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FOTO DE ALEJANDRA BARTOLICHE. |
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"La
lluvia es la mejor arma de los mapuche”, vociferó Mauro Millán. Pareció
que exageraba. Un auténtico diluvio nos castigaba feo, a unos pasos de
la estancia Leleque (Chubut). A metros de la precaria ramada que los
peñi habían levantado, se alzaba el cartel que invita a visitar el Museo
de los Benetton. “13.000 años de historia”, dice. Cuanta hipocresía...
En su interior, no existe ninguna referencia explícita al pueblo
mapuche. En sus vitrinas descansan kultrün que son sagrados, hachas toki
de importancia similar y otras manifestaciones materiales de la cultura
mapuche. Pero los guiones que sobre todo tienen como destinatarios a
turistas poco informados, sólo hablan de indígenas y en todo caso, de
tehuelches. Al igual que para los científicos del siglo XIX, para la
trasnacional italiana los mapuche “no son humanos, no son personas, no
están siquiera allí en realidad”. Si admitiera su presencia, debería
explicar un proceder que no coincide con la imagen corporativa que sus
agencias de publicidad le construyeron: el respeto a las diferencias, la
tolerancia racial, la piedad...
La gente seguía
llegando y la perspectiva no era sencilla. Se pernoctaría debajo del
toldo y al amanecer, renovaríamos el compromiso con los newen del lugar.
En ese momento no podíamos saberlo, pero se inauguraba un conflicto que
todavía no se resuelve, un diferendo que enfrenta a una de las empresas
más poderosas del planeta con un puñado de mapuche. Una pelea que los
mapuche llevaron a la mismísima Italia, ante la sorpresa de la
corporación trevisana. “Mi abuela contaba que le contaba mi
bisabuela, que cuando nuestro pueblo ya había abandonado toda
posibilidad de resistir al Ejército, procuraba poner distancia nomás y
escaparse lo más lejos posible. Entonces, nuestros mayores hacían
ngillatün para que lloviera y lloviera, así los cañones se empantanaban
y no podían avanzar y las mulas se retrasaban. Quizás ahora también, si
el tiempo estaba mejor, capaz que se llenaba de milicos”, remató el
werken.
Entonces quedó en evidencia la condición de aliado del descomunal
aguacero. Milicos había pero unos pocos, se movilizaban a bordo de una
impecable camioneta doble tracción que no lucía identificación alguna.
Según los vecinos del lugar, la camioneta era de los Benetton y
habitualmente la utilizaba el administrador de la estancia. Pero durante
esos días sirvió para movilizar a la tropa, que sin embargo no nos
molestó demasiado. Por lo menos en esa oportunidad, los efectivos fueron
menos implacables que 120 años antes. Los más ancianos todavía recuerdan
relatos que escucharon de sus mayores, como el que Millán había
compartido para valorar a la lluvia. Cuando no quedaba otra que la
retirada desordenada y las familias ya estaban desmembradas, la mayoría
de ellas sin hombres, las pillankuze solían entonar el tayül del puma,
para que el newen del felino ayudara en la huída y con los despojos de
su caza, pudieran alimentarse los fugitivos.
Entonces no lo sabíamos pero esa misma tormenta provocaba
desmoronamientos sobre las rutas de la región y también la evacuación de
cientos de habitantes de El Bolsón (Río Negro). El trawün se había
convocado allí, 200 kilómetros al sur de Bariloche para recordar el
Último Día de Libertad de América. Eran las últimas horas del 11 de
octubre de 2002 y comenzaba el “escrache” a la empresa italiana, que
había promovido diez días antes el desalojo de una familia mapuche. Los
Curiñanco Nahuelquir se habían establecido en el campo Santa Rosa un mes
y medio atrás, luego de consultar en la Delegación Esquel del Instituto
Autárquico de Colonización. Allí les habían dicho que el predio era
fiscal.
Atilio Curiñanco nació en Leleque, correteó de pibe por esos campos,
creció y cazó en ellos. Al igual que muchos, muchísimos mapuche, que
cabalgaron por allí cuando todavía ninguna bandera argentina había
pasado ni siquiera cerca. El grupo de tehuelches con el que viajó de sur
a norte el inglés Musters entre 1869 y 1870, se había encontrado con los
primeros mapuche en las inmediaciones del actual emplazamiento de
Esquel. Desde ese punto, las parcialidades de ambos pueblos marcharon
juntas en dirección a la ruka de Saywkeke. Sobre sus actividades del 12
de febrero de 1870, anotó el marino: “Sucedió que, como durante esa
jornada nos encontramos con los araucanos en la misma parte del círculo
(de caza), cocinamos juntos nuestras comidas y volvimos juntos a los
toldos. Por el camino, el hijo mayor de Quintuhual, con quien siempre
había mantenido yo buenas relaciones, dijo que deseaba reconocerme como
hermano suyo. En consecuencia, nos dimos la mano y cabalgando juntos
declaramos formalmente que éramos como hermanos y que siempre
recordaríamos los deberes de nuestro parentesco y nos ayudaríamos
mutuamente, en caso necesario, en cualquier parte del mundo en que
estuviésemos” [1].
