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Inédita experiencia de salud mapuche
en Nueva Imperial |
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En el corazón del
territorio mapuche, Hace un año que la
medicina tradicional convive con la medicina clásica. Las
machis ya no solo atienden en
sus rukas, sino
que en modernos box. Mientras ellas no dan abasto, los médicos
tratan de entender, de a poco, cómo es esta medicina que cura el mal
de ojo y reemplaza las pastillas por las yerbas.
Visitamos el Hospital Intercultural. |
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Por
Marcela ESCOBAR*
I
Miércoles 5 de Diciembre de 2007 |
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Foto de Helmuth Fuentes. |
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El 60 por ciento de sus pacientes viven en las zonas
rurales cercanas a Nueva Imperial, y no todos
pertenecen al Pueblo Mapuche: el 45 por ciento del año
pasado no lo fue. |
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El acercamiento entre ambos centros médicos ha sido
lento, pero va aumentando. Uno de los logros es
justamente la hoja de derivaciones que acaban de
formular en conjunto. |
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NUEVA IMPERIAL
/ Aquella mañana, Tránsita Paillalef llegó al Centro de
Medicina Mapuche de Nueva Imperial a las 6, llevando consigo el
principal requisito que la machi había exigido: un frasco de vidrio con
la primera orina del día. La machi Isolina Ramírez observó el líquido
amarillento al trasluz, sin que Tránsita le dijera que le dolía la
ingle, que a veces no podía caminar, que a ratos las molestias la
doblaban en dos. "La machi me adivinó la enfermedad. Me dijo: usted hizo
una fuerza mala. Me explicó que tenía la enfermedad de la matriz, y que
debía tomar lawen tres veces al día", recuerda Tránsita, una mujer de 64
años que hoy llegó hasta el Centro de Medicina Mapuche de Nueva Imperial
igual que hace dos semanas.
Esta vez viene a buscar más lawen, la medicina recetada
por una de las médicas indígenas que atienden aquí, en lo que parece un
hospital tradicional con sala de espera, funcionarios de delantal
blanco, farmacia y box de atención. Pero éste no es un hospital
tradicional: a diario, tres machis y dos ngütamchefe, como aquí le
llaman al componedor de huesos, más la atención semanal de una
püñeñelchefe, la partera, reciben pacientes en salas acondicionadas para
realizar los ritos medicinales que los mapuches han conocido por siglos.
Ahora, aquí, los machis también atienden por Fonasa.
Desde hace un año que Tránsita Paillalef tiene la posibilidad de elegir
si se trata en el Centro de Medicina Mapuche de Nueva Imperial, o en el
hospital mismo, el "hospital huinca", como le dice ella, un edificio
pegado a éste pero con administración, funcionarios y especialistas
propios. En junio de 2006 la presidenta Michelle Bachelet inauguró en
esta ciudad, a media hora de Temuko, el Complejo de Salud Intercultural
que incluye estos dos establecimientos, con el objetivo de que ambas
medicinas puedan convivir e, incluso, combinarse. Por eso, la primera
opción de Tránsita fue el hospital: el día en que se sintió peor partió
a la urgencia y se hizo ver por un médico tradicional, le inyectaron
suero y la dejaron en reposo. No recuerda bien cuál fue el diagnóstico,
pero sí que aquel día no tenía fe.
"Uno tiene que tener fe para poder mejorarse, palabra que es cierto, y
cuando iba al hospital yo no la tenía", cuenta, mientras espera que en
la farmacia le entreguen su lawen, la medicina prescrita por la machi y
que ya no le queda. Tránsita vive en Llancahuito, un sector rural a dos
horas de Nueva Imperial. En esta zona, el sesenta por ciento de la
población es mapuche, pero también llegan pacientes huincas. Hoy, sin
embargo, la sala de espera está atestada de gente con rasgos indígenas;
todos, muy serios y vestidos con formalidad. Los hombres –en su mayoría,
ancianos– llevan sombrero y saludan con corrección. Algunas mujeres
cubren sus cabezas con pañuelos de colores. Nadie está solo: la machi
prefiere que cada kutranche, cada paciente, sea acompañado por
familiares. La enfermedad, quizás, está también en ellos.
Mientras les llega su turno, en la sala se escucha un murmullo
incesante. Un murmullo de voces que sólo hablan mapudungún. Tránsita
espera media hora por su lawen, el que retira en las mismas botellas
plásticas de dos litros que ha traído desde su casa. El líquido es de
color ámbar, espumoso. La mujer no sabe cuáles son las yerbas que
contienen esas bebidas, pero no cuestiona porque desde que las toma,
dice, se siente mejor. A la machi Isolina llegó por referencias; luego
de desestimar la atención que le dieron en el hospital huinca, supo que
la machi atendía justo al lado, gratis, y le dijeron que era buena.
