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FOTO DE
AGENCIAS. |
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Son el pueblo originario más
importante en Chile, representan el 6% de los cerca de 17 millones de
habitantes, aglutinados principalmente en la IX Región, el País Mapuche.
Viven, la mayor parte de ellos, de lo que les entrega la tierra. Si bien
lo usual es asociarlos a la agricultura de subsistencia, la realidad es
que cada vez son más los que, solos o asociados, han creado
microempresas que les permiten mejorar sus ingresos y repotenciar el
sentido de comunidad, rompiendo el paradigma de la pobreza.
Lograr un desarrollo económico apoyado en su identidad cultural es una
de las claves. Es a lo que apuntan iniciativas como el recién lanzado
programa de desarrollo territorial indígena, del Ministerio de
Agricultura, a través de Indap, que durante seis años trabajará con
comunidades, entregándoles asesoría técnica e inversiones productivas.
La unión con la empresa privada, a través del encadenamiento productivo,
también está detrás de las historias de éxito. A continuación algunos
ejemplos de iniciativas de los "Hombres de la tierra" por preservar sus
tradiciones y hacer de ellas una fuente de ingresos.
Cous Cous de piñón, conocimiento ancestral
Olor a piñón. De la salida del internado y la vuelta a su casa para las
vacaciones de invierno, a los seis años, Joaquín Meliñir Huaiquillan -29
años- recuerda el olor a piñón. Caliente, hecho sopa, solo o en pan. En
su casa en la comunidad mapuche Quinquen -a 40 km de Lonquimay, Malleco,
IX Región- si faltaba leche se reemplazaba con muday, jugo de piñón
natural. Para Meliñir el ngulliu o piñón araucano es un brote
sagrado que, a pesar de sus múltiples usos, no comercializaban. Hasta
que en 2002 la comunidad de Quinquen fue parte del proyecto Bosque
Modelo Alto Malleco, que unió al sector público y privado -Conadi, Conaf,
representantes del sector forestal y ganadero, entre otros- para
administrar el bosque de forma sustentable, y Meliñir trabajó como
asesor intercultural.
"Aporté con el conocimiento ancestral de mi pueblo. La tradición era
recolectar el piñón y venderlo. Nos pagaban poco y se perdía todo el
potencial que tiene. Las recetas sobre cómo hacer harina de piñón y
zanco, harina mezclada con quínoa y cilantro, se quedaban en las
comunidades", cuenta Meliñir.
Había que romper el molde. Pidió un préstamo y partió deshidratándolos
para hacer harina y pelándolos en su casa con ayuda de sus padres y
hermanos. Piñones en conserva, dulces y salados, se vendían a vecinos y
conocidos. A través de un proyecto de encadenamiento FIA, su producto
llegó a Santiago y se resolvió ponerle cous cous a la chucoca de piñón,
el grano grueso que queda de la molienda. Con el fino se hace harina. Su
producto se está convirtiendo en un ingrediente clave de la cocina con
identidad de Guillermo Rodríguez, chef del Plaza San Francisco y
presidente de Les Toques Blanches.
Lo que le falta es infraestructura. El proceso del cous cous comienza en
la casa sin luz de sus padres, que dejó para montar su empresa. "Estamos
haciendo un convenio con Bienes Nacionales para abaratar costos. En la
comunidad no tenemos luz eléctrica, no hay medios de comunicación y en
el invierno la nieve hace difícil llegar", explica Joaquín Meliñir. Y no
es su único emprendimiento, además es artesano en "picoyo", el nudo de
la Araucaria, alto en resina. "Tuve que salir de mi casa para salir
adelante, pero eso no significa que haya dejado mi cultura de lado",
explica Joaquín.
Federación de cooperativas Ngen, gestión innovadora
La primera vez que Beatriz Carinao vio a su mamá producir miel en su
casa de Curarrehue quedó asombrada. "Lo que se hacía era pillar las
colmenas en el bosque, nadie pensaba que podía tener cajones en la
casa", cuenta la dirigenta de 30 años, hoy presidenta de la Federación
de Cooperativas Ngen.
