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“La tierra es nuestra madre, la que
nos provee de alimentos. Si tenemos tierra nada nos faltará. El
territorio es nuestro equilibrio con las demás personas que viven
alrededor nuestro, por lo que es importante estar bien con el entorno”.
Con esas palabras, Dominica Quilapi, presidenta de la organización
mapuche Rayen Domo del Bío-Bío, norte del País Mapuche, grafica lo que
significa la tierra para las mujeres y los hombres mapuche, tierra que
durante los últimos años ha sido foco de conflicto entre este pueblo
ancestral y el Estado de Chile.
En mapudungum —su lengua originaria— mapuche significa “gente de la
tierra”, y la palabra mapu (tierra) es esencial en el contexto cultural
mapuche, ya que está ligada a una dimensión sagrada y al patrimonio de
la comunidad. Por siglos, la comunidad entera era dueña del territorio y
se traspasaba entre los integrantes de la comunidad sin distinguir
género. Con la incorporación del pueblo mapuche al Estado chileno, las
comunidades debieron regirse por los derechos hereditarios de propiedad
sobre la tierra propios del derecho occidental.
“La forma de propiedad que podemos distinguir son, en el caso de la
copropiedad, los derechos hereditarios [que] siguen la estructura del
derecho común por el Código Civil, donde al fallecer el titular de los
derechos, sobre la copropiedad sus herederos reciben la porción que les
corresponde de acuerdo a las normas del derecho sucesorio. La otra
alternativa es en el caso de las tierras comunitarias, [en que] los
derechos hereditarios sobre ésta se sujetarán ‘a la costumbre que cada
etnia tenga en materia de herencia, y en subsidio por la ley común”, de
acuerdo a lo establecido por la Ley Indígena”, explica la socióloga
Ximena Cuadra, del Observatorio Ciudadano.
Territorio y cultura ancestral
Existe poca información sobre lo que ha ocurrido con la tenencia de los
territorios bajo este proceso en donde la tierra es heredada
familiarmente. Lo que sí es posible detectar es la lucha que las
comunidades indígenas han llevado para recuperar sus tierras y
territorio, el rol que las mujeres han tenido en este proceso y el
esfuerzo que ellas hacen para mantener su cultura ancestral. Así, las
mapuche han denunciado que hoy sus tierras y las de sus comunidades
están en peligro por la llegada de transnacionales al mundo rural.
“La tierra en manos de campesinos e indígenas es escasa y pobre, y está
cada vez más amenazada por el avance de las empresas. Los territorios
indígenas siguen siendo invadidos por las grandes empresas forestales,
hidroeléctricas y mineras. No se reconoce el derecho de los pueblos
originarios a sus propios territorios”, señaló la Asociación Nacional de
Mujeres Rurales e Indígenas (ANAMURI) en su diagnóstico de la situación
de las mujeres presentado en su Primer Congreso Nacional realizado el
año 2007.
Las mujeres mapuche trabajan la tierra, defienden su territorio y
resguardan su cultura. Con la occidentalización del enfoque de la tierra
—donde ésta se convierte en propiedad— es posible apreciar que la
tenencia de la tierra en sus comunidades está principalmente en manos de
los hombres, una condición que se reproduce en el mundo rural e indígena
de Chile y de América Latina.
Aunque la mujer indígena vive y trabaja en el campo, el peso de la
cultura la relega al ámbito doméstico, mientras que en el ámbito
productivo las principales decisiones la toma un hombre. “Casi siempre
los roles los definen los hombres, ellos deciden dónde se va a sembrar,
dónde va a quedar la huerta, el corral, en muy pocas ocasiones recogen
la opinión de la mujer”, señala Quilapi.
“Aún en casos aislados en donde encontramos a mujeres propietarias de la
tierra, ellas no tienen legitimidad social sobre el control ni la toma
de decisiones sobre este bien, dado que existe un ideal cultural
dominante masculinizado sobre la forma de cultivar, qué cultivar, cuándo
cultivar y para quiénes. Es decir, estos aspectos se consideran
decisiones que deben tomar los hombres, sean éstos esposos, padres,
convivientes o hijos mayores”, explica la socióloga mapuche Luisa Curin.