Según estableció el geógrafo Rey Balmaceda, esos momentos de convivencia
entre los mapuche del lonko Kintuwal y los tehuelches de Casimiro, se
desarrollaron en el mismo sitio donde más tarde se emplazó el caserío de
Leleque. Unas páginas antes, el europeo había descrito a su futuro
hermano: “ese indio era de estatura mediana, estaba vestido con ponchos
de color y tenía un pañuelo de seda alrededor de la cabeza. Sus
facciones eran regulares, sus ojos negros, chispeantes e infatigables, y
su tez la misma, poco más o menos, de los gauchos del Río de la Plata.
Usaba el pelo cortado, y su figura aseada hacía marcado contraste con
las guedejas sueltas y los cuerpos pintarrajeados de los tehuelches”.
Más allá de los prejuicios estéticos de Musters, quedémonos con una
certeza: el hijo de Kintuwal era mapuche, como su padre. Los tehuelches
habían dado con él donde el arroyo Caquel se junta con el Tecka. Según
le había relatado el tehuelche Orkeke a su amigo británico, allí
comenzaba “el país de los araucanos”. Resulta insólito entonces, que
todavía se siga afirmando que recién hubo mapuche al sur del río Limay
en forma posterior a la Conquista del Desierto.
Luego de encontrarse con el werken, la columna tehuelche continuó en
dirección al oeste para luego torcer hacia el norte. “Entramos en un
llano a nivel, en cuyo extremo opuesto notamos con gran contento las
humaredas de respuesta de los toldos araucanos”, anotó el viajero. La
descripción es notable porque una de las corrientes que se interesó en
construir la historia de la región se encargó de imponer una idea
errónea: que los pueblos mapuche y tehuelche fueron enemigos a muerte y
que los mapuche se erigieron en usurpadores de sus vecinos de más al
sur. Parece muy curioso entonces, no sólo que los tehuelches que Musters
acompañaba marcharan hacia al norte a su encuentro, sino también que
experimentaran “gran contento” al percibir sus humaredas. Es verdad que
las relaciones entre las parcialidades de ambos pueblos no siempre
fueron armoniosas pero como contrapartida, tampoco se caracterizaron
indefinidamente por la presencia de enfrentamientos bélicos.
Luego de mudar de caballo y de ataviarse según las reglas del protocolo,
los que venían del sur se aproximaron bastante a las ruka de los
mapuche. “Con gran sorpresa notamos que nadie salía a recibirnos; al fin
llegó una mujer con la noticia de que todos los hombres habían ido a
cazar, pero se les había mandado buscar y llegarían en breve”, anotó el
inglés. El encuentro no se demoraría, porque “al cabo de una media hora
aparecieron los araucanos, galopando como demonios. Como sus mujeres les
habían traído ya caballos frescos, estuvieron montados en menos tiempo
del que se necesita para escribirlo; y, formados en línea excelente,
lanza en mano, se quedaron esperándonos para llevar a efecto la
ceremonia de bienvenida. En unos cinco minutos se formaron nuestras
filas, y se realizaron entonces el galope, la algazara y los
ceremoniosos saludos de costumbre. Me llamó especialmente la atención el
porte audaz y honesto de los jóvenes de esa partida, que, vestidos con
ponchos de vivos colores, calzones de lienzo limpio y sacos de franela
blanca, tenían un aspecto muy civilizado. No eran más que 27 en total, y
entre ellos descollaban cuatro hermanos, particularmente guapos,
robustos, de tez colorada, que a la distancia, como no podía
distinguirse el color de sus ojos, parecían casi europeos; observación
que hecha a El Zurdo [2], que era mi brazo derecho durante la función,
tuvo esta respuesta en voz baja: ‘Muy diablos estos indios; tal vez haya
pelea’. Que se le ocurriera al hombre esa idea cuando el número de los
nuestros (los tehuelches) era, por lo menos, el décuplo del de ellos, es
algo que habla elocuentemente a favor de la reputación de bravura de los
araucanos. Sin embargo, todo pasó tranquilamente, y se resolvió que al
otro día habría consejo”.
Estos sucesos tuvieron lugar en inmediaciones del actual emplazamiento
del aeropuerto de Esquel. Alrededor de la estación aérea, hoy todo es de
la compañía de los Benetton.
Atilio Curiñanco creció en esos campos, que durante mucho tiempo fueron
escenario del intercambio entre pu mapuche y tehuelches. Luego soñó con
trabajarlos, porque siempre estuvieron vacíos de propiedades privadas.