Tampoco creían que, con los fríos de la zona, pudieran crecer tomates,
pepinos o ají. Hasta que con ayuda del Padre Ñaqui, el párroco que llegó
en los 90 a Curarrehue, su mamá comenzó a agruparse con otras mujeres en
talleres laborales y para construir invernaderos. Actualmente, la
Federación de Cooperativas Ngen agrupa a más de 200, la mayoría mapuches
y acaba de recibir el premio Productor Rural Innovador de la Junta
Interamericana de Agricultura (JIA), asociación integrada por 34 Estados
de América y España.
"Antes el papel que teníamos como mujeres era muy bajo, el hombre
mandaba. Ahora pensamos distinto y contamos con el apoyo de la familia.
El Padre Ñaqui decía que había que ayudar a las mujeres, porque la plata
que ganan es para la casa; los hombres se la gastan en otras cosas.
Pensar en tener hortalizas era imposible. Estamos a 40 kilómetros de
Curarrehue, nada llega. Hoy las tenemos y de muy buena calidad. Al
proyecto de las hortalizas siguió el de ovinos, de ellas obtenemos el
abono y trabajamos la lana", cuenta Beatriz.
Lo que la destaca en Ngen es su
modelo de gestión. Está asociada a una federación de cooperativas; una
de consumo, que es la encargada de vender lo que producen, otra que
compra en Temuco al por mayor los productos que salen más caros y se los
vende a ellas mismas. "Trabajamos con una cooperativa de transporte que
nos trae la mercadería de Temuco, otra de madera. Aprendimos a
asociarnos, así es más fácil obtener los recursos", explica Beatriz. El
último proyecto que tienen es el piñón. Ya hay socias que se están
capacitando para aprender a comercializar las recetas tradicionales y
sumar preparaciones. Aunque el proceso no ha sido fácil, hay comunidades
que viven a 90 minutos en bus de Curarrehue.
"Lo que nos motiva son los resultados. Nos encantaría sumar a todas las
mujeres que quieran participar, pero no contamos con los recursos
necesarios para hacerlo y hay muchas que se quedan fuera. Ser dirigenta
no se paga y el trabajo es mucho, pero ver los logros motiva a seguir",
dice Beatriz.
Cooperativa Campesina Boroa
Actualmente son 12 socios."Nos quedamos los mejores, cada uno de los
socios es el mejor agricultor de su comunidad. El resto se fue
descolgando solo. En el mundo agrícola, especialmente en el indígena,
hay mucho individualismo y desconfianza, cuesta creer en el vecino",
cuenta Osvaldo Burgos, presidente de la Cooperativa Campesina Boroa. La
cooperativa abarca 1.000 hectáreas en Nueva Imperial, de las que se
producen alrededor de 600 ha de lupino que envían a Medio Oriente,
Portugal, España y Dinamarca. Para poder exportar se asociaron con un
privado.
"Tenemos un producto de excelente calidad, somos los únicos que tenemos
una variedad amarga, la Boroa-Inia, fruto de un proyecto con Inia e
Indap. Producíamos harto, pero no sabíamos cómo exportar. Para hacerlo
nos unimos con una persona que llevaba más de 10 años exportando lo que
él producía, porque no compraba a terceros. Y resultó. Si no, nos habría
pasado como a la mayoría que tiene una buena idea, pero no sabe
desarrollarla", cuenta Burgos.
No es su primera experiencia de asociación. Fue gracias a un compromiso
de alianza de tres años con otra empresa privada que en 2008 compraron
la maquinaria para producir. "Hay muchos campos que quedaron abandonados
y los socios han tomado medierías, arriendos, porque el patrimonio de la
cooperativa no va más allá de 4 hectáreas por agricultor, pero hoy cada
agricultor siembra 40 ha. Necesitábamos la maquinaria, pero nos costó
alrededor de 3 años convencer a Indap. Nos comprometimos con el 50% del
valor con el Estado, el resto lo pusimos entre los socios y la empresa
privada con quien teníamos un encadenamiento productivo", explica
Burgos.
