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FOTO DE ARCHIVO. |
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Desde
hace tiempo que Juan se encontraba enfermo. Tal vez más de diez años.
Hoy se despide de su tierra, de sus chacras de papas y de sus amigos. En
la comunidad son una de las pocas familias que se reconoce mapuche (hoy
los tiempos han cambiado, muchos proyectos de gobierno y las ONGs hacen
que la gente vea que reconociéndose mapuche aumenta el presupuesto
familiar). Apenas llegaba el tiempo de las manzanas, la faena más
apetecida es hacer chicha y luego, durante las siembras, la chicha
acompaña el calor y en las frías noches un buen tintito de caja o blanco
también. Total se trata de pasar el frío, pasar las penas, no sentir la
discriminación, olvidar los amores frustrados y aguantar al patrón que
se quedó con la tierra de nuestros abuelos.
¿Qué lleva a mis parientes, amigos, lamngen, a tomar desmesuradamente
hasta quedar en medio del camino, a veces a medianoche o después de una
trilla, literalmente acostados sobre la paja del trigo o las piedras
mojadas del ripio? Siempre me da vuelta esta pregunta, y la tristeza
infinita me invade. Veo, vi en estos días, a una madre anciana llorando
en la impotencia de perder a un hijo por una enfermedad brutal como el
alcoholismo. Veo a muchas madres mapuches avanzar con los hijos e hijas
a cuestas y el marido tambaleándose luego de la fiesta comunitaria. A
veces van también los padres, madres y abuelos, sólo los pequeños en su
inocencia, guiando los bueyes camino a sus casas, mientras los adultos
van cantando un correteado o un triste üllkantun, donde el mapuche llora
la desventura de la pobreza, el desamor y la invisibilización social. No
solo sucede en el campo. En la urbe veo a jóvenes estudiantes en
similares condiciones tras la última peña “solidaria con la causa”.
El alcohol calma, el alcohol
adormece, el alcohol da fuerzas para lanzar fuera todos los discursos
escondidos, el alcohol envalentona para gritarle la rabia al wingka que
está de vecino y que además dejó embarazada a la hija adolescente. Y los
ojos oscuros del pichiwentru graban todo esto en su memoria: recogen al
padre asistiendo a escuchar al líder mapuche que grita ¡Marichiwew!,
pero también, cada vez que hay un torneo en la comunidad y donde el hijo
o la hija no son compañeros, sino literalmente cargadores de sus padres.
Y seguramente ese pequeño, ve que esto no sólo ocurre con su familia,
sino también con sus vecinos y además, lo ve cada vez que baja al pueblo
a recibir la asignación mensual que el Estado le entrega. Siempre es el
mismo recorrido: en la mañana, tempranito subiendo a la micro y por la
tarde, los padres cantando su borrachera. Y tal vez, llegue a pensar que
así es la vida simplemente, y que esa es su propia historia, la que
viene en su futuro, y el círculo continuará avanzando, y siempre serán
unos pocos quienes busquen transformar esta sociedad mapuche, porque los
valientes se caen luego del trawün autonomista, se caen literalmente de
bruces por tanta celebración y ¡Marichiwew! y vuelven a caer cada vez
que los candidatos llevan un buen chuico para terminar la reunión.
No recuerdo las veces que he fui testigo de esta situación. El corazón
sufre esta condena, porque al final, es el resultado de un pueblo
vencido, derrotado y empobrecido, que busca en el alcohol el desahogo
que no grita en la sobriedad. Una dignidad abandonada, historias de
linajes olvidados, todo escondido en un pasado glorioso y casi mítico,
que parece brotar sólo al calor de un vaso de vino, chicha o cerveza.
Atrás ha quedado el refrescante muday, simplemente se asoma en un cóctel
intercultural o en el ngillatun cada dos años. Hoy los mapuches
celebramos, reímos y lloramos a punta de trago, y que sea lo más
abundante posible, o sino no es celebración ni despedida. Mientras más
“regado” se vaya el muerto, mucho mejor, así sabrá que se le quiso
mucho, y al final del eluwün, hay que ir dando saltitos entre los caídos
a la salida del cementerio.
Pronto llegarán las fiestas de la Navidad, el Año Nuevo y posteriormente
el 20 de Enero, allí junto a Jesucristo y San Sebastián, los bailes y
las rancheras locales, seguramente el vino, la chicha y la cerveza serán
parte de la fanfarria que nos adormece. Y mientras las autoridades
locales, los dueños de fundo que agasajan a sus peones, las policías
miran de reojo y entre sonrisas irónicas a estos “indios buenos para la
fiesta” y de brazos cruzados, todos somos espectadores de la caída
minuto a minuto de una nación. Ante tanto discurso, de alcaldes
mapuches, palabras de autonomía, de recuperaciones de tierras, de
marchas solidarias, quizás unas palabras para mirarnos en nuestra
cotidianeidad están rogando por ser dichas. Cuando los actuales
liderazgos mapuches se enfrascan en discusiones sobre quien tiene la
razón, hay que también darle un vistazo mayúsculo a lo que sucede a
diario con nosotros mismos. ¿Cómo avanzar en la gran causa de seguir
siendo un pueblo, un pueblo digno y libre, si nos estamos esclavizando
de la mejor arma con la que nos atacó el wingka opresor? Sólo basta leer
las cartas de Cornelio Saavedra cuando se jactaba que “esta guerra nos
ha costado más mosto que pólvora” y efectivamente, porque el vino y sus
derivados nos sigue penando, nos sigue arrinconando y nos mata, nos
lleva en la flor de nuestra vida, nos hace olvidar lo que somos, lo que
fuimos, y todo se transforma en canto de despedida, en glorias pasadas y
pérdidas.
¿Chew müleiñ? ¿chew müleyiñ taiñ rakiduam, taiñ piwke?
* Poeta y lingüista mapuche.
Editora de Azkintuwe.
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