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Después del conflicto: Otras
entidades, otras demandas |
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Desde marzo, pareció que se
escuchaba “al campo”. Pero por detrás de las cuatro
organizaciones patronales que protagonizaron el lockout hay un
universo de tres millones de personas con otra agenda. Es el
campo indígena y campesino, acosado por la miseria y el hambre
de tierra. En la Patagonia, alejados de la problemática
sojera, los mapuches enfrentan un centenar de conflictos
territoriales y las contrapartes son diversas. |
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Por
Dario ARANDA*
I
Miércoles 30 de Julio de 2008 |
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Consejo
Asesor Indígena (CAI). |
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Foto de Archivo |
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BUENOS AIRES
/ En los últimos cuatro meses, donde cuatro entidades
patronales del sector se autoproclamaron “el campo”, dos actores
centrales fueron sistemáticamente omitidos. Se trata de 280 mil familias
numerosas de pueblos originarios y 220 mil familias campesinas, una
población estimada en tres millones de personas. No producen soja ni
suscriben a los agronegocios. Siembran alimentos, crían animales para
autoconsumo y tienen una relación especial con la tierra porque no la
consideran un medio para negocios: se entienden como parte de ella, de
su cultura, su historia y un bien común de las próximas generaciones.
Pueblos indígenas y campesinado fueron pioneros en denunciar la
sojización y el corrimiento de la frontera agropecuaria hace una década,
pero ningún gobierno tomó nota.
En la actualidad advierten el saqueo
y la contaminación minera, ponen el cuerpo a las topadoras, rechazan las
represas que inundan tierras ancestrales, enfrentan a empresarios que
pretenden sus campos y padecen el envenenamiento de los agrotóxicos.
Lejos de la alta rentabilidad de los agronegocios, recorrida por las
organizaciones de base del campo argentino, un sector heterogéneo,
diverso y atomizado, pero con ricas historias de trabajos, resistencias
y luchas.
Raíces de organización
A fines de la década del cuarenta, la
Acción Católica creó en Salta, Mendoza y Buenos Aires un espacio de
jóvenes para evangelizar los ámbitos rurales. Fue el germen de lo que en
1958 sería el Movimiento Rural de la Acción Católica. Conducido por
técnicos y universitarios, tuvo un trabajo netamente asistencialista.
Pero el papado de Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y la Conferencia
de Medellín, donde termina de tomar forma la teología de la liberación,
transformaron al Movimiento Rural en un espacio de promoción y
reivindicaciones. A mediados de los ’60, con presencia en diez
provincias y 300 grupos organizados, la conducción fue asumida por
campesinos. Con la influencia del contexto latinoamericano, cambiaron
los ejes de trabajo: la lucha por la tierra, la explotación del
trabajador rural, las causas de la pobreza y la necesidad de un cambio
profundo.

Santiago del Estero encabeza la lista de
desmonte: 515 mil hectáreas en los últimos cuatro años, según datos de
la Secretaría de Medio Ambiente. Provincia sinónimo de quebrachales,
montes y familias dedicadas a la pequeña producción agropecuaria, fue de
las primeras en conocer, de la mano de la soja, el término técnico
“avance de la frontera agropecuaria”. |
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El Movimiento Rural se hizo fuerte en
Cuyo, el NOA y el NEA. En Chaco, y a raíz de un conflicto con el precio
del algodón, se realizó un gran congreso campesino en Sáenz Peña,
segunda ciudad de importancia y motor agrícola de la región. Era el 14
de noviembre de 1970, cuando nacieron las Ligas Agrarias Chaqueñas, un
novedoso espacio que acción y representación propio de los campesinos. A
pesar de las trabas que imponía la Federación Agraria, que observaba
cómo se gestaban organizaciones que de verdad luchaban por los intereses
campesinos, en los primeros años de esa década se conformaron las Ligas
Agrarias de Corrientes y de Formosa, y se gestó el Movimiento Agrario de
Misiones (MAM).
