tiempo ya pasó. No queda más que insistir
en la oportunidad que otorga la palabra. O las letras, en este caso. Qué
ganas de llamar al taxista y cual Barack Obama en el patio de la Casa
Blanca, abordar nuestras diferencias junto a una ronda de cervezas.
Explicarle tal vez que mi bisabuelo, el lonko Luis Millaqueo, nació en
un País Mapuche libre e independiente, cuando Chile aquí no era Chile y
Temuco tan solo un palabra más en nuestra lengua. Contarle que fue el
cuarto hijo de una familia de prósperos comerciantes ganaderos del valle
del Cautin. Y que tras la invasión chilena fue arrinconado en un pedazo
de tierra junto a los suyos, ello tras despojarlo el Ejército de los
caballos que a sus 25 años ya comerciaba en sendas caravanas a Puelmapu,
la “tierra mapuche del este”, el actual Neuquen de la República
Argentina. Contarle que de miles de hectáreas, al bisabuelo le
“redujeron” sus tierras a miserables 340. Es lo que consigna el Título
de Merced, fechado en 1904 y que legalizó el saqueo, el despojo y la
miseria de quienes sobrevivieron a la derrota. Sin eufemismos, esos
retazos de tierras fueron llamados "reducciones" por la ley chilena. Se
crearon más de 2 mil, bien lo sabe el Ministro del Interior, Edmundo
Pérez Yoma, que por estos días usa aquella cifra ante los medios para
minimizar la cantidad de mapuches movilizados en el sur. “Son solo dos o
tres comunidades dentro de un grupo de más de dos mil las que han optado
por el camino violentista”, ha repetido hasta el cansancio.
Contarle al taxista que aquello que Pérez Yoma denomina “comunidades”
son precisamente las “reducciones” donde los Pérez Yoma de la época
encerraron a gente como mi bisabuelo y su parentela. “Comunidades” las
llama el ministro y nosotros muchas veces también, olvidando que fueron
(y tal vez siempre serán) grises campos de refugiados. Contarle también
que tras la muerte del bisabuelo, mi chedki (abuelo materno) Alberto
asumió como lonko, heredando no solo el cargo, también la condena de no
poder ser más que un campesino pobre. Contarle que el abuelo pasó gran
parte de sus 76 años, sin saber leer ni escribir, recorriendo juzgados y
oficinas públicas, falleciendo de cáncer y de pena una lluviosa mañana
de julio de 1990. Al igual que su padre, el abuelo Alberto buscaba
inútilmente recuperar parte de lo robado y así proyectar un mejor futuro
para sus 13 hijos. No logró reparación alguna y en el esfuerzo se le fue
la vida. Contarle que Jacinta, la mayor de sus hijas, era su regalona. Y
que sufrió mucho al dejarla partir, a sus 17 años, a Santiago en busca
de trabajo y posibilidades de estudio. Contarle al taxista que Jacinta,
joven culta, brillante y buenamoza, sería mi madre. La misma que no
dudaría en desechar una beca a Estados Unidos con tal de aportar a la
educación de sus hermanos, trabajando de sol a sol como empleada
doméstica. Y que allí, en el destierro hostil de la capital, siendo una
veinteañera, conoció a mi padre y que allí, entre días libres ella, días
franco del regimiento él, se acompañaron, se enamoraron y, a la primera
oportunidad, no dudaron en regresar juntos al sur, a su tierra.
Y que de esa unión, ya en los 70', nacieron Maria Elena, Alejandra y el
pasajero que aquel día de lluvia recogió en el Aeropuerto. Contarle que
Jacinta, aun enviudando poco después del retorno, se esforzó por
transmitir a cada uno de sus hijos la disciplina del estudio y la ética
del trabajo. También el amor por su cultura y el respeto hacia su
pueblo. No le resultó fácil y sus manos, atrofiadas hoy tras tanta
amanecida cociendo ropas ajenas, son el testimonio de su sacrificio.
Contarle que Maria Elena, la mayor, vive en Londres hace 15 años; que
Alejandra, la regalona de papá, destaca hoy en el campo de la medicina.
Y que su pasajero transita por la vida como profesional del periodismo.
O de la comunicación más bien dicho, pues entre “informar” y “poner en
común” trato siempre de optar por lo segundo. ¿Será posible que usted y
yo hagamos ese ejercicio, el de “poner cosas en común”?, preguntaría al
taxista. ¿Será posible para usted ponerse en mi lugar y en el
reconocimiento de la dolorosa historia que hoy comparto, respetarme y
convivir juntos? ¿Existirá un sueño compartido entre los suyos y los
mios que nos permita tratarnos como iguales en nuestra diferencia? Tal
vez si exista. Tanto usted como yo adoramos por igual a nuestros hijos.
Tanto usted como yo deseamos por igual una mejor vida para nuestras
familias. Tanto usted como yo quisieramos vivir en una región en paz.
Tanto usted como yo, incluso, deseamos que Deportes Temuco tenga mejor
suerte esta temporada ¿Será posible entonces poner el acento en lo que
nos une y no en aquello que nos fragmenta? No me responda de inmediato.
Antes quiero que me hable de usted, de sus padres, sus abuelos, conocer
también retazos de su historia. Atrévase, no tenga miedo. Las próximas
cervezas corren por mi cuenta, le diría.
* Publicado originalmente en
The Clinic /
www.theclinic.cl
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