Las confianzas se las han ganado a pulso. Cinco años atrás una mala
administración de la cooperativa los dejó con $ 15 millones de deudas y
sin patrimonio. Las deudas ya están saldadas. "Uno de los problemas que
tenemos como cooperativa indígena es que no hay capacitación para la
gerencia: uno asume el compromiso y le echa para adelante. Pero tampoco
tenemos financiamiento. Hay que costear las idas a las reuniones. Uno
muchas veces deja su campo botado y eso genera un desgaste enorme. Falta
un ítem, una institución, que lo respalde a uno como dirigente, porque
no hay nadie que controle, además, en qué se está gastando la plata que
se entrega", explica Osvaldo Burgos.
Apilawen, cosmética natural
Desde chica María Ñancucheo Huaiquilaf, recolectaba hierbas en la
comunidad Cacique Domingo Huaiquilaf, la de su tatarabuelo. De paso
escuchaba las recetas de los antiguos, los secretos y beneficios que
había en cada una. Quedaron las recetas, pero no las hierbas. "Antes
había mucha medicina, pero con las forestales fueron quedando cada vez
menos, porque plantan y luego cortan los árboles y todo lo que hay
alrededor", cuenta María Ñancucheo. Entonces decidió saber más de las
plantas que recolectaba y aceptó la invitación a un curso de medicina
natural de la Municipalidad de Imperial. "Las sacábamos chiquititas y
las plantábamos en nuestro terreno", cuenta.
Con ayuda de Indap se dio cuenta de que podía capitalizar lo aprendido,
mejor aún, expandir el conocimiento de su pueblo, de manera de generar
conciencia del capital invaluable que se estaba perdiendo. Apilawen es
la empresa de miel, jabones y cremas que formó junto a 34 socias para
extender parte de su medicina.
"De las 34 hoy quedan 14. Este es nuestro tercer año y recién tuvimos la
resolución para poder vender. La gente piensa que la plata va a llegar
al tiro y no es así, se requiere mucho trabajo. No hay que ser dejada,
hay que esforzarse", explica María. Paciencia, mucha paciencia, resulta
vital para el proceso. Los jabones y cremas se obtienen de 12 hierbas
que ellas mismas se encargan de recolectar, se necesitan 100 kilos de
hierba por ejemplo para obtener 750 cc de extracto, con lo que se pueden
hacer menos de 80 jabones.
"Las recolectamos con cuidado, para no dañar la planta. En mi comunidad
la mayoría somos familia, y están orgullosos de lo que estamos
haciendo", explica María. Y reconoce que tuvieron suerte, porque a pesar
de que existen recursos para ayudar a este tipo de proyectos, muchos
quedan en el camino por desconocimiento. "Apilawen funcionó porque
fuimos bien asesoradas, contamos con la municipalidad que nos ayudó a
buscar los recursos y encontrar un químico que con nuestro conocimiento
elaborara las recetas. No a todos les pasa lo mismo, a veces uno da las
recetas y los químicos se las quedan, los engañan o no se sabe
comercializar, hay que saberse asesorar", explica María Ñancucheo.
Berries a Estados Unidos y Europa
Jorge no tiene campo. La hectárea de frambuesa que produce y la que está
esperando que crezca en la comunidad Antonio Lipian se las arrienda a su
papá. Su familia tampoco se relaciona con los berries, pero se asoció a
ocho productores que estaban en las mismas que él y comenzó a
capacitarse. A través del proyecto de encadenamientos de Indap vende su
producción a empresas exportadoras que llevan sus frambuesas a Estados
Unidos y Europa. "Lo fundamental no es la tierra, es capacitarse y tener
ganas de salir adelante, no hay que quedarse quieto", dice Jorge Linares
Huaiquimir
Lo suyo es ser proactivo y ver qué cultivos pueden funcionar mejor en el
tiempo. "Para los cereales se necesita mucho terreno. Para salir
adelante hay que ir viendo cuáles son las debilidades de uno y
capacitarse, no se sale adelante con violencia, por supuesto que se
necesitan tierras, pero primero hay que capacitarse, esa es la clave y
para eso se necesitan más recursos. La violencia es para hacer noticia.
