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Un revolucionario para el
Siglo XXI
por MARIO AMOROS *
El
26 de junio se conmemora el centenario del nacimiento de Salvador Allende,
una de las grandes personalidades políticas del siglo XX. De Allende
perdura el recuerdo imborrable de su inmolación en el Palacio de La
Moneda, del sacrificio de su vida como prueba definitiva de su lealtad al
pueblo, que le confío la Presidencia de la República en 1970. Sin embargo,
su memoria se ha quedado atrapada en la tragedia del 11 de septiembre de
1973: su prolongada trayectoria política anterior a 1970, su defensa de un
socialismo democrático y revolucionario o su solidaridad con las luchas
del Tercer Mundo (Vietnam y Cuba, principalmente) han caído en el olvido;
ni siquiera las grandes conquistas de sus mil días de gobierno son
comúnmente reconocidas. Y, sin embargo, junto con el 11 de septiembre,
conforman su legado político.
Allende nació en Valparaíso siete meses después de la masacre obrera de la
escuela Santa María de Iquique, en un tiempo histórico en el que la clase
obrera pugnaba por convertirse en un actor relevante de la vida nacional.
Se incorporó a las luchas sociales en su etapa como estudiante de Medicina
en Santiago, cuando se sumó a las movilizaciones contra la dictadura del
general Ibáñez (1927-1931), actividad por la que fue encarcelado y
expulsado temporalmente de la Universidad.
Uno de los hechos determinantes fue su participación en la fundación en
1933 del Partido Socialista, del que pronto se convirtió en uno de sus
principales dirigentes, como secretario regional de Valparaíso en 1935,
subsecretario general en 1938 y secretario general entre enero de 1943 y
julio de 1944. En 1937, con sólo 29 años, fue elegido diputado y después
dirigió en Valparaíso la campaña del radical Pedro Aguirre Cerda, vencedor
como candidato del Frente Popular en las históricas elecciones
presidenciales de 1938, que quebraron una hegemonía oligárquica cuyas
raíces se hundían en la colonia. Como diputado y desde octubre de 1939
hasta 1941 como ministro de Salubridad de Aguirre Cerda, defendió varios
proyectos para mejorar las precarias condiciones de vida de las grandes
mayorías.
En 1945, logró un escaño en el Senado por las provincias australes, hasta
entonces un feudo conservador, y confirmó su prestigio en la política
nacional. En 1948, criticó la persecución del Partido Comunista [1]
impulsada por el gobierno de González Videla y defendió que los principios
socialistas estaban impregnados de un profundo humanismo y entrelazados,
de manera inseparable, con los derechos humanos y las libertades
ciudadanas.
En 1951, cuando la mayor parte del socialismo decidió respaldar la
candidatura presidencial del ex dictador Ibáñez, con un proyecto populista
que podía evocar al peronismo, impulsó su candidatura para las elecciones
presidenciales de 1952 con el apoyo de un sector minoritario de los
socialistas y del Partido Comunista desde la clandestinidad, en una
coalición que se denominó Frente del Pueblo. Aunque apenas obtuvo 51.975
votos, a partir de entonces se convirtió en el adalid de la unidad de la
izquierda, que se concretó con la creación del Frente de Acción Popular en
1956 y la reunificación del socialismo en 1957. En las elecciones de 1958,
en la que venció el derechista Jorge Alessandri, se quedó a apenas 33.000
votos de La Moneda: había nacido el “allendismo”, un movimiento popular
que se formó en torno a sus propuestas de transformación del país y que
rebasaba las fronteras de los partidos Socialista y Comunista.
En 1964, con una gigantesca “campaña del terror” financiada por la CIA y
el apoyo de la derecha, el democratacristiano Eduardo Frei le derrotó,
pero en 1970 la Unidad Popular alcanzó la anhelada victoria y logró
derrotar las maniobras de Washington y de la derecha para impedir su
elección como Presidente por el Congreso Nacional tras su apretado triunfo
del 4 de septiembre. Lo que sucedió después es ampliamente conocido.
En 2008 Salvador Allende regresa. Regresa el joven que fue capaz de asumir
un compromiso temprano con los valores de la democracia y del socialismo y
que consagró toda su vida a hacerlos realidad. Regresa el diputado y el
senador que impulsó numerosas iniciativas para mejorar las condiciones de
vida de las clases populares. Regresa el militante socialista que dedicó
sus energías a unir a la izquierda en torno a un programa político para
transformar la realidad chilena. Regresa el dirigente que nunca abandonó
la crítica al capitalismo y no claudicó en el anhelo de construir el
socialismo.
Regresa el Presidente de la República que
nacionalizó el cobre y erradicó el latifundio, promovió la participación
de los trabajadores en la dirección de la economía nacional, convirtió a
los campesinos en ciudadanos, impulsó el reparto de medio litro de leche
diario a todos los niños, defendió ante las Naciones Unidas un nuevo orden
económico mundial y ante la nación más poderosa del planeta la
determinación de su pueblo a construir el socialismo.
Hoy renace la esperanza en América Latina y las grandes alamedas del
socialismo vuelven a surgir en el horizonte: se trata de la lucha por una
profunda y radical democratización de la sociedad, en todas las esferas,
incluida la económica. En este camino nos acompañará “el metal tranquilo”
de su voz, el ejemplo inolvidable del Compañero Presidente, que nos
convocó a la esperanza aquel negro 11 de septiembre: “Trabajadores de mi
patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este
momento gris y amargo en que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes
sabiendo que mucho más temprano que tarde de nuevo abrirán las grandes
alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”
/ AZ
* Mario Amorós, historiador y
periodista, es autor de Compañero Presidente. Salvador Allende, una vida
por la democracia y el socialismo (Publicaciones de la Universidad de
Valencia. Valencia, 2008. 376 págs.).
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