Pero la corporación trasnacional consideró la presencia mapuche una
amenaza e inició una causa por usurpación. Por irónica que resulte, es
una circunstancia habitual en las provincias de Río Negro, Chubut y
Neuquén. Son los últimos en llegar quienes acostumbran a demandar por
usurpadores a los mapuche, integrantes de un pueblo originario, es
decir, anterior a la existencia tanto de la Argentina como de Chile. O
sea, preexistente.
Rápida para esos
mandados, la Justicia de Chubut ordenó el desalojo, que se había
perpetrado 15 días antes de la movilización que la lluvia castigaba, a
través de 12 efectivos que contaron con el apoyo de perros y gente de
civil. Los uniformados aprovecharon que los hombres de la familia
trabajaban en el campo para cumplir la diligencia. No sólo consumaron la
disposición del juez, además derribaron la vivienda que los Curiñanco
Nahuelquir habían levantado, destrozaron los sembradíos que habían
alcanzado a trabajar y dispersaron las aves de corral. Era un auténtico
drama. Rosa Nahuelquir había trabajado toda su vida como obrera textil
en Esquel. Cuando la fábrica cerró –como tantas otras durante los 90-
gastó hasta el último centavo de la magra indemnización en los
implementos que necesitaría su familia para desarrollar el
microemprendimiento con el que soñaba. Prácticamente en un abrir y
cerrar de ojos, esos planes se redujeron a añicos porque eran muchos los
interesados en que ese ejemplo no se propagara. Mapuches escapándose de
la pobreza de las ciudades y recuperando tierras en el campo... Desde
los punteros políticos hasta los funcionarios y los directivos de la
Sociedad Rural comprendieron que sus respectivos negocios peligraban si
la decisión que habían adoptado Atilio y Rosa alcanzaba el éxito. Por
eso y rápidamente, se consumó el desalojo. Derrotados pero no vencidos,
los Curiñanco Nahuelquir se acercaron a la Organización Mapuche
Tehuelche “11 de Octubre”. Desde ese momento, el problema dejó de ser un
asunto entre particulares para convertirse en un conflicto que involucra
a todo el pueblo mapuche por un lado y al Estado opresor por el otro.
A raíz del despojo que sufrió junto a su familia, Rosa se tuvo que
reencontrar a pasos acelerados con su identidad, a la que hasta entonces
había soslayado. Lleva un apellido que tiene mucha importancia para los
mapuche que como consecuencia de la relocalización forzosa, habitan en
el territorio que quedó bajo la jurisdicción provincial de Chubut. La
historia de Cushamen y la de los Nawelkir es prácticamente la misma.
Entre los mayores que viven en esa zona, se considera a Miguel Ñancuche
Nahuelquir como “cacique fundador” de la Colonia Cushamen [3], el sitio
que cobijó a una veintena de familias mapuche cuando la derrota a manos
de los ejércitos argentino y chileno, ya se había consumado.
Según los relatos de los abuelos, Ñancuche Nahuelquir era “manzanero de
la cordillera”, es decir, “araucano” en aquella terminología del siglo
XIX, que también se utilizó durante buena parte del XX. Pewenche quizá,
oriundo de la Manzana Mapu, de la zona de Junín de los Andes o de “allá
por el norte”. Esa es la “tierra de los antiguos” para la mayoría de la
gente de Cushamen. Pero también decían los futrakecheyen que el chao
(padre) de Miguel, Fernando Nahuelquir, era de Trankura Mapu, cerca del
volcán Villarrica. En rigor, no hay contradicción entre esos
testimonios. El espacio territorial de los mapuche pewenche no se
dividía por la cordillera, como quieren los discursos que construyeron
las respectivas naciones, en Chile y la Argentina. Tanto Trankura como
la Manzana Mapu y la zona donde se erigió el fuerte de Junín de los
Andes, formaban parte del espacio territorial pewenche que años antes de
la Campaña al Desierto, tenía como principales referentes a Sayweke,
Rewkekura y Purran, de sur a norte. También cobró relevancia a la hora
de la postrer resistencia Juan Ñancucheo, auténtica pesadilla para las
tropas que operaron sobre la cordillera a partir de 1880. No hay acuerdo
entre los investigadores, a la hora de vincular en forma sanguínea a
este lonko con Miguel Ñancuche Nahuelquir pero Delrío insinúa que por lo
menos, hay que pensar en un parentesco ritual.
Los momentos que siguieron a las rendiciones no fueron fáciles. Las 24
familias que reconocieron como autoridad al “cacique fundador”
afrontaron una peregrinación plena de sufrimientos. Desde Chichinales
(Río Negro), se dirigieron a Comallo, donde permanecieron por espacio de
una década. Más tarde, después de una entrevista con el mismísimo Roca
durante su segunda gestión presidencial, se les asignó como domicilio
Cushamen.