“En Salta, Jujuy, Tucumán, La Rioja, Catamarca y Mendoza se
desarrollaron los sindicatos de obreros rurales, cooperativas de trabajo
y una intensa lucha por la reforma agraria. Se sucedían asambleas y
movilizaciones con hasta 5000 compañeros campesinos, de sindicatos
rurales y mineros, apoyados por los barrios marginales. Se formaron
dirigentes rurales mediante la educación popular, logrando extender la
organización por toda la región”, explica Rafael Sifré, colaborador del
obispo Enrique Angelelli, referente del Movimiento Rural Católico e
histórico militante campesino. Todo el proceso de organización y luchas
comenzó a ser reprimido con el tercer gobierno de Perón, con
intimidaciones, persecuciones, secuestros y desapariciones, que tuvo su
continuidad con la dictadura militar. Los referentes de las Ligas, el
MAM, cooperativas y sindicatos rurales fueron perseguidos, torturados y
asesinados. Y las organizaciones totalmente desarticuladas.
Nuevas luchas
Santiago del Estero encabeza la lista
de desmonte: 515 mil hectáreas en los últimos cuatro años, según datos
de la Secretaría de Medio Ambiente. Provincia sinónimo de quebrachales,
montes y familias dedicadas a la pequeña producción agropecuaria, fue de
las primeras en conocer, de la mano de la soja, el término técnico
“avance de la frontera agropecuaria”. Los campos comenzaron a ser
reclamados, con escrituras de dudosa procedencia, por empresarios y el
nuevo modelo de “desarrollo” comenzó a desalojar, a fuerza de topadoras
y armas, a habitantes ancestrales. Al mismo tiempo, comenzó la
organización: iglesias, ONG y comunidades de base, que ya articulaban
espacios, oficializaron el 4 de agosto de 1990 el nacimiento formal del
Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase).
“El Mocase nace de raíces cristianas, anarquistas, indígenas y criollas.
Recoge sentimientos, la historia y memoria que queda latente en el
corazón de los campesinos, la dignidad, sentimiento de libertad, de la
necesidad de vincularse con otros y de no permitir que unos dominen a
otros. También estuvieron presentes rastros guardados en viejos y viejas
del monte, el mestizaje, pueblos de mucha lucha y resistencia”, explica
Angel Strapazzón, uno de los históricos referentes. La creación del
Mocase fue un quiebre en la situación rural santiagueña. Diez mil
familias organizadas comenzaron a frenar topadoras, enfrentar guardias
privados y se transformaron en un actor social que desafió a los
empresarios, al poder judicial y político. Y se erigieron como una
referencia para organizaciones de otras provincias. En 2001 sufrió una
división, originada por diferencias en cómo se tomaban las decisiones.
Un sector –ligado al Programa Social Agropecuario (PSA)– eligió
presidente, secretario y una estructura vertical. Permaneció en alianza
con el PSA y formó parte de la Federación Agraria. La central de Juríes
estuvo luego cercana a la intervención provincial y formó parte de la
Federación Tierra y Vivienda (FTV), de Luis D’Elía. En la actualidad,
forma parte del Frente Nacional Campesino (FNC).
El otro sector optó por la horizontalidad y decisiones asamblearias.
Tiempo después se incorporó a la Coordinadora Latinoamericana de
Organizaciones del Campo (CLOC) y la Vía Campesina, espacio
internacional que nuclea a campesinos e indígenas de 56 países. El
Mocase-Vía Campesina está conformado por seis centrales y 9000 familias.
Luego de la votación en el Congreso, fueron llanos: “Las familias de
campo sufren cada día más intentos de desalojos, detenciones y
criminalización. Con o sin retenciones, la represión seguirá, las
fumigaciones que nos envenenan estarán a la orden del día y seguiremos
en la lucha, porque no hay ninguna intención de desarmar el modelo de
agronegocios, ni distribución de tierras ni cuestionamientos al actual
uso de la tierra. La discusión es entre empresarios del campo y
politiqueros de doble discurso”.