El 60 por ciento de estos pacientes viven en las zonas rurales cercanas
a Nueva Imperial, y no todos pertenecen al Pueblo Mapuche: el 45 por
ciento de los que durante el año pasado se atendieron con alguno de los
machis no era mapuche, según cifras del centro médico. La mayoría llega
como Tránsita: recomendada por otros. Algunos comienzan a llenar la sala
de espera desde las 6 de la mañana, aunque los especialistas recién
arriban a las 8. Es la única manera, dicen, de conseguir número de
atención. Los tres machis y los dos componedores de huesos se hacen
pocos para los 60 pacientes que llegan a diario.
Además de su carné de identidad y la primera orina del día, el paciente
debe acreditar que es beneficiario de Fonasa, llenar un formulario de
consentimiento informado y traer botellas plásticas para almacenar los
zumos de yerbas recetados por su machi. Cada especialista tiene su
tratamiento, confidencial e incuestionable. "Una machi no es igual que
un doctor. Ella hace el examen y descubre la enfermedad. Es una atención
más larga", explica Paola Huircan, uno de los auxiliares paramédicos a
cargo de la recepción de pacientes. Los funcionarios han sido escogidos
de acuerdo con criterios específicos: deben tener un vínculo estrecho
con la cultura mapuche y en lo posible hablar mapudungún. Buena parte de
los funcionarios del módulo mapuche son bilingües, mientras que Paola
está aprendiendo el lenguaje de sus ancestros de a poco, con la ayuda de
sus colegas. "La gente se siente feliz, en casa, cuando uno los saluda
en mapudungún", describe.
Paola es la encargada de realizar el primer chequeo a los pacientes, un
filtro necesario para detectar urgencias que requieran la atención
inmediata en "el hospital de al lado". "Se trata de trabajar en
conjunto", responde la auxiliar, y explica que los pacientes que llegan
descompensados deben ser atendidos inmediatamente en el hospital, y no
quedarse a la espera de la machi. La medicina mapuche parece tener
límites claros. Enfermedades crónicas como la diabetes no encontrarán la
cura en ningún lawen, pero sí el alivio a varios síntomas. Las mismas
machis, dice Paola, reconocen que hay males que no pueden tratar, y
recuerda que una de ellas detectó un tumor cerebral a un paciente. Lo
derivó de inmediato al hospital huinca y allá, luego de un escáner,
confirmaron el diagnóstico.
Tampoco hacen cirugías ni atienden partos, por opción del centro médico.
Y si bien hay pacientes que llegan con la clara convicción de dejar las
píldoras recetadas en sus tratamientos tradicionales, aquí se les
convence de combinar ambos métodos y abandonar, paulatinamente, los
fármacos. "No vamos a asumir todo lo que se hace en un hospital",
declara Doraliza Millalen, presidenta de la Asociación Indígena
Newentuleaiñ, a cargo de la administración del Centro. Y agrega: "No
somos tan ambiciosos ni tan ingenuos como para pensar que la solución
para todo va a estar aquí".
Lo más común es que la machi derive pacientes a los médicos huincas
–como ocurre con las cirugías–, pero no ha sucedido al revés. El
Complejo Intercultural de Nueva Imperial contempla la derivación
interhospitales, e incluso ya existen los formularios para que cada
especialista (machi o médico) explicite su diagnóstico. Ha habido
pacientes internados en el hospital que han solicitado la visita de la
machi, pero no existe historial de enfermos enviados al módulo mapuche
por recomendación de un doctor tradicional.
Afuera, en las calles de Nueva Imperial, Tránsita Paillalef ya emprendió
el regreso a su casa en el campo. Regresará a control en una semana. El
hospital huinca es exactamente igual en diseño al módulo mapuche. Los
letreros están subtitulados en mapudungún, y los funcionarios se
diferencian de los del centro mapuche sólo porque estos últimos llevan
aplicaciones de tela azul sobre sus delantales blancos. Aquí también hay
un altísimo porcentaje de profesionales con ascendencia indígena. Muy
pocos, sin embargo, hablan el idioma.
"Los que están al lado no nos conocen, así que no es mucho lo que
proponen. Nos ven como innecesarios", acusa Doraliza Millalen. Al lado,
en tanto, asumen que la experiencia intercultural recién se está
construyendo. "Nos ha costado, no tenemos formación al respecto", asume
Silvia Velásquez, enfermera jefe del hospital de Nueva Imperial. "A
muchos se nos abrió otra ventana: la de pensar que no tenemos la verdad
de todo en el mundo occidental".