En la memoria de la mayoría de las comunidades mapuche que en la
actualidad habitan en las provincias de Río Negro, Chubut e inclusive en
algunas de Neuquén, están frescas las vicisitudes que tuvieron que
afrontar luego del “gran malón blanco”. Fueron años de idas y venidas,
de gran incertidumbre y de una pobreza tan inédita como desesperante.
Sobre fines del siglo XIX, la prioridad de los estados usurpadores
consistió en entregar los territorios recientemente anexados a las
oligarquías locales y a los capitales extranjeros. En ese marco, las
mejores tierras, las de pasturas abundantes y próximas a cursos de agua,
se fueron enajenando. Las nuevas agrupaciones mapuche se situaban en
determinado paraje para inmediatamente, sufrir otro desplazamiento. Es
llamativa la coincidencia que se registra a comienzos del siglo XXI,
cuando el Estado argentino también se preocupa sobre todo por brindarle
“seguridad jurídica” a corporaciones como Benetton, cuando los mayores
de Rosa Nahuelquir viven en Cushamen hace por lo menos un siglo.
Sin embargo, no hay que suponer que esos parajes fueran extraños para
las parcialidades mapuche hasta la llegada de los Nawelkir y demás
familias. La misma columna que hacia febrero de 1870 se conformaba con
la gente de Kintuwal y los tehuelches de Casimiro, se aprestaba a
encontrarse con las comunidades que tenían como lonko a Foyel, en su
marcha hacia el norte. Como sabemos, con ellos viajaba el inglés
Musters: “El 18 de febrero se vio humo al norte, no muy lejos, y al caer
la tarde llegó un chasque trayendo consigo un par de botellas de
aguardiente para Quintuhual, así como la noticia de que las cosas
marchaban bien en el campamento de Foyel”. Tres días más tarde, los
viajeros resolvieron “mandar mensajeros desde ese lugar, al que se
denominó Cushamon, para prevenir de nuestra aproximación a Foyel y
también a Cheoeque, el cacique de Las Manzanas”. En su reconstrucción de
tan dilatado itinerario, el geógrafo Rey Balmaceda situó a ese punto de
la travesía “en la Colonia Cushamen, departamento del Chubut, a orillas
del arroyo Cushamen”. Puede aventurarse entonces, que Ñancuche
Nahuelquir no sólo eligió Cushamen para instalarse allí porque había
buenos pastos y abundante caza. La gente de Kintuwal se dirigía a la
Manzana Mapu para formar parte del trawün que deliberaría en la ruka de
Sayweke. Es posible pensar que entre las 24 familias que llegaron a
poblar Cushamen, existiera un conocimiento previo sobre las condiciones
favorables del lugar.
Cabe recordar que ya 30 años antes de la instalación en el paraje, los
tehuelches le habían dicho a Musters que del Tecka para arriba,
comenzaba “el país de los araucanos”. Es más, se desarrolló en ese sitio
una ceremonia que el inglés, presa de su eurocentrismo, no supo valorar.
“A la mañana siguiente, una vez que se hubo leído y explicado la carta a
los caciques reunidos, los dos mensajeros, que eran hijos de caciques,
se presentaron con dos caballos cada uno; y después que se les hubo dado
algunas órdenes verbales, emprendieron su viaje entre los aullidos de
unas cuantas viejas y un toque de corneta. El resto de la partida, que
había montado para que el acto fuera más pomposo y ceremonioso, salió a
cazar”. Obviamente, para el marino el hecho más destacable fue la misiva
que él había escrito por solicitud de Casimiro. Pueden evocarse no
obstante, los tayül (cantos sagrados) que entonaron las kuze para
convocar a los newen de los respectivos werken, que se aprestaban a
cumplir una misión de importancia. De ahí el respaldo de los resto de
sus peñi, que no montaron por cuestiones de pompa, sino para alentar a
los jinetes que partían hacia la ruka de Foyel. Sí, Cushamen ya era
territorio mapuche cuando nada hacía prever el desastre que se
desencadenaría apenas una década más tarde. Pero claro, para gente como
Benetton “los vasallos no son humanos, no son personas, no están
siquiera allí en realidad”.
