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VIOLENCIA EN DESALOJO DE VUELTA DEL
RIO |
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Una impresión de injusticia |
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Todavía resuena en mis oídos aquellos testimonios de esta gente que
avasallada física y sicológicamente, a veces derramando lágrimas,
otras masticando bronca e impotencia, tuvieron la fuerza necesaria
para contar detallando paso por paso, desde la llegada de la
veintena de policías, sin orden de ningún tipo y acompañados o
guiados por quien viene asediándolos desde hace un tiempo intentando
quedarse con sus tierras. |
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Por
José POPE
I
Martes 17 de Junio de 2008 |
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Familia Fermin, Vuelta del Rio. |
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Foto de Sebastian Hacher. |
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Párrafos |
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Parece increíble, para llegar a esta instancia el sistema
judicial necesitó cinco años, y muy a pesar del tiempo que
debería jugar en contra de la memoria, sucedió todo lo
contrario. Encontrarme con los integrantes de la comunidad
significó retornar a un espacio y un momento en que la
violencia y el dolor parecían conjugarse. |
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Cinco años pasaron. El ámbito cambió, los policías no están de
uniforme, la comunidad debió dejar sus tierras, su trabajo, su
vida para venir a declarar, creyendo en esa justicia que
respetan, como no se los respeta a ellos. Había que
escucharlos: las mismas palabras, el mismo relato, las mismas
lágrimas. Sin estrategias, sin especulaciones, solo con su
verdad. |
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TRELEW
/ El viernes 29 de mayo me tocó estar en Esquel, después de un largo
tiempo, empujado por la obligación moral que imponía ese juicio oral y
público en reclamo de solo una parte de justicia, ya que se ponía en
tela de juicio nada mas ni nada menos que el hecho en sí: la violencia
utilizada por agentes públicos del Estado provincial, policías ellos,
que no vacilaron en derrumbar la vivienda de don Mauricio y su familia,
entre otros destrozos, allá en Vuelta del Río.
Parece increíble, para llegar a esta instancia el sistema judicial
necesitó cinco años, y muy a pesar del tiempo que debería jugar en
contra de la memoria, sucedió todo lo contrario. Encontrarme con los
integrantes de la comunidad, tal vez en un ámbito no muy deseado como es
el edificio de Tribunales de Esquel, significó retornar a un espacio y
un momento en que la violencia y el dolor parecían conjugarse para
generar la impotencia y la resignación de esta gente que, sin embargo,
sostenían como estandarte la fortaleza de su historia y la lucha por sus
derechos.
Allí estaban don Mauricio, doña Cármen, Rogelio, Segunda y el resto de
la comunidad, que como tal se mostraban al igual que hace cinco años, o
como hace diez, cuando los conocí, cuando supe de sus problemáticas,
pero también de sus vivencias, sus alegrías, su trabajo, estableciendo
con el correr del tiempo una relación de respeto y confianza mutua. En
marzo de 2003, año paradigmático de luchas y resistencias, nos
encontrábamos en Esquel y nos enteramos sobre un desalojo en la
comunidad de Vuelta del Río. No lo dudamos, hacia allí nos dirigimos,
eran unos ochenta o noventa kilómetros, pasando Leleque, en un paisaje
donde la montaña y el río cristalino forman parte de sus propias vidas,
arraigadas a estas tierras desde siempre.
Llegar al lugar de los Fermín nos permitió recorrer varias horas a
caballo esa inmensidad, enmarcada por arroyos, senderos y habitantes de
un lugar que desde la bondad y transparencia marcan su pertenencia,
envuelta por una historia que se construye en la transmisión ancestral,
en el valor de la palabra, en la vida misma. Todo parecía ser una sola
cosa: paisaje y gente, trastocada por ese montículo de ladrillos de
adobe que denotaban una violencia sin escrúpulos, completada con el daño
efectuado contra los corrales y las huertas, evidenciando el objetivo
buscado: si todo se destroza, ellos se van.
Ellos: don Mauricio, un hombre de casi ochenta años con muchos problemas
en la vista, doña Cármen, una mujer generosa de sesenta y pico, Rogelio,
un pibe de dieciocho que habla lo justo y necesario, pero clava cada
palabra, cada gesto, cada mirada transmitiendo a la vez una seguridad y
honestidad difícil de encontrar en estos tiempos. Alrededor, acompañando
en la resistencia, siempre la comunidad, porque así viven, así fueron
aprendiendo y así se manifiestan.
Todavía resuena en mis oídos aquellos testimonios de esta gente que
avasallada física y sicológicamente, a veces derramando lágrimas, otras
masticando bronca e impotencia, tuvieron la fuerza necesaria para contar
detallando paso por paso, desde la llegada de la veintena de policías,
sin orden de ningún tipo y acompañados o guiados por quien viene
asediándolos desde hace un tiempo intentando quedarse con sus tierras,
de cómo voltearon la casa utilizando lo propios bueyes de la familia,
atando un extremo de la soga a las columnas y reventando sus paredes
para luego completar la obra bajando lo que quedaba a patadas. Todavía
recuerdan lo que debieron esforzarse para que no se lleven sus pocos
animales, y como corrieron desesperadamente en busca del resto de su
gente, que acudieron cuando pudieron para acompañarse y ayudarse: lo que
le estaba pasando a Fermín, le estaba pasando a todos. Aún se siente
aquel grito: “india de mierda…”, con el que un policía creyó desalentar
a doña Cármen. Se equivocó, se equivocaron, no se dejaron caer, no se
fueron, porque saben que la historia, la vida misma les dan argumentos
más que suficientes para ser los dueños de la tierra.
