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Gigantesca deuda histórica |
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La guerra de ocupación
(“pacificación de la Araucanía”) se llevó a efecto con extrema
barbarie, incluso contra la población civil: “Se incendiaban las
rucas, se mataba y capturaba mujeres y niños, se arreaba con los
animales y se quemaban las sementeras. Estamos ante una de las
páginas más negras de la historia de Chile” (Bengoa) |
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Por
Felipe PORTALES*
I
Sábado 19 de Enero de 2008 |
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Párrafos |
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El
homicidio del joven Matías Catrileo y la extrema negligencia
gubernamental en el caso de la huelga de hambre de Patricia
Troncoso; constituyen síntomas de la pésima gestión del
gobierno de Bachelet. |
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Con
posterioridad al proceso de “radicación” de mapuches con
“títulos de merced” los mapuches siguieron siendo
víctimas de despojos a través de amedrentamientos violentos y
farsas judiciales. |
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El
homicidio del joven Matías Catrileo, por parte de Carabineros, y la
extrema negligencia gubernamental en el caso de la huelga de hambre de
Patricia Troncoso; constituyen síntomas de la pésima gestión del
gobierno de Bachelet respecto del tema indígena. Para comprender
este tema es importante tener en cuenta que el pueblo mapuche ha sido
una víctima permanente de políticas genocidas y de despojo que ya
alcanzan más de 450 años. Primero de los españoles durante la Conquista
y la Colonia. Y luego, a partir de la década de los 60 del siglo XIX,
del Estado chileno. Porque lo que no es muy conocido es que luego de la
Independencia nuestra oligarquía buscó durante muchos años la
integración pacífica de los mapuches a la comunidad nacional. Política
que fue refrendada por políticos e intelectuales tan ilustres como
Antonio Varas, Vicente Pérez Rosales, José Victorino Lastarria e Ignacio
Domeyko.
Incluso Domeyko –que posteriormente llegaría a ser rector de la
Universidad de Chile-, producto de una larga estadía de observación y
estudio en la Araucanía, publicó un libro al respecto (“Araucanía y sus
habitantes”, en 1845) en que planteó un conjunto de sugerencias para
fortalecer dicha política de integración pacífica. Y lo que es
tremendamente impactante, formuló una profética advertencia que fue
completamente desoída una generación más tarde: “Los hombres de este
temple (los mapuches) no se convencen con las armas: con ellas sólo se
exterminan o se envilecen. En ambos casos la reducción sería un crimen
cometido a costa de la más preciosa sangre chilena”.
El giro copernicano en la política oligárquica se explica por diversos
factores. Pero ciertamente uno fue decisivo: la codicia de tierras. De
acuerdo a José Bengoa (“Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX”),
el boom de las exportaciones de trigo fue de tal intensidad que produjo
que el precio de una hectárea en el valle del Maipo subiera de 8 pesos
en 1820 a más de 300 pesos en 1860. Así, desde fines de los 50, comenzó
una campaña sistemática de prensa – liderada por “El Mercurio” de
Valparaíso - que comenzó a describir a los mapuches como “hordas
salvajes”; “horda de fieras que es urgente encadenar o destruir en el
interés de la humanidad y en bien de la civilización”; y “raza soberbia
y sanguinaria, cuya sola presencia en esas campañas es una amenaza
palpitante, una angustia para las riquezas de las ricas provincias del
sur”.
Esta campaña fue duramente denunciada en “La Revista Católica” (órgano
oficial de la Iglesia) del 4 de Junio de 1859, que planteaba “que se
pide a nuestro gobierno el EXTERMINIO (mayúscula en el original) de los
araucanos, sin más razón que la barbarie de sus habitantes y la
conveniencia de apoderarnos de su rico territorio” y que “las ideas de
El Mercurio sólo pueden hallar favorable acogida en almas ofuscadas por
la codicia y que han dado un triste adiós a los principios eternos de lo
justo, de lo bueno, de lo honesto; sólo pueden refugiarse en los
corazones fríos, sanguinarios, crueles, que palpitan de alegría cuando
presencian las últimas convulsiones de una víctima”.