En octubre de 2002 llovía en Leleque, la tormenta no daba tregua. Pero
estaba el lonko Agustín Sánchez. Estaba la pillankuze Carmen Calfupan
también. Éramos unos 70. De Vuelta del Río, de Füta Huao, de Leleque, de
El Bolsón, Esquel y Bariloche. El frío y la humedad de la noche se
soportaron en los fogones, entre charlas interminables, toques de
kultrün y quejidos de ñorkin. La noche también fue aliada, como en
tantas ocasiones antaño, cuando la oscuridad ocultaba la polvareda que
levantaba el galope de los weichafe o bien, las despaciosas marchas
después de la derrota. No paró de llover en ningún momento y algunas de
las carpas quedaron entrampadas en charcos. Pero estábamos ahí para
“escrachar” a los verdaderos usurpadores, para juntarnos y ayudarnos,
para seguir construyendo la sociedad más justa que sueñan hace tiempo
mapuche y también algunos no mapuches.
A la mañana tuvo lugar un pequeño conciliábulo. El cansancio no jugaba a
favor, la ropa mojada y el viento provocaban comprensible mal humor. La
idea original era “mudarnos” 10 kilómetros más al sur, donde se sitúa el
campo en conflicto. Pero tanta adversidad climática sembró dudas y se
propuso hacer el ngellipün ahí mismo, para no pedir más sacrificios,
sobre todo a los mayores. Varios hicieron uso de la palabra sin que se
alcanzara el acuerdo hasta que Segunda Huenchunao, de Vuelta del Río,
zanjó el asunto. La lamgen no es precisamente una piba pero dijo que
estábamos ahí para lograr la restitución del campo usurpado y que había
que hacer la ceremonia allá, en el lugar de los Curiñanco. No hubo voces
en desacuerdo y entonces, nos desplazamos los 70 en varios viajes de los
pocos autos que había.
Cuando llegamos a Santa Rosa, los policías que custodiaban el lugar se
mostraron inquietos. José –hijo de Atilio y Rosa- los saludó con un
multicultural “fuck you”. Nótese cuanto celo. No sólo el Poder Judicial
había ordenado un desalojo a todas luces injusto y con celeridad
desusada, además había dispuesto que el predio quedara bajo la
vigilancia de servidores públicos. Desde entonces, la Policía de Chubut
funciona como guardia privada de la Compañía de Tierras del Sud
Argentino. De hecho, la estación de servicio que por entonces funcionaba
del otro lado de la ruta, fue adquirida por los Benetton para emplazar
allí una comisaría. En la soledad de esos parajes, la dependencia no
puede tener otra función que cuidar los intereses de la trasnacional,
que asfixia con sus alambrados a varias comunidades mapuche.
A la vera de la cinta asfáltica quisimos levantar otra ramada y
encendimos el fuego. Los caños que teníamos para usar de postes estaban
helados y su manipulación se tornaba una tortura. Las manos enrojecidas
respondían a duras penas pero Enrique Ranquehue hizo las veces de
capataz y en relativamente poco tiempo, terminamos de erigir el nuevo
refugio. Esperamos a que llegara la pillankuze Carmen. Casi centenaria,
la abuela y otros mayores habían pasado la noche en la ruka de un peñi
que vivía más lejos. La mítica ruta 40 se cortaría en dos puntos para
permitir el desarrollo correcto y seguro de la ceremonia. A los viajeros
se les explicaría que el corte se hacía porque la Policía no nos
permitía hacer el ngellipün en el campo que habían recuperado nuestros
hermanos.
Como quien no quiere la cosa, los encargados de los piquetes fueron
caminando despacito hacia cada extremo bajo la mirada desconcertada de
los uniformados. Además de efectivos chubutenses, había gendarmes ya.
Cuando frente a la ramada el rewe quedó levantado, se efectivizaron los
cortes. La escena era conmovedora. Ante nosotros se desplegaba en toda
su inmensidad la meseta de la Patagonia, territorio mapuche que primero
pisoteó la Argentina para luego, entregar generosas leguas a una
compañía inglesa. Ya había clareado y desde la banquina que ocupábamos,
observaba el gris plomizo de las nubes con una mezcla de recogimiento y
enojo. Mirábamos hacia el este, entre los sauces y los álamos se
alcanzaban a distinguir los techos rojos de la estancia. El viento hacía
doler los oídos. Era evidente que los ancestros estaban allí, entre
nosotros, cuando el lonko y la pillankuze dieron comienzo a la
ceremonia, al “dar y recibir” que define al ngillanmawün, la manera
mapuche de entender la espiritualidad. También en esa dimensión es la
reciprocidad el principio que regula las relaciones entre los mapuche y
los diversos newen.
Era tan obvio que éramos parte de ese rincón del Wallmapu, tan intenso
el fundamento de esa insólita presencia, que nadie osó molestarnos.
Nosotros, un minúsculo grupo que se perdía en la amplitud exagerada de
esos campos, nos pusimos de nuevo a disposición de las otras fuerzas de
la naturaleza para recobrar el equilibrio que día tras días, el winka se
esfuerza en alterar. No, no siempre se pide por agua en las rogativas o
en los kamaruko, como supuso tanto estudioso miope. En la ceremonia que
los puelche llaman ngellipün, nadie le ruega nada al Ngenechen [5] que
en forma tan presta, idearon los primeros sacerdotes que anduvieron por
aquí. Estábamos en Leleque para sostener la relación de compromiso que
existe entre los che y los newen del universo al que pertenecemos.