Estancieros, petroleras y mineras
La Patagonia continúa siendo espacio
de organización y resistencia del pueblo Mapuche-Tehuelche. Alejados de
la problemática sojera, enfrentan un centenar de conflictos
territoriales y las contrapartes son diversas, el Estado (nacional,
provincial y municipal), estancieros, empresarios turísticos, compañías
de hidrocarburos y mineras. Existe una gran diversidad de organizaciones
y comunidades, y la representatividad de cada actor es muy subjetiva,
pero en cada provincia hay comunidades reconocidas por estar al frente
de los conflictos.

En Río Negro, el Consejo Asesor Indígena
(CAI) reconoce ser un mero espectador de un entredicho donde los pueblos
originarios debieran estar presentes. Chacho Liempe recuerda que gran
cantidad de familias que hoy ocupan pequeñas fracciones de campo en las
mesetas y estepa de Río Negro, Neuquén y Chubut habitaron el sur de
Córdoba, La Pampa y Buenos Aires, “fueron masacradas en las mismas
tierras que hoy son utilizadas para el monocultivo de soja”. |
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En el oeste de Chubut, la
organización Mapuche-Tehuelche 11 de Octubre es referente. Mauro Millán,
vocero de la comunidad, no duda. “Se trata de un conflicto por dinero y
poder, ni siquiera hay una discusión ideológica, todos ellos entienden
la tierra como una mercancía, y pelean por ver quién se queda con la
mayor parte. Las cuatro entidades son totalmente opuestas a nuestra
ideología, con un trasfondo histórico que aún no está saldado, donde
hubo usurpación y desaparición de una gran parte de nuestro pueblo. No
nos olvidamos de ese crimen”, remarca Millán, que también arremete a la
otra parte del entredicho: “El Gobierno no tiene una política real para
cambiar la realidad de los más necesitados, y mucho menos para los
pueblos indígenas”.
En Neuquén, la concentración de tierras se acentúa y genera choques con
comunidades mapuches y campesinos frente a empresarios o grandes
propietarios. Como muestra un estudio de la Mesa Campesina del Norte
Neuquino, se detalla que el diez por ciento de las explotaciones
agropecuarias más grandes de la provincia concentran el 92 por ciento de
las tierras productivas, mientras que el 60 por ciento de los
productores más pequeños representan sólo el 0,6 por ciento de la
superficie provincial.
En Río Negro, el Consejo Asesor Indígena (CAI) reconoce ser un mero
espectador de un entredicho donde los pueblos originarios debieran estar
presentes. Chacho Liempe, del CAI, recuerda que gran cantidad de
familias que hoy ocupan pequeñas fracciones de campo en las mesetas y
estepa de Río Negro, Neuquén y Chubut habitaron el sur de Córdoba, La
Pampa y Buenos Aires, “fueron masacradas en las mismas tierras que hoy
son utilizadas para el monocultivo de soja. El territorio que fue
espacio de la vida de nuestro pueblo es el escenario actual de la rapiña
del ‘campo’”.
Tierra y agua para pocos
Mendoza es bien conocida por sus
vinos y sus atractivos turísticos. No es tan difundida su realidad
indígena y campesina: el 60 por ciento de la población rural está por
debajo de la línea de pobreza, el 22,6 por ciento es indigente y el 66
por ciento de los trabajos son precarios. Todo según el relevamiento
oficial “Condiciones de vida de los hogares rurales”, de la Dirección de
Estudios e Investigaciones Económicas (DEIE). Aunque no se siembra soja,
desde los últimos años también se sumó a las provincias donde
empresarios impulsan desalojos de comunidades con derechos ancestrales.
Con casi 5000 familias con posesión veinteañal, según un relevamiento de
la Unión de Trabajadores Rurales Sin Tierra (UST), existen conflictos en
el norte de la provincia y se multiplican los desalojos en el sur.
“El actual tipo de cambio, el ‘boom de la soja’ y las forestales
desplazaron a la ganadería desde el Litoral y La Pampa hacia esta
provincia. Las empresas, donde también están las mineras, intentan por
todos los medios apropiarse de tierras y agua, comprando, fraguando
títulos, usurpando, y prometiendo un progreso que son mentiras”,
explican los Sin Tierra de Mendoza.
