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NACIONES INDÍGENAS EN EE.UU |
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Lejos del sueño americano |
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En el país que constituye la
primera economía del mundo, los descendientes de las primeras
naciones continúan siendo víctimas del racismo y la
marginación social. Conforme a estadísticas oficiales, en
Estados Unidos un 37 % de la población nativoamericana muere
antes de los 45 años de edad. En uno de los países con la
legislación "indígena" más avanzada del planeta, las tribus se debaten entre la asimilación, la marginalidad o
los paradójicos efectos de la industria de los juegos de azar. |
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PEDRO
CAYUQUEO
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desde PHILADELPHIA, EE.UU - 06-12-08 |
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Protesta indigena en Washington. |
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Foto de Agencias. |
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Por
casi dos siglos han vivido sin ser vistos, espectadores de la propia
tierra de sus ancestros, que han ocupado por 10 mil años y tal vez más a
orillas del rio Delaware. Ellos han sido testigos de la muerte, la
enfermedad, el despojo, el racismo y la violencia. Y muchos temían que
dejando de ser invisibles correrían la misma suerte que sus abuelos.
Pero siguiendo una antigua profecía, los descendientes de la Nación
Lenape de Pensylvannia han decidido dejar el anonimato, salir a la luz
pública y reivindicar sus derechos en la ciudad de Philadelphia, la
histórica primera capital y cuna del proceso emancipador de los EE.UU.
“Durante generaciones
habíamos vivido con miedo”, señala Robert Red Hawk
Ruth, Jefe de los Lenape, en la inauguración de la muestra
“Fulfilling a Prophecy: The Past and Present of the Lenape en
Pennsylvania”. “Esa era una manera fea de vivir, infectaba a toda la
comunidad así que decidimos alejarnos de todo eso. Ahora decimos con
fuerza que estamos aquí. Esta exhibición se llama ‘cumpliendo una
profecía’ y ha sido toda una catarsis para nosotros como nación, nos ha
permitido mostrarnos y también reunirnos, reencontrarnos como hermanos”.
Instalada en uno de los campus de la Universidad de Pennsylvania, la
muestra incluye danzas y comidas típicas, vestimentas y recreación de
ceremonias, exposición de pinturas y grabados, conciertos en vivo y
exhibición de videos documentales con la historia y los desafíos de un
pueblo que para sobrevivir debió volverse invisible. “Mi padre siempre
me decía, no te muestres ante nadie, no le digas a nadie de donde
provienes”, relata Red Hawk. Desplazados de su tierra a comienzos del
siglo XVIII por los “padres fundadores” de EE.UU, los Lenape terminaron
dispersos en los vecinos estados de Ohio, Wisconsin, Oklahoma, incluso
más al norte, en Canadá.
“Mis abuelos y los
abuelos de ellos fueron de los pocos que siguieron viviendo aquí. Ellos
nos inculcaron las ceremonias espirituales, nuestro idioma y cultura,
pero no a la luz del día. Durante generaciones nuestros ancestros se
mezclaron con europeos y afro americanos, hoy somos poco más de 300
personas aquí en Pennsylvania”, nos cuenta el Jefe tradicional. La
muestra que encabeza busca visibilizarlos como nación. Y constituirse en
un faro que convoque a los desplazados. “La nuestra es una historia de
sobrevivencia”, resume Red Hawk.

Durante
generaciones habíamos vivido con miedo”, señala a Azkintuwe,
Robert Red Hawk Ruth, Jefe de los Lenape, en la inauguración
de la muestra “Fulfilling a Prophecy: The Past and Present
of the Lenape en Pennsylvania”. “Esa era una manera fea de
vivir, infectaba a toda la comunidad así que decidimos
alejarnos de todo eso. Ahora decimos con fuerza que estamos
aquí”. |
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Los Lenape son una de
las 562 tribus o naciones reconocidas hoy por el gobierno de los EE.UU.