En el debate parlamentario que terminó con la “legalización” del despojo
de las tierras de los mapuches, Benjamín Vicuña Mackenna llegó a señalar
que el indio “no era sino un bruto indomable, enemigo de la
civilización, porque sólo adora los vicios en que vive sumergido, la
ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición y todo ese conjunto de
abominaciones que constituyen la vida salvaje”; y que “el rostro
aplastado, signo de la barbarie y ferocidad del auca, denuncia la
verdadera capacidad de una raza que no forma parte del pueblo chileno”.
Finalmente, con las honrosas excepciones de Lastarria, Manuel Antonio
Matta y Angel Custodio Gallo; la Cámara de Diputados aprobó, en agosto
de 1868, el presupuesto para llevar a cabo los planes de ocupación
militar propuestos por Cornelio Saavedra (Ver Jorge Pinto.- “De la
Inclusión a la Exclusión. La formación del estado, la nación y el pueblo
mapuche”).
La guerra de ocupación (“pacificación de la Araucanía”) se llevó a
efecto con extrema barbarie, incluso contra la población civil: “Se
incendiaban las rucas, se mataba y capturaba mujeres y niños, se arreaba
con los animales y se quemaban las sementeras. Estamos ante una de las
páginas más negras de la historia de Chile” (Bengoa). Producto de los
combates, ejecuciones, hambrunas y epidemias de cólera y viruela
asociadas; Bengoa calcula que la derrota mapuche significó la muerte de
alrededor del 20% de su población. Y el despojo del 90% de su
territorio: “En definitiva, de 10 millones de hectáreas aproximadas que
corresponden a las regiones del Sur que habitaban los mapuches, el
Estado les cedió unas 500 mil y los dejó ocupando otro tanto en Osorno y
Valdivia, sin protección legal alguna”.
Con posterioridad al proceso de “radicación” de mapuches con “títulos de
merced” – desarrollado entre 1884 y 1929 - los mapuches siguieron siendo
víctimas de despojos a través de amedrentamientos violentos y farsas
judiciales a los que se prestaban la generalidad de los tribunales
locales. Y, además, sufrieron permanentes ofensivas para lograr la
división de sus comunidades y su “asimilación” definitiva a la
chilenidad, esto es, su destrucción total como pueblo con identidad
propia.
Es sólo con la ley indígena de 1992 que por primera vez – desde la
“pacificación de la Araucanía” - la sociedad y el Estado comienzan a
respetar los derechos de los indígenas chilenos. Sin embargo, aquella
ley es completamente insuficiente como para revertir significativamente
su situación de miseria, segregación y abatimiento social y político. Si
a eso agregamos la aplicación contra dirigentes y activistas mapuches de
la Ley Anti-terrorista, por sus luchas de recuperación de tierras,
mantenemos una situación de aguda represión; tal como lo han señalado
múltiples organizaciones nacionales e internacionales de derechos
humanos y el Relator Especial de Naciones Unidas para cuestiones
indígenas, Rodolfo Stavenhagen.
Todo lo anterior se ve agravado por el virtual rechazo gubernamental del
conjunto de propuestas destinadas a fortalecer los derechos de los
pueblos indígenas que hiciera la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato
de los Pueblos Indígenas. Comisión que fue designada por el propio
gobierno de Lagos en enero de 2001; presidida por el ex Presidente
Aylwin; y compuesta por destacados especialistas en el tema, políticos,
profesionales y dirigentes de diversos pueblos indígenas. ¿Qué esperamos
para aplicar dichas propuestas destinadas a paliar en algo nuestra
gigantesca deuda histórica con los pueblos originarios de Chile?
/
AZ
* Sociólogo
chileno.
** Gentileza
www.elmostrador.cl
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