Volvíamos a asumir la función particular que nos toca cumplir como una
de las fuerzas del Wallmapu. No podíamos dejar una tarea tan importante
en manos de gente como Benetton.
Sólo los insensibles podían no emocionarse ante la tarea de Carmen,
diminuta, de paso vacilante en el barro y de mirada llorosa, como tantos
ancianos del campo. La pillankuze condujo la ceremonia con voz dulce y
firme, resaltó los aspectos centrales, puso en segundo plano las
formalidades no tan importantes y nos guió a todos, sin que la lluvia la
molestara demasiado. Mientras las kalfümalen distribuían el muday
o la yerba, yo miraba de reojo hacia los piquetes. En el que cortaba la
ruta para los vehículos que venían desde Esquel, un conductor de los que
nunca faltan amagó a sobrepasar el ramerío por la derecha pero los
propios gendarmes se encargaron de contenerlo. Además, había llegado la
televisión para registrar algunas imágenes. Parte de esas tomas al año
siguiente recorrerían parte de Europa, inclusive Treviso. Pero por
entonces, los reporteros del canal esquelino pensaban que simplemente
estaban cubriendo la noticia del día.
Cuando el ngellipün terminó volvimos a la ramada y los peñi de los
piquetes levantaron el corte, que después de todo sólo se había
prolongado por un par de horas. Para nuestra sorpresa, cuando los
vehículos que se habían demorada pasaron frente al grupo, sus ocupantes
saludaron con bocinazos, manos en alto y gestos sonrientes. No todos,
claro. Respondimos con los correspondientes marichiwew y otros afafan.
Con agua hasta en el alma, como todos, Millán comenzó a sugerir la
preparación del almuerzo.
Nos apiñábamos debajo del precario refugio y compartíamos algunos mates
cuando se apersonaron unos uniformados de color verde. Uno de ellos
preguntó quién estaba a cargo o quién era el responsable. Antes que
nadie ensayara cualquier respuesta más o menos ambigua para ganar
tiempo, el lonko Agustín respondió con prontitud y autoridad: “Yo soy el
responsable”. Fue su única expresión en winkazugun. Al resto de las
inquietudes las contestó en mapuzugun ante el desconcierto de su
interlocutor. Pocas veces quedó simbolizada con tanta contundencia la
diferencia entre una cultura que se mueve en torno al interés y la
coerción y otra que está preocupada por la vigencia de otros valores.
Salvo Atilio, Rosa y sus hijos, ninguno de los que estábamos ahí
perdíamos o ganábamos nada desde la perspectiva material, quedara Santa
Rosa en poder de Benetton o fuera restituido el predio. No creo que el
gendarme pudiera captar el contraste, pero evidentemente algo percibió
en la mirada de ese viejo que lo increpaba, la fuerza de su palabra
alguna fibra tocó porque sin mayores trámites, optó por retirarse y
llevarse consigo a su destacamento. Ni siquiera hubo causas judiciales
por ese primer corte.
Esa escena se repetiría dos años más tarde, con ribetes casi
surrealistas, a unos 1.800 kilómetros de Leleque. A través de las
gestiones de un puñado de diputados que se había sensibilizado ante el
avance de las compañías mineras en territorio mapuche, la “11 de
Octubre” obtuvo un espacio en el Congreso de la Nación para poner de
relieve la situación de conflicto que se vivía en varias comunidades. De
la delegación formaron parte Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir, entre
otros. El lonko Agustín Sánchez también viajó.
Durante las primeras horas de ese día (15 de julio de 2004), el grupo de
mapuche que se había trasladado a Buenos Aires para contar en la gran
ciudad qué era de su suerte, quiso comenzar las actividades de la misma
manera que en sus territorios ancestrales. No sin esfuerzo, levantaron
el rewe en una apretada superficie de tierra que pudieron encontrar en
la Plaza de los Dos Congresos, uno de los centros neurálgicos de la
ciudad. Cuando advirtieron los preparativos, varios efectivos de la
Policía Federal se aproximaron para repetir, palabras más palabras
menos, aquella requisitoria del gendarme con destino en Chubut. En este
caso, preguntaron los de azul si los mapuche tenían autorización... Tomó
de nuevo la palabra el lonko de Füta Huao, ese hombre de talla más bien
pequeña y vozarrón estridente. Se expresó en el idioma de sus mayores,
en el mapuzugun que quizás ese cemento jamás había percibido. ¿Sabría el
federal que dentro de la Argentina había gente que se comunicaba en
lenguas distintas al castellano? El uniformado vio que ese viejo, de
nuevo contagiaba determinación y que los suyos, no tenían la apariencia
de los vacilantes. Se alejó y entonces, frente al Congreso, el pequeño
contingente llevó a cabo su ngellipün. El tráfico vehicular ya era
intenso en el centro porteño...