Todas ellas son consideradas legalmente “entidades soberanas” como el
gobierno federal y los gobiernos de los estados. Dicha soberanía se basa
en el derecho al autogobierno que a las tribus les garantizó la Corona
Británica mucho antes de la formación de los Estados Unidos. Luego de su
declaración de independencia, el Congreso Continental afirmó la
propiedad de los EE.UU sobre territorios que no habían sido parte de las
colonias originales, pero reconoció la soberanía de las tribus, siendo
consideradas entidades políticas separadas, externas a los EE.UU. Esto
derivó en que se mantuviera el sistema de “tratados”, estableciéndose
que sólo el gobierno federal (no los gobiernos locales) podía ser
contraparte de las tribus.
La firma del tratado
con los Delaware en 1787 marcó el inicio de un período de casi un siglo
en que el gobierno federal firmó más de 650 tratados con las naciones
indígenas, de los cuales fueron ratificados 370. Por regla general,
estos contenían cláusulas relacionadas con el mantenimiento de la paz,
las relaciones comerciales, los derechos de caza y pesca, y el
reconocimiento por parte de las tribus y del gobierno federal de la
autoridad de cada contraparte.
“Las tribus indígenas somos consideradas como naciones dentro del país.
Como tales, conservamos poderes soberanos sobre nuestra población y
territorios. Más que miembros de una minoría racial, los indígenas de
Estados Unidos somos pueblos con condición jurídica semejante a la doble
nacionalidad. Ese es nuestro estatus legal”, señala Susan
S. Harjo, destacada líder de la Nación Cheyenne y directora en los años
80’ del Congreso Nacional del Indio Americano, el principal referente
indígena del país del norte. No fue un camino fácil de recorrer,
subraya.
Y es que muchos de
los tratados firmados a comienzos del siglo XIX serían violados más
tarde por el gobierno federal, sobre todo tras la década de 1820, que
marca el inicio del avance colonizador estadounidense hacia las tierras
del oeste. Esto derivó en contiendas judiciales que llegaron hasta la
Suprema Corte de Justicia, instancia que en varios procesos falló a
favor de la soberanía de las tribus, sentando una jurisprudencia vigente
hasta nuestros días. “El camino judicial es la principal herramienta que
tenemos las tribus para reivindicar nuestros derechos”, apunta Susan.
“Mucho, pero mucho más efectivo que el político”, reconoce.
Autogobierno y soberanía
A lo largo 150 años, la postura del gobierno respecto de las tribus
osciló entre el reconocimiento de su soberanía y la búsqueda de su
asimilación forzada. Paradójicamente, sería el polémico presidente
Richard Nixon quien trazaría el camino definitivo. “Nixon, en 1971 –
señala Susan- emitió una declaración sobre asuntos indígenas donde
reprobó la eliminación forzosa y nos volvió a caracterizar como
entidades políticas soberanas. En este marco, el derecho al autogobierno
en múltiples materias quedó garantizado”. “Al menos en el papel”,
aclara.
En teoría, EE.UU
posee actualmente uno de los marcos legales más avanzados en materia de
reconocimiento de derechos indígenas del planeta. Países como Canadá,
Nueva Zelanda y Dinamarca también reconocen el derecho de las naciones
originarias a su territorio, recursos naturales, autoridades y sistemas
normativos propios, inclusive el autogobierno. Sin embargo, solo EE.UU
amplia estos derechos al punto de reconocerles doble nacionalidad. O
triple, como en el caso de Susan. “Yo soy Cheyenne por parte de padre,
Muscogee por parte de madre y estadounidense por lamentables
circunstancias históricas”, precisa con ironía.
Si bien se trata de un sistema normativo superior incluso a la
recientemente aprobada Declaración Universal de Derechos de los Pueblos
Indígenas de la ONU y años luz de la legislación chilena, una de las más
atrasadas del planeta, no todo ha sido y es color de rosas. Una
constante histórica, subraya Susan, fue la violación de los tratados y
ello independiente de quien estuviera sentado en la Casa Blanca. A lo
largo y ancho del siglo XIX, el gobierno les quitó dos tercios de las
tierras que les habían sido reconocidas como propias a fin de facilitar
la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste.