Cinco años pasaron. El ámbito cambió, los policías no están de uniforme,
la comunidad debió dejar sus tierras, su trabajo, su vida para venir a
declarar, creyendo en esa justicia que respetan, como no se los respeta
a ellos. Había que escucharlos: las mismas palabras, el mismo relato,
las mismas lágrimas. Sin estrategias, sin especulaciones, solo con su
verdad. Fue una larga jornada que terminó ya caída la noche. Ellos
ansiaban volver a su lugar, se sentían ajenos a estos pasillos y estos
procederes, no pueden entender que el sistema judicial necesite cinco
años para dilucidar un hecho que está a la vista, no creen que no les
crean, porque supieron desde siempre del valor de la palabra, esa misma
que transmitieron sus padres, sus abuelos. Sin embargo, quieren creer y
respetan, buscando esa justicia que empecinadamente se les niega.
Quienes representaron en esta oportunidad esa, nuestra justicia,
coincidieron en un fallo absolutorio hacia las personas acusadas,
agentes del Estado, manifestando en la fundamentación que quienes
tuvimos oportunidad de ver aquel panorama, lo hicimos tomando una
impresión, que seguramente ellas también hubieran asimilado de haber
tenido la misma oportunidad, pero reafirman prácticamente todo lo
expresado durante la causa por los policías, resaltando el accionar
prolijo y atento hacia los desalojados, indicando además que de no haber
sido por el aleccionamiento de los integrantes de la comunidad que iban
llegando al lugar, don Mauricio y doña Cármen se hubieran retirado
tranquilamente del lugar. Esto, entre otras consideraciones, como las
que justifican la presencia del señor El Khasen (el supuesto
beneficiario), pero confirmando que éste dio la orden de voltear la
casa, así la gente no se quedaba o volvía al lugar.
Deduzco que también creyeron la coartada policial, sobre las imágenes
que pudimos tomar, de las cuales se “impresionaron” los ciudadanos de
distintos puntos de la provincia y del país, que son las mismas que hoy
me solicitan desde las escuelas, seguramente para “impresionarse” acerca
de cómo se efectúan los desalojos en estos tiempos, tan violentos como
los realizados por el mismísimo Roca en aquellos años, o los que
sistemáticamente se llevan adelante gracias a la impunidad con la que se
goza, reforzada ésta como ha quedado demostrado, por la connivencia
entre el Estado, que con sus políticas no quiso y no quiere amparar a
los dueños de la tierra, y la Justicia, quien finalmente se encarga de
encubrir a los violentos contra los “bárbaros indios” o “los indios de
mierda”, como le espetaron en la cara a doña Cármen, pero que tiene que
ver con el buen trato aludido en la declaración del Tribunal.
Y hago hincapié en esto de lo sistemático como continuidad histórica de
estos desalojos, que persisten. Como bien dice Chele Díaz en su libro
“El desalojo de la tribu Nahuelpan”: “…en 1918, con la llegada a Esquel
de los hermanos Amaya, se inicia la gestión del desalojo, en connivencia
con el poder político y la complicidad de otros ganaderos y
funcionarios. En 1937, se concreta la expulsión de casi 500 personas,
entre las que se contaban mujeres, niños y ancianos…Y la injusticia aún
no ha sido reparada”.
¿Qué diferencia hay entre los Amaya y los El Khazen, entre los
integrantes de la comunidad de Nahuelpan y los de Vuelta del Río?, ¿ No
es el mismo proceder de la fuerza policial que una vez más vuelve a
quedar impune?, ¿no se utilizaban los mismos artilugios leguleyos de
parte de quienes ansiaban obtener esas tierras? En aquellos hechos se
sacaba a las familias de sus casas, con algunas pertenencias, y una vez
afuera, se destruían para que no volvieran. Tal vez, la concientización
de la gente sobre sus derechos y el sentido de comunidad que nosotros no
entendemos ni vivimos, hagan que hoy don Mauricio y su familia hayan
resistido y con ayuda de su propia gente vea levantada nuevamente su
humilde casita de adobe, que sabe albergar a hijos y nietos.
Nuestros representantes en el sistema judicial no creo que puedan
valorar todo esto, porque nunca reparan en la historia, no saben valorar
la palabra, porque en la concepción del mundo capitalista que
representan no existen esos valores. Tienen más valor los papeles de
terratenientes, obtenidos sin tiempos y sin formas o las argumentaciones
hechas con uniforme y armas. Ni siquiera valieron las contradicciones en
las que cayeron los testigos civiles que los propios imputados llevaron
al estrado, donde debieron terminar reconociendo los hechos que
finalmente se juzgaban, y tenían que ver con las formas violentas
ejercidas. Desde estos parámetros jamás podrán entender sobre la
memoria, las vivencias, la esencia de la gente de Vuelta del Río. No
pueden comprender el proceso que lleva a estas consecuencias, y se sigue
alimentando a través de la impunidad.
Fue muy locuaz doña Segunda, bajo aquel sol de marzo de 2003,
resguardada por la gente que ya estaba trabajando en la construcción de
una nueva casita para los Fermín: “si nos van matando de a poco, si nos
quieren matar, porque no nos matan a todos juntos y listo”. Vuelto a mis
pagos, sólo me los imagino en la distancia, construyendo la vida desde
sus luchas cotidianas, integrándose con el paisaje hoy castigado por la
ceniza volcánica, buscando desde la dignidad hacer valer sus derechos.
Me imagino a esos paisanos reconstruyendo su espíritu que acaba de ser