En el informe “Una tierra para todos”, de la Conferencia Episcopal
Argentina de 2006, se remarca que Mendoza es la principal provincia en
concentración de tierras: el diez por ciento de las explotaciones
agropecuarias monopoliza el 96 por ciento de la tierra provincial. A
esto se suma que, según el Censo Nacional Agropecuario de 2002, el 50
por ciento de las propiedades con “derecho a riego” están abandonadas o
improductivas. Sólo el tres por ciento de la tierra mendocina cuenta con
“derecho de riego” –agua en cantidad suficiente para desarrollar la
agricultura–, legislada por una ley provincial de 1884, cuando se
determinó qué zonas tendrían agua: fueron beneficiadas las
pertenecientes a los grandes propietarios de la época. En 124 años, esa
norma, y esa zona de riego, no fueron modificadas. Es considera, por las
organizaciones rurales, la ley de agua más retrógrada del país.

Las llamadas ‘entidades del campo’ sólo
pronuncian los dictados de los agronegocios. Su símbolo actual es la
soja transgénica, que ha devastado bosques, desalojado comunidades,
contaminado suelos y aumentado los precios de los alimentos en el
mercado interno. El avance del modelo sojero, iniciado durante el
menemismo y acentuado en esta década, significa un desierto verde y
contaminado. |
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Pueblos originarios y campesinado
A mediados de los ’90, una veintena
de instituciones comenzaron a articular en la Mesa de Productores
Familiares. Diez años de trabajo conjunto, discusiones, consensos,
divisiones y acuerdos llevaron a la conformación del Movimiento Nacional
Campesino Indígena (MNCI), integrado por quince mil familias de siete
provincias. “Reforma agraria integral y soberanía alimentaria, que es la
posibilidad de que el país tenga su propio proyecto alimentario y no que
las multinacionales impongan qué se debe producir”, explican como
principios del Movimiento, integrantes de la Coordinadora
Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC) y la Vía Campesina.
“Las llamadas ‘entidades del campo’ sólo pronuncian los dictados de los
agronegocios. Su símbolo actual es la soja transgénica, que ha devastado
bosques, desalojado comunidades, contaminado suelos y aumentado los
precios de los alimentos en el mercado interno. El avance del modelo
sojero, iniciado durante el menemismo y acentuado en esta década,
significa un desierto verde y contaminado, sin agricultores y ciudades
saturadas de familias expulsadas de las zonas rurales”, remarcaron desde
el MNCI, y afirman que el principal problema, no debatido en el
Congreso, es el modelo agropecuario.
El 17 de abril último, se conformó el Frente Nacional Campesino (FNC),
conformado por el Mocase-Juríes y los movimientos agrarios de Misiones
(MAM), Formosa (Mocafor) y Jujuy (Mocaju). Apoyaron las retenciones y
fueron recibidos en Casa de Gobierno por Alberto Fernández. También
hablan de reforma agraria y soberanía alimentaria, explicitan su
intención de contar con representantes en la nueva (y aún acéfala)
Subsecretaría de Agricultura Familiar. Enrique Peczak, referente
histórico del MAM, ya fue nombrado presidente del Consejo del Centro de
Investigación para la Pequeña Agricultura Familiar (Cipaf), del INTA.
El 24 de junio, en Rosario, confluyeron el Movimiento Nacional Campesino
Indígena, el Frente Nacional Campesino y otro medio centenar de
organizaciones. Conformaron la Mesa Coordinadora Nacional, un espacio de
articulación amplio y diverso, para luchar por los derechos de los
productores familiares y los pueblos originarios. Cuestionaron a las
cuatro entidades tradicionales, exigieron participación en las políticas
del sector, suspensión inmediata de desalojos y democratización de los
recursos naturales. La flamante Mesa Coordinadora, compleja, aún endeble
y heterogénea, pretende ser un real espacio de articulación de un sector
numeroso, base de la pirámide rural, castigado por las entidades cuatro
entidades tradicionales y olvidado por el Gobierno / AZ
* Gentileza de
www.pagina12.com.ar
* Su autor es colaborador de
Azkintuwe.
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