“Republicanos y
demócratas tienen sus manos manchadas con sangre india. A mi gente, los
Muscogee Creek, hacia el año 1830 se les obligó ha abandonar sus tierras
a punta de bayoneta hacia el oeste del río Mississipi”, nos relata.
Susan hace referencia a uno de los capítulos más oscuros de la historia
norteamericana: la marcha forzada desde el sudeste al actual estado de
Oklahoma de cinco tribus indígenas (Chickasaw, Choctaw, Creek, Seminola
y Cherokee), ejecutada durante las administraciones de los mandatarios
demócratas Andrew Jackson y Martin Van Buren. Más de 1.200 kilómetros de
infernal caminata que condenó a muerte a miles de nativos.
Se calcula que la cuarta parte de la población Cherokee pereció en la
ruta, principalmente en los campamentos asolados por la disentería y
otras enfermedades. En su idioma, ellos recuerdan hoy este suceso como
“nunna daul isunyi”, “el camino donde nosotros lloramos”. De allí su
denominación popular: “El Sendero de las Lágrimas”. Y es que la
conquista y colonización del “oeste” norteamericano nada tuvo que
envidiar a la conquista y colonización española siglos antes en el resto
de América. O aquella que, por la misma época, ya planificaban contra el
pueblo mapuche los actuales estados de Chile y Argentina, ello en el
cono sur de América.
Aunque la Declaración
Real Británica de 1763 afirmaba que las tribus tenían títulos legales
sobre sus tierras y que sólo podrían modificarse mediante tratados, la
expansión de la frontera blanca fue tan implacable que esto poco se tuvo
en cuenta. Un ejemplo de ello fue el Tratado de Fort Laramie (1868)
entre la Nación Sioux y el gobierno estadounidense, que acordó
entregarles la mitad de las tierras de Dakota del Sur. Sin embargo,
luego del hallazgo de oro en las Black Hills (Colinas Negras), centro
espiritual y geográfico de los Sioux, el tratado fue modificado
unilateralmente desde Washington. Sin consulta ni aviso previo.
En los siguientes 20 años, el gobierno federal se apoderó de más de 90
por ciento del territorio que antes les había concedido. Para 1889, el
tamaño de la reservación Sioux había sido reducido a una pequeña esquina
del mapa de Dakota del Sur. “Cualquier observador objetivo tendría que
decir que nuestro tratamiento de los americanos nativos ha sido una
desgracia nacional”, llegó a reconocer durante su campaña el ex
candidato republicano a la presidencia, John McCain, entrevistado por el
Washington Post.
Un poco más autocrítico, su contendor y actual
presidente electo de EE.UU, el demócrata Barack Obama, calificó de
“vergonzoso” el actuar de la Casa Blanca en la materia. Obama, cuya
campaña concitó un masivo respaldo indígena, prometió restablecer la
validez de los tratados, respaldar el autogobierno tribal e inyectar
millonarios fondos a los siempre insuficientes presupuestos indios. Las
tribus, en su gran mayoría, depositaron mucho más que un simple voto en
esta promesa de cambio. Expectantes aguardan hoy los primeros pasos de
su administración.
El caso de Peltier
En
toda Norteamérica las tribus lucharon contra la ocupación de sus
tierras. Desde Arizona hasta Alaska. Pero esta resistencia fue aplastada
a punta de cañonazos y promesas rotas. El recuerdo persiste en la
memoria. “En los tiempos modernos estas historias de atropellos se
traducen en que algunas naciones indígenas mandan una carta de saludo a
cada presidente nuevo. Y siempre lo llaman con el mismo nombre que daban
al presidente George Washington los miembros de la Confederación
Iroquese: ‘Sr. Destructor de los Pueblos’. Esto grafica cuál ha sido
históricamente la relación de los nativo americanos con el gobierno”,
subraya Susan.