A partir de 1993, tras el regreso de los gobiernos democráticos, con la
promulgación de la Ley Indígena se estableció el marco jurídico por el
cual el Estado de Chile creó un programa para la adquisición de tierras
reclamadas por comunidades indígenas, siendo administrado dicho programa
por la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI). Incluso
este programa muestra las inequidades que se dan en el acceso a la
tierra.
“En las entregas de tierras que hace la CONADI, por ejemplo, siempre dan
prioridad a los hombres. Sólo en casos en que la mujer sea viuda o tenga
muchos hijos, y la mayoría de esos hijos sean hombres —sobre todo los
mayores—, allí sí tienen posibilidades”, señala Quilapi.
Tierras en manos de los hombres
Si bien no existen muchos
estudios formales sobre quién posee la propiedad en los territorios
mapuche, el censo nacional agropecuario y forestal del 2007 da una
aproximación sobre la realidad rural nacional, indicando que de un total
de 12.5 millones de hectáreas rurales en el país, 9.5 millones —75.6%—
son tenencia de hombres, mientras que 3 millones —24.4%— son propiedad
de mujeres.
Estos datos pueden ser proporcionales a la realidad mapuche, y los
relatos de las mujeres lo confirman. Durante el último congreso nacional
de ANAMURI, realizado el 2007, dentro del diagnóstico de la situación de
las mujeres, ellas explicitan: “Las mujeres no tenemos acceso a la
tierra, sólo se reconoce a los hombres este derecho. Si queremos usar la
tierra familiar, tenemos que pedirle permiso a los maridos”.
En pueblos pequeños del sur de Chile es posible ver un gran contingente
militar, el que permanentemente vigila y allana a las comunidades. Cada
vez que hombres y mujeres mapuche se manifiestan contra el Estado
chileno, son fuertemente reprimidos, sin discriminar entre mujeres,
niños, niñas y ancianos. La fuerte militarización de sus zonas agobia
permanentemente a las mujeres mapuche. A consecuencia de ello, muchas
mujeres hoy se encuentran solas en sus comunidades debido a que los
hombres están detenidos o procesados por causas poco claras.
Hasta el 2009 había 100 ciudadanos mapuche —incluyendo siete mujeres—
procesados en Chile, de acuerdo con la no gubernamental Comisión Ética
contra la Tortura y las propias organizaciones de esa nación originaria.
De los 43 mapuche que se encuentran encarcelados, a 32 se les aplicó la
Ley Antiterrorista heredada de la dictadura militar (1973-90), y 57
están en libertad condicional.
Uno de los casos públicos en donde mujeres mapuche resistieron a la
represión fue en el territorio del Alto Bío-Bio, zona cordillerana,
donde la empresa española Endesa instalaría la represa hidroeléctrica en
Ralco hace seis años. Por cerca de una década, de 1990 al 2000, las
mujeres mapuche de la zona defendieron su territorio soportando
presiones ilegítimas y violencia para que desocuparan sus terrenos. Las
ñañas (mujeres mayores) Nicolasa y Berta Quiltreman fueron la cara
visible de esta lucha, quienes se negaron a abandonar sus tierras y por
años soportaron estoicamente la violencia a su alrededor, para que
finalmente en el 2004 sus territorios terminaran inundados con la
construcción de la represa.
Estos casos se repiten en las localidades del sur, donde mujeres son
apresadas por defender sus territorios ancestrales. Uno de los capítulos
recientes que grafican esta represión hacia las mujeres la vivió
Patricia Troncoso, prisionera política mapuche, quien el año 2008 estuvo
más de 100 días en huelga de hambre dentro de la cárcel, demandando la
libertad de los presos políticos mapuche y la desmilitarización de las
comunidades mapuche movilizadas.
“En el contexto actual de la lucha y defensa del territorio y de la
tierra las mujeres mapuche participan junto a los hombres en la
construcción de organizaciones mapuche para que de la discusión y
análisis se generen propuestas en torno a sus necesidades, demandas e
intereses personales y comunes relacionados con la tierra y cultura”,
afirma Catrileo.
* Gentileza de Noticias Aliadas.
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