Hay que decirle al Estado que capacite antes de dar terreno para que
podamos mejorar nuestra calidad", explica Jorge Linares Huaiquimir.
Desarrollo económico con identidad
Puede sonar ilógico tomando en cuenta
que es uno de los pocos, por no decir el único, producto mapuche
conocido internacionalmente; pero para Juan Sepúlveda Alcamán, encargado
de la unidad de desarrollo económico local de la municipalidad de
Traiguén, el merquén es un ejemplo de fracaso. "Analizamos las
producciones más exitosas del merquén y nos dimos cuenta que en su
elaboración quedan muy pocos rastros de tradición; la base cultural se
rompió con la presión hacia la comercialización", enfatiza Sepúlveda. Lo
mismo pasó con algunos casos de rescate de la gallina mapuche o gallina
de los huevos azules.
"La raza estaba desapareciendo, por la orientación a razas de alto
rendimiento. Con ello desaparecen también los pequeños campesinos que
trabajan sus razas tradicionales productoras de carne y huevos", explica
Rita Moya directora de Cet-Sur, la Corporación Centro de Educación y
Tecnología para el desarrollo del Sur, que junto con FIA e Indap realiza
el rescate. Sin embargo, en el proceso se tendió a cambiar el modo en
que producían las comunidades mapuches, con lo que bajó la calidad del
producto y ya no resultó rentable.
"Tradicionalmente las gallinas son alimentadas con hierbas medicinales,
sin ningún producto transgénico, antibiótico o antiparasitario, por lo
cual los consumidores están dispuestos a pagar más. En casos en que las
comunidades han sido intervenidas tecnológicamente hay una tendencia al
fracaso, porque para que produzcan más se les cambia la alimentación y
otros patrones haciéndolas dependientes de la compra de insumos y
perdiendo la calidad del producto", dice Rita Moya. Esto se estaría
corrigiendo.
"No todas las comunidades mapuches son iguales, por lo que hay que ir
adaptándose. Es lo que estamos haciendo", explica Hernán Rojas, director
nacional de Indap. a base del éxito para los mapuches no está sólo en el
beneficio económico; el error que cometen los instrumentos de las
instituciones públicas es que tienden a disociar identidad, cultura y
beneficio económico; no se respeta la cosmovisión mapuche.
"Küme mogen es el equilibrio que debe existir entre una persona y el
colectivo, Ixofilmogen es la diversidad. A través de esos conceptos
nosotros entendemos que todo está integrado. Lo económico y productivo
tiene una base cultural. Para desarrollar estrategias económicas
productivas, necesariamente tienen que basarse en estos principios, sino
tenemos agricultores con apellido mapuche, pero sin integración", señala
Sepúlveda Alcamán.
Es lo que se intenta hacer con la quínoa, Kiwua mapuche, o Dawe (curar
las heridas internas en mapudungun). Por años las mujeres salvaron las
semillas en el pidil, la empalizada de coligüe puesta arriba del fogón
de la casa, para que los españoles no terminaran con ellas. Actualmente
lo hacen para salvarla de contaminaciones. La corporación Kom Kelluhayin
y Ñankucheo con FIA, estableció un protocolo para su comercialización
respetando la forma de producción mapuche.
Además, la municipalidad de Traiguén trabaja en crear una unidad de
desarrollo rural indígena. "Las instituciones están generando
experiencias para lograr un desarrollo económico con identidad. El
Convenio 169 sobre pueblos indígenas acordado con la OIT especifica que
es un derecho conservar su cultura", dice Juan Sepúlveda.
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