En sus palabras
resuena el eco de sus ancestros. Su bisabuelo, el Jefe Bull Bear, fue
uno de los principales líderes de la resistencia Cheyenne contra la
opresión del gobierno de EE.UU a fines del siglo XIX. Su abuelo, Thunder
Bird, un destacado artista y escritor, reconocido por mantener vivas
ceremonias tradicionales de su pueblo como el Baile del Sol (Sun Dance)
cuando estas fueron proscritas por las autoridades. Pero la lucha por la
tierra continúa. El propio estado de Dakota del Sur está intentando
trasladar tierras indígenas a manos del Estado, violando nuevamente los
tratados firmados con los Sioux, también conocidos como Lakota.
Un líder rebelde de
este pueblo, Leonard Peltier, es hoy el prisionero político
estadounidense más conocido en el mundo. Peltier está encarcelado y
condenado a doble cadena perpetua por el supuesto homicidio de dos
agentes del FBI en la reserva de Pine Ridge. Peltier era un activo
militante del Movimiento Indio America (AIM, en inglés), organización
radical indígena que en los 70’ operó en diversos puntos de EE.UU y que,
junto al Partido de los Panteras Negras, fue duramente reprimido por la
administración de Richard Nixon.
Encabezado por John
Trudell, Russell Means y Dennis Banks, el AIM protagonizó en 1973 el
conflicto armado más largo al interior de Estados Unidos desde la Guerra
Civil: la ocupación de Wounded Knee, sitio histórico ubicado al interior
de la reserva de Pine Ridge y donde en 1890, el Séptimo de Caballería
del Ejército de EE.UU masacró a cientos de Sioux que se negaban a ser
“relocalizados” en Nebraska, entre ellos decenas de mujeres, ancianos y
niños.
La ocupación buscaba denunciar ante el mundo la situación de abandono,
marginación y pobreza que afectaba a los Sioux. La respuesta del
gobierno fue un cerco policial y militar que se prolongó por 71 días,
dos activistas del AIM asesinados y el inicio de una caza de brujas que
solo culminó a fines de los 70’con el AIM desarticulado y Leonard
Peltier en prisión.
“Leonard ha estado
más de la mitad de su vida encarcelado como un símbolo de aquellos años.
El fue acusado junto a otras dos personas por el asesinato de dos
agentes federales, pero fue un enfrentamiento confuso, un tiroteo donde
también murió un nativo. Nadie supo ni sabe aún quién disparó a los
agentes, no hubo evidencia determinante en el juicio, pero aun así
condenaron a Leonard”, apunta Susan, cuyo esposo, Frank Harjo, militó
junto a Peltier en las filas del proscrito AIM. De allí su cercanía con
el líder Sioux. “En lo personal, Leonard representa una época terrible
de persecución política, pero también una época maravillosa de activismo
que forma parte de mi vida y la de mi esposo. Pero nosotros queremos que
él deje de ser un símbolo, nos interesa mucho más que recupere su
libertad y su vida”, subraya.

Desde la
ocupación de Wounded Knee, pocas cosas han mejorado para los
Sioux de la reserva de Pine Ridge, la segunda más grande en
extensión territorial de las 314 designadas por el gobierno de
Estados Unidos como “territorios tribales soberanos”. Familias
pobres en casas baratas subsidiadas por el gobierno y jóvenes
que no recuerdan la historia de su pueblo. |
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Desde la ocupación de
Wounded Knee, pocas cosas han mejorado para los Sioux de la reserva de
Pine Ridge, la segunda más grande en extensión territorial de las 314
designadas por el gobierno de Estados Unidos como “territorios tribales
soberanos”. Familias pobres en casas baratas subsidiadas por el
gobierno, jóvenes que no recuerdan la historia de su pueblo y caen en la
trampa de la droga y el alcohol igual que sus padres; hombres y mujeres
tratando de sobrevivir sin empleo, tierras propias rentadas a rancheros
blancos y perdidas para el uso de sus habitantes. Y por si ello fuera
poco, administraciones corruptas que más que “autodeterminación”, solo
perpetúan la dependencia económica y el control político externo.
