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La grotesca ironía de Gaza |
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Al ver las noticias, uno pensaría que
la historia comenzó ayer, que un grupo de lunáticos barbudos
islamistas antisemitas surgió de pronto en los barrios bajos de Gaza
–una basura de gente destituida sin ningún origen– y comenzaron a
lanzar misiles al pacífico, democrático Israel, sólo para
encontrarse con la venganza justa de la fuerza aérea israelí. No fue
así. |
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Por
Robert FISK*
I
Azkintuwe |
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Familia palestina en Gaza. |
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Foto de Agencias. |
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Qué
fácil es tapar la historia de los palestinos, borrar la narrativa de su
tragedia, evitar una ironía grotesca sobre Gaza que –en cualquier otro
conflicto– los periodistas estarían escribiendo en sus primeros
informes: que los originales, los legales propietarios de la tierra
israelí sobre la que impactan los cohetes Hamas viven en Gaza. Por eso
existe Gaza: porque los palestinos que vivían en Ashkelon y los campos
de los alrededores –Ashalaan en árabe– fueron desposeídos de sus tierras
en 1948, cuando se creó Israel y terminaron en las playas de Gaza.
Ellos –o sus hijos y nietos y bisnietos– están entre el millón y medio
de los refugiados palestinos atiborrados en el basurero de Gaza, 80 por
ciento de aquellos cuyas familias vivieron una vez en lo que ahora es
Israel. Esto, teóricamente, es la verdadera historia; la mayoría de la
gente de Gaza no viene de Gaza.
Pero al ver las noticias, uno pensaría que la historia comenzó ayer, que
un grupo de lunáticos barbudos islamistas antisemitas surgió de pronto
en los barrios bajos de Gaza –una basura de gente destituida sin ningún
origen– y comenzaron a lanzar misiles al pacífico, democrático Israel,
sólo para encontrarse con la venganza justa de la fuerza aérea israelí.
El hecho de que cinco hermanas muertas en un campo en Jabalya tenían
abuelos que venían de la misma tierra cuyos más recientes propietarios
ahora las bombardean a muerte simplemente no aparece en la historia.
Tanto Yitzhak Rabin como Shimon Peres dijeron allá por la década de 1990
que deseaban que Gaza simplemente desapareciera, cayera al mar, y
podemos ver por qué. La existencia de Gaza es un recordatorio permanente
de aquellos cientos de miles de palestinos que perdieron sus hogares a
manos de Israel, que huyeron o fueron echados por temor o por limpieza
étnica israelí hace sesenta años, cuando oleadas de refugiados recalaron
en Europa después de la Segunda Guerra Mundial y cuando un puñado de
árabes echados a patadas de sus propiedades no le preocupaba al mundo.

Pero al ver
las noticias, uno pensaría que la historia comenzó ayer, que
un grupo de lunáticos barbudos islamistas antisemitas surgió
de pronto en los barrios bajos de Gaza y comenzaron a lanzar
misiles al pacífico, democrático Israel, sólo para encontrarse
con la venganza justa de la fuerza aérea israelí. |
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Bueno, el mundo debería preocuparse
ahora. Atiborrados en los más superpoblados kilómetros cuadrados en el
mundo está un pueblo desposeído que ha estado viviendo en la basura y
las aguas servidas y, durante los últimos seis meses, con hambre y en la
oscuridad, y que han sido sancionados por nosotros, Occidente. Gaza
siempre fue un lugar de insurrección. Tomó años para que la sangrienta
“pacificación” de Ariel Sharon, que comenzó en 1971, se completara y
Gaza no será domada ahora.
La voz más poderosamente política de los palestinos –estoy hablando de
Edward Said, no del corrupto Yasser Arafat (y cómo lo deben extrañar
ahora los israelíes)– está en silencio y su prédica en gran parte no ha
sido explicada por su deplorable y tonto vocero. “Es el lugar más
aterrador que he visto”, dijo Said una vez de Gaza. “Es un lugar
horriblemente triste a causa de la desesperación y de la miseria en que
vive la gente. No estaba preparado para los campos, que son mucho peores
que cualquier cosa que vi en Sudáfrica.”
Por supuesto, le tocó a la canciller Tzipi Livni admitir que “a veces
también los civiles pagan el precio”, un argumento que no daría, por
supuesto, si los estadísticas de las bajas fueran al revés. Por cierto
fue instructivo escuchar a un miembro del American Enterprise Institute
–repitiendo fielmente los argumentos de Israel– defender el vergonzoso
número de muertos palestinos diciendo que “no tenía sentido jugar el
juego de los números”. Pero si más de 300 israelíes hubieran muerto
–contra dos palestinos muertos– estemos seguros de que el “juego de los
números” y la desproporcionada violencia serían muy relevantes.
El simple hecho es que las muertes palestinas importan mucho menos que
las muertes israelíes. Es verdad, sabemos que 180 de los muertos eran
miembros de Hamas. Pero ¿qué pasa con el resto? Descubrir que Estados
Unidos y Gran Bretaña no condenan la matanza israelí mientras que culpan
a Hamas no es sorprendente. La política de Estados Unidos en Medio
Oriente y la política israelí ahora son indistinguibles y Gordon Brown
está siguiendo con la misma devoción perruna a la administración Bush
que su predecesor.
Como siempre, los sátrapas árabes –pagados y armados en gran parte por
Occidente– están en silencio; absurdamente llaman a una cumbre árabe
sobre la crisis que (si tiene lugar) nombrará un “comité de acción” para
hacer un informe que nunca será escrito. En cuanto a Hamas, por supuesto
disfrutarán de la incomodidad de los potentados árabes mientras esperan
cínicamente que Israel les hable. Lo que hará. De verdad, dentro de
algunos pocos meses, oiremos que Israel y Hamas están teniendo
“conversaciones secretas” –como una vez nos pasó con Israel y la aún más
corrupta OLP—. Pero para entonces hará mucho que los muertos fueron
enterrados y nos estaremos enfrentando a la próxima crisis desde la
última crisis / AZ
* Corresponsal en Medio Oriente
de The Independent de Gran Bretaña.
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