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  CRONICA

   

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¡Pülkotukilnge!

El corazón sufre esta condena, porque al final, es el resultado de un pueblo derrotado y empobrecido, que busca en el alcohol el desahogo que no grita en la sobriedad. Una dignidad abandonada, historias de linajes olvidados, todo escondido en un pasado glorioso y casi mítico, que parece brotar sólo al calor de un vaso de vino, chicha o cerveza.

JAQUELINE CANIGUAN  -  23 / 12 / 09


+ ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 

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FOTO DE ARCHIVO.

 

 

Desde hace tiempo que Juan se encontraba enfermo. Tal vez más de diez años. Hoy se despide de su tierra, de sus chacras de papas y de sus amigos. En la comunidad son una de las pocas familias que se reconoce mapuche (hoy los tiempos han cambiado, muchos proyectos de gobierno y las ONGs hacen que la gente vea que reconociéndose mapuche aumenta el presupuesto familiar). Apenas llegaba el tiempo de las manzanas, la faena más apetecida es hacer chicha y luego, durante las siembras, la chicha acompaña el calor y en las frías noches un buen tintito de caja o blanco también. Total se trata de pasar el frío, pasar las penas, no sentir la discriminación, olvidar los amores frustrados y aguantar al patrón que se quedó con la tierra de nuestros abuelos.

¿Qué lleva a mis parientes, amigos, lamngen, a tomar desmesuradamente hasta quedar en medio del camino, a veces a medianoche o después de una trilla, literalmente acostados sobre la paja del trigo o las piedras mojadas del ripio? Siempre me da vuelta esta pregunta, y la tristeza infinita me invade. Veo, vi en estos días, a una madre anciana llorando en la impotencia de perder a un hijo por una enfermedad brutal como el alcoholismo. Veo a muchas madres mapuches avanzar con los hijos e hijas a cuestas y el marido tambaleándose luego de la fiesta comunitaria. A veces van también los padres, madres y abuelos, sólo los pequeños en su inocencia, guiando los bueyes camino a sus casas, mientras los adultos van cantando un correteado o un triste üllkantun, donde el mapuche llora la desventura de la pobreza, el desamor y la invisibilización social. No solo sucede en el campo. En la urbe veo a jóvenes estudiantes en similares condiciones tras la última peña “solidaria con la causa”.

El alcohol calma, el alcohol adormece, el alcohol da fuerzas para lanzar fuera todos los discursos escondidos, el alcohol envalentona para gritarle la rabia al wingka que está de vecino y que además dejó embarazada a la hija adolescente. Y los ojos oscuros del pichiwentru graban todo esto en su memoria: recogen al padre asistiendo a escuchar al líder mapuche que grita ¡Marichiwew!, pero también, cada vez que hay un torneo en la comunidad y donde el hijo o la hija no son compañeros, sino literalmente cargadores de sus padres. Y seguramente ese pequeño, ve que esto no sólo ocurre con su familia, sino también con sus vecinos y además, lo ve cada vez que baja al pueblo a recibir la asignación mensual que el Estado le entrega. Siempre es el mismo recorrido: en la mañana, tempranito subiendo a la micro y por la tarde, los padres cantando su borrachera. Y tal vez, llegue a pensar que así es la vida simplemente, y que esa es su propia historia, la que viene en su futuro, y el círculo continuará avanzando, y siempre serán unos pocos quienes busquen transformar esta sociedad mapuche, porque los valientes se caen luego del trawün autonomista, se caen literalmente de bruces por tanta celebración y ¡Marichiwew! y vuelven a caer cada vez que los candidatos llevan un buen chuico para terminar la reunión.

No recuerdo las veces que he fui testigo de esta situación. El corazón sufre esta condena, porque al final, es el resultado de un pueblo vencido, derrotado y empobrecido, que busca en el alcohol el desahogo que no grita en la sobriedad. Una dignidad abandonada, historias de linajes olvidados, todo escondido en un pasado glorioso y casi mítico, que parece brotar sólo al calor de un vaso de vino, chicha o cerveza. Atrás ha quedado el refrescante muday, simplemente se asoma en un cóctel intercultural o en el ngillatun cada dos años. Hoy los mapuches celebramos, reímos y lloramos a punta de trago, y que sea lo más abundante posible, o sino no es celebración ni despedida. Mientras más “regado” se vaya el muerto, mucho mejor, así sabrá que se le quiso mucho, y al final del eluwün, hay que ir dando saltitos entre los caídos a la salida del cementerio.

Pronto llegarán las fiestas de la Navidad, el Año Nuevo y posteriormente el 20 de Enero, allí junto a Jesucristo y San Sebastián, los bailes y las rancheras locales, seguramente el vino, la chicha y la cerveza serán parte de la fanfarria que nos adormece. Y mientras las autoridades locales, los dueños de fundo que agasajan a sus peones, las policías miran de reojo y entre sonrisas irónicas a estos “indios buenos para la fiesta” y de brazos cruzados, todos somos espectadores de la caída minuto a minuto de una nación. Ante tanto discurso, de alcaldes mapuches, palabras de autonomía, de recuperaciones de tierras, de marchas solidarias, quizás unas palabras para mirarnos en nuestra cotidianeidad están rogando por ser dichas. Cuando los actuales liderazgos mapuches se enfrascan en discusiones sobre quien tiene la razón, hay que también darle un vistazo mayúsculo a lo que sucede a diario con nosotros mismos. ¿Cómo avanzar en la gran causa de seguir siendo un pueblo, un pueblo digno y libre, si nos estamos esclavizando de la mejor arma con la que nos atacó el wingka opresor? Sólo basta leer las cartas de Cornelio Saavedra cuando se jactaba que “esta guerra nos ha costado más mosto que pólvora” y efectivamente, porque el vino y sus derivados nos sigue penando, nos sigue arrinconando y nos mata, nos lleva en la flor de nuestra vida, nos hace olvidar lo que somos, lo que fuimos, y todo se transforma en canto de despedida, en glorias pasadas y pérdidas.

¿Chew müleiñ? ¿chew müleyiñ taiñ rakiduam, taiñ piwke?

 

* Poeta y lingüista mapuche. Editora de Azkintuwe.

 

 

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