Por la tarde, en la voz del werken, el pueblo mapuche le recordó sus
culpas históricas al Poder Legislativo de la República Argentina: Fue el
Congreso como brazo legislativo del Estado quien el 4 de octubre de 1878
autorizó al Poder Ejecutivo, es decir al general Roca, a establecer “la
línea de fronteras sobre la margen izquierda de los ríos Negro y
Neuquén, previo sometimiento o desalojo de los indios bárbaros de la
pampa”. Eran nuestros mayores aquellos bárbaros, nuestros ancestros
mapuche, quienes estaban por sufrir en carne propia la mal llamada
Conquista del Desierto.
La misma terminología que utilizó el entonces ministro de Guerra para
convencer a los legisladores, deja en claro la magnitud de la usurpación
que sufrió y sufre aún nuestro pueblo mapuche. En el anteúltimo de los
párrafos de su discurso sostenía que creía "justo y conveniente destinar
oportunamente a los primitivos poseedores del suelo, una parte de los
territorios que quedarán dentro de la nueva línea de ocupación". El
propio Roca, homenajeado por tantas estatuas, admitía en su mensaje que
la Argentina se preparaba a conquistar un territorio que no le
pertenecía, que tenía "primitivos poseedores". El futuro presidente de
los argentinos le pedía a su Poder Legislativo que le otorgara las
partidas presupuestarias necesarias para cumplir con la Ley 215, que ya
había ordenado correr la frontera hasta el río Negro, en 1867. La idea
no era nueva: cuando surgió este pensamiento, en el siglo pasado (por el
XVIII), el desierto empezaba en el Fortín Areco, Mercedes y el Salado.
Una vez más el invasor ponía en evidencia la dimensión del crimen que se
aprestaba a cometer. Si la Argentina había heredado las fronteras y
posesiones del antiguo virreinato del Río de la Plata, éstas debían
permanecer a unos 200 kilómetros de Buenos Aires. Pero en agosto de 1878
confesaba Roca ante los miembros del Congreso, que "la población
civilizada se extiende por millares de leguas más allá de la línea de
frontera que nos legó el virreinato, y la riqueza pública y privada que
la Nación se halla en el deber de garantir, se ha centuplicado".
Fue el Congreso el que aprobó por ley y en forma consciente la
usurpación de nuestro Wallmapu. En teoría, imperaba el estado de derecho
en la Argentina que nos invadió, sin embargo sólo un diputado alzó su
voz para señalar que se estaba violando la Constitución de 1853, la que
ordenaba "conservar el trato pacífico con los indios". Esa cláusula
constitucional -que desapareció después de la reforma de 1994- hacía
expresa referencia a los tratados que nuestros lonko (autoridad
ancestral mapuche) habían firmado con autoridades nacionales y
provinciales de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la
Confederación o la República, sucesivamente.
Al internarse las tropas del general Roca en nuestro territorio, varios
de esos tratados estaban en vigencia, en particular los que habían
firmado nuestros lonko Sayweke, Purrán, Pincén, Mariano Rosas y
Baigorrita, entre otros. Sin embargo, a los que invadían en nombre de su
civilización no les importó respetar los acuerdos que habían celebrado
pocos meses atrás, los que establecían claramente por dónde pasaban las
fronteras. El Poder Legislativo de la República no reparó en esos
detalles, pero de los 20 artículos de fondo con que contó finalmente la
Ley 947 -la que Roca quería- 15 se destinaron a establecer cómo se
repartirían las tierras que las columnas del Ejército nos arrebataron.
No está de más recordar que el propio ministro de Guerra se quedó con
15.000 hectáreas de la mejor calidad, en cercanías de Guaminí. Sin
embargo, el Poder Legislativo no consideró necesario reaccionar cuando
las columnas del Ejército cruzaron el río Neuquén para subyugar el
territorio mapuche pewenche. No aceptamos la explicación de la “historia
oficial” que excusa el atropello a partir de la insubordinación de un
subalterno: Napoleón Uriburu.