Legalmente la
reservación Pine Ridge es un “estado soberano independiente” dentro del
territorio estadounidense, con un gobierno indígena democráticamente
electo cada dos años y al que se le otorgan casi 70 millones de dólares
en pagos federales directos e indirectos para apoyar a una población de
entre 20 y 30 mil habitantes. Sin embargo, todas las decisiones
fundamentales sobre su destino se hacen fuera de sus límites, por la
misma burocracia que utiliza gobiernos locales corruptos para reprimir
voces disidentes que abogan por un cambio. La de Leonard Peltier, una de
ellas.
Y es que en el país que constituye la primera economía del mundo, los
descendientes de las primeras naciones continúan siendo víctimas del
racismo y la marginación social. Conforme a estadísticas oficiales, en
Estados Unidos la población nativoamericana tiene ocho veces más
posibilidades de padecer enfermedades como la tuberculosis que otros
ciudadanos del país y un 37% muere antes de los 45 años de edad. La tasa
de suicidio es tres veces la tasa nacional, mientras que la mortalidad
infantil es un 60% más alta que la del conjunto de la población
norteamericana.
Por su parte, las
tasas de desempleo oscilan entre 50 y 80%, lo que al mismo tiempo
engendra violencia, delincuencia y un elevado tráfico y consumo de
drogas. El desplazamiento a centros urbanos, programado desde Washington
en las décadas de los años 50’ y 60’, forzado por la pobreza en las
últimas décadas, en nada ha contribuido a que las condiciones de vida de
muchas tribus mejoren. En muchos casos, solo ha contribuido a aumentar
la tasa de suicidios juveniles y de nativoamericanos que poblan las
principales cárceles del país.
Megaindustria del azar
Sin embargo, no todas las reservaciones se asemejan a colonias pobres
como Pine Ridge. Existen tribus que en la empresa privada han encontrado
potentes fuentes de ingreso. La Ley de Autodeterminación y Educación del
año 1975 – promulgada por la administración Ford y que dotó de mayor
autonomía a las tribus para gestionar y administrar fondos federales-,
animó a muchos a recurrir a la llamada iniciativa empresarial privada.
Una de ellas, la polémica industria de los juegos de azar, posible tras
la promulgación de la Ley de Regulación de Juegos de Azar Indígenas el
año 1988 y que benefició a las tribus con inéditas exenciones
tributarias.
El
paso de pequeña industria tribal a mega imperio comercial solo era cosa
de tiempo. Quedó demostrado el 2007, año en que las reservaciones
facturaron 25.100 millones de dólares, una cifra que hizo palidecer los
6.000 millones obtenidos por Las Vegas y que multiplicaron varias veces
la suma de los beneficios de esta ciudad junto con Atlantic City, según
datos oficiales de la Comisión Nacional del Juego Indio (NIGC, en
inglés). Pensada como medida gubernamental para paliar el brutal
desempleo en las tribus y la ausencia de futuro, hay quienes temen que
el dinero de los casinos se convierta en una de las últimas balas en la
recámara del Winchester.
Sectores
tradicionalistas ven en la riqueza de los casinos una amenaza potencial
para el “modo de vida indígena”. Paradójicamente, coinciden en
esto con sectores políticos como el republicano, encabezados por el ex
candidato presidencial John McCain, acérrimo opositor de los casinos en
territorios tribales. Miembro desde hace más de dos décadas de la
Comisión de Asuntos Indios del Senado, McCain ha denunciado a los
casinos como verdaderos focos de corrupción y mafias al interior de
algunas reservas. Una opinión que, observando de quien proviene, le
merece serias dudas a Susan S. Harjo.