El acercamiento entre ambos centros médicos ha sido lento, pero va
aumentando. Uno de los logros es justamente la hoja de derivaciones que
acaban de formular en conjunto. Momentos como las ceremonias del
nguillatún o el we tri pantu (año nuevo mapuche) han servido, también,
para acercar a ambos mundos. Los especialistas mapuches sirven de
anfitriones en estos ritos, que se realizan en la ruca que está en la
explanada, a un costado del módulo mapuche.
"Nuestro sistema de salud siempre ha existido", afirma el machi Víctor
Caniullan, mientras bebe café de grano en el interior de la ruca. El
fogón ha sido encendido y un aroma a leña inunda el aire. Caniullan
tiene 35 años, y hace 16 que supo que tenía el don de adivinar los males
de su gente. Hoy es el machi de la comunidad de Pitrenco, en Carahue, y
dos veces a la semana atiende en forma gratuita a los pacientes de Nueva
Imperial. La tradición mapuche nunca ha excluido a los hombres de este
rol, aunque hoy las mujeres siguen siendo mayoría. Ninguno de los machis
contactados por este centro médico aceptó de inmediato la propuesta de
atender en un hospital, abandonando su rehue (el árbol ceremonial) y su
tierra. Cada uno lo discutió con su familia y esperó que Nguenechen, su
Dios, se pronunciara. Víctor Caniullan vio en esto la posibilidad de que
los mapuches más pobres pudieran, también, acceder a su salud ancestral.
"Muchos no tienen dinero para darle un aporte a la machi. Por eso, no
concluyen el tratamiento", precisa Caniullan. Porque cuando un machi
atiende en su casa, siempre debe recibir una retribución. En el
hospital, los pacientes no pagan por atenderse, ni por los remedios,
sólo lo hacen si es necesario realizar una ceremonia mayor, como un
nguillatun. Cada mes, sin embargo, los machis reciben un sueldo –un
monto similar al del sueldo mínimo– y se los va a buscar y a dejar cada
jornada. Caniullan insiste: "Nuestro sistema es distinto, ayudamos a
personas que el otro sistema no ha podido sanar, de enfermedades
espirituales, sicológicas, todas relacionadas con las enfermedades
físicas".
En el mundo mapuche, los males no sólo son biológicos. Si un campesino
transgrede el espacio de otro sin permiso, o bien corta algún árbol
sagrado, puede enfermar. El machi Víctor dice que los niños no deben
jugar fuera de casa cuando el sol está en posición vertical o bien a la
hora del crepúsculo: "En ese momento, son otros los espíritus que están
rondando". A Caniullan lo esperan para el almuerzo. Antes de partir,
reconoce que ser machi es un rol difícil, expuesto e históricamente
cuestionado. Hoy, sin embargo, asegura que existe la voluntad para que
ambas medicinas –ambos mundos– comiencen a entenderse.
Luis Millan Maricoi transita habitualmente entre los dos mundos. Tiene
16 años, estudia en un liceo cerca de Temuco y es fanático del
reggaetón. Este mediodía ha sido dado de alta del amukon, el espacio
donde los pacientes mapuches son hospitalizados. Luis carga un bolso
marca Extreme, viste polerón negro, jeans con aplicaciones metálicas y
grandes collares al cuello. Unos fuertes dolores de cabeza lo trajeron,
hace dos meses, a ver a la machi Juana Lincaqueo. Y hace tres días, ella
decidió que Luis debía internarse.
"Nosotros tenemos fe: siempre nos hemos recuperado con medicina de
campo", dice. Sus dolores de cabeza venían acompañados de hemorragias
nasales y algunas noches no podía dormir. La machi Juana le prescribió
un lawen para la vejiga –"me bañaba mucho con agua helada"– y otro para
la cabeza. "Me echaron un remedio por el oído", describe, "eso me
recuperó. Me tenía que hacer rápido el tratamiento, ya me estaba
pasando". En los tres días que Luis estuvo acá recibió dos veces
"lavados de cabeza", como él llama al tratamiento prescrito por Juana
Lincaqueo. El muchacho confía totalmente en esta medicina: su abuela era
machi, uno de sus tíos murió por "mal de ojo" y él ha sido capaz de
enfrentar las burlas de sus compañeros con firmeza. "Ellos me dicen que
estas son cuestiones de indios. Yo les digo que los indios están en la
India. Acá somos indígenas", afirma.
Luis no sabe una palabra de mapudungún y reconoce que su vida tiene más
de huinca que de mapuche. Eso no lo enorgullece. Luego de esperar un
rato en la puerta del centro médico, toma su bolso Extreme y parte
camino a Carahue. Allá, en el bajo, en el sector de Coipuco, tiene su
casa. Su mamá no pudo venir a buscarlo. En el campo, no todos los días
es posible llegar a este otro mundo / Azkintuwe
* Gentileza
www.elmercurio.cl
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