Roca convalidó su violación a la ley y la hizo propia, ante la ausencia
moral de diputados y senadores, cómplices con su silencio de la
usurpación que también sufrieron nuestros mayores al sur de los ríos
Neuquén, Negro y Limay. Es más, ya en la presidencia de la Nación, el
perpetrador de la guerra que nos trajo el winka dispuso nuevas
expediciones al Nahuel Huapi, a la cordillera de los Andes y al interior
del actual territorio patagónico. Buscaba que ninguna de nuestras
comunidades pudiera permanecer en libertad, que el sometimiento fuera
total, que el genocidio se consumara. Para concretar los postreros
ataques contra nuestro pueblo dejó la hipocresía de lado y ni siquiera
se preocupó por guardar las formas: el Congreso se encontró frente a
hechos consumados que no había previsto en leyes y debates. A nadie le
importó demasiado que la Argentina cargara en su conciencia con crímenes
que hoy serían considerados de lesa humanidad: fusilamientos sumarios,
deportaciones masivas, desmembramiento de familias, prisión en
condiciones infrahumanas, esclavitud y otros regalos notables que
recibimos de la civilización. Sólo un pequeño sector de la prensa
demostró cierta vergüenza ante el atropello, pero sus páginas fueron
rápidamente olvidadas por quienes decidían qué sucesos de la historia
debían relatarse y cuáles no [5].
Dijo muchas otras cosas el werken esa tarde, ante poco más de 200
personas, entre ellas, sólo cinco diputados. Explicó que el mapuzugun
comunica a los mapuche cada verdad de su entorno, que transmite un
mensaje profundo, filosófico, ideológico y espiritual. Que ese mismo
lenguaje jamás acuñó una representación para el concepto de propiedad
privada, “un blanqueo del dominador para justificar el despojo, la
destrucción, la violencia y la muerte” [6]. Proclamó también que “hoy
como ayer este Congreso sanciona leyes que tienen como objetivo allanar
el camino de la destrucción, de la depredación y de la rapiña. Empresas
mineras, multinacionales, forestales, grupos empresariales nacionales e
internacionales como Benetton, se ven beneficiadas por el derroche
filantrópico de este Congreso a estos sectores”.
Varias aseveraciones más precisó Millán al dar a conocer ese manifiesto,
al que los hermanitos trevisanos tuvieron que soportar que se leyera
inclusive en su patria chica. Horas antes, se había proyectado en la
sala un documental que se detiene en varias de las alternativas del
“conflicto con Benetton”. Sobre todo, en el segundo escrache, que tuvo
lugar en febrero de 2003. En esa ocasión no llovió y gracias el verano,
participó más gente. Pero también hubo más uniformados, algunos de ellos
munidos de cámaras fotográficas. Después de esa movilización, la
Justicia sí determinó algunas indagatorias. Ese trabajo se denomina
“Marichiwew” y se mostró en varias oportunidades, luego de aquella
primera proyección en la esquina porteña de Rivadavia y Riobamba. La
cámara solidaria registró los instantes finales de aquel ngellipün,
cuando el werken hacía referencia a un ancestro. “Un antepasado mapuche,
un orientador de la resistencia, presagió frente a la muerte, el saqueo
y la invasión que se venían, que por cada uno de nosotros que cayera,
diez se levantarían. ¡Marichiwew!, decía ese peñi ¡Diez veces estamos
vivos los mapuche!, era lo que decía... ¡Marichiwew!”.
Ese es el grito que acompaña cada ceremonia y cada movilización mapuche,
desde hace 450 años. Ese antepasado, ese toki u “orientador de la
resistencia”, era Leftraru o Lautraru. En winkazugun, Lautaro. El toki
Leftraru, pesadilla de los españoles.
NOTAS
[1] George Charles Musters, “Vida entre los patagones. Un año de
excursiones por tierras no frecuentadas desde el estrecho de Magallanes
hasta el río Negro”. Ediciones Solar. Buenos Aires. 1964.
[2] Un tehuelche a quien así llamaban en Santa Cruz.
[3] Walter Mario Delrio. “Memorias de expropiación. Sometimiento e
incorporación indígena en la Patagonia (1872-1943)”. Universidad
Nacional de Quilmes. 2005.
[4] Según pudieron establecer mapuche que realizan investigaciones
lingüísticas sobre su propio idioma, el término Ngenechen es de
formulación relativamente reciente. Es un vocablo mapuche que significa
“dueño de la gente” o que “domina a la gente”. Los cristianos asimilan
ese concepto a su noción de Dios. Sin embargo, en las ceremonias
tradicionales de la espiritualidad mapuche jamás se invoca a Ngenechen
salvo que la comunidad en cuestión evidencie una clara influencia
católica o evangélica. Los mapuche de la actualidad sospechan que el
término se acuñó a instancias de los misioneros de los siglos XVI y XVII
ya que en la espiritualidad mapuche no existe la figura de alguien que
“domine a la gente”. Algo similar sucede con Futa Chao o Gran Padre,
otra noción que si se expresa así, es extraña a la cosmovisión mapuche.
[5] Proclama Mapuche–Tehuelche del 15 de julio de 2004 en Puelmapu
(territorio mapuche), Chubut-Argentina.
[6] Ídem.
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