“Nosotros no tenemos
tan claro que sea como dice John McCain. Han existido casos (de
corrupción) y los responsables han sido juzgados y enviados a la cárcel
como cualquier criminal, pero han sido casos aislados, como suceden
también en Las Vegas o en Florida y con bastante mayor frecuencia”,
apunta. “Muchas veces se usan estos argumentos para intentar limitar una
legislación que nos favorece y que sabemos afecta a muchos intereses
empresariales no indígenas”, advierte. Y no deja de tener razón.
Actualmente, cerca de 200 tribus administran juegos de apuestas. Y a
pesar de que el mayor casino indígena del país es el Foxwoods Resort,
dirigido por la Nación Mashantucket Pequot en Connecticut (Este de
EE.UU), casi la mitad de todos los ingresos del azar se encuentra en la
parte occidental, en especial en California y Oklahoma.
Impulsados por el
juego, algunas tribus gozan hoy de un poder económico nunca antes visto.
“Los casinos han permitido que algunas tribus dejen de ser clientela
política”, apunta Susan. “Tal vez allí se encuentra el verdadero temor
de John McCain y los republicanos”, subraya. El citado Foxwoods Resort,
instalado a menos de dos horas en automóvil al norte de Nueva York, fue
declarado el “casino del milenio” por la revista Casino Player. Está
construido sobre dos hectáreas y cuenta con 600 máquinas tragamonedas,
350 mesas de juego, 500 habitaciones, 18 tiendas de artesanías,
auditorios para peleas de box, sala de conciertos, estadio de beisbol,
parque de diversiones, seis cines y un museo de la Nación Mashantucket
Pequot.
En Florida, por citar
otro ejemplo, existen hoy dos tribus con negocios de juego. Los
Seminoles son una de ellas, propietarios de seis casinos y salones de
bingo, además de los derechos sobre la franquicia Hard Rock Cafe en
Hollywood y Tampa, la misma que compraron el año 2006 en 965 millones de
dólares. La otra tribu son los Miccosukees, propietarios de un exclusivo
casino en el oeste de Miami-Dade. Los casinos de ambas tribus en Florida
generaron en 2007 ganancias por 1.600 millones de dólares. Y esto, a
juicio de Susan, repercute en varios niveles, uno de ellos el bienestar
social, “puesto que la ley establece que al menos un 60% de los
beneficios de los casinos tiene que tener como destino algún proyecto
para mejorar la comunidad”.
“No es un sistema
perfecto –agrega Susan- pero yo destaco los impactos positivos por sobre
los negativos, que existen también”. Y cita lo acontencido con los
Mashantucket Pequot, tribu a la cual apoyó cuando le correspondió
encabezar el Congreso Nacional del Indio Americano. “Ellos no tenían su
idioma, lo habían perdido, no tenían danzas, vestimentas, eran un grupo
pequeñito, que iban a desaparecer. Hoy son más ricos que los
Rockefeller's y han ido construyendo escuelas para recuperar su idioma,
sus danzas, su arte, han usado el dinero para revitalizar su cultura e
identidad. Ellos resucitaron cosas que los libros de historia decían
extintas, ellos resucitaron su nación, ¿no es eso emocionante?”,
pregunta.
“En EE.UU hay cerca
de 30 naciones que son muy ricas y en conjunto están viendo cómo apoyar
al resto, generando industria, privilegiando el comercio intertribal,
explorando fórmulas diversas. Son procesos complejos, pero que están en
marcha... Existen tratados entre las naciones que se han establecido y
no son solo tratados que hablan de los derechos indios o la cultura.
Incluyen también lo financiero, lo comercial, las inversiones, el
desarrollo, sin esos aspectos ninguna nación puede proyectarse en el
tiempo”, finaliza optimista / AZ
* Reportaje publicado originalmente en Revista Punto
Final.
www.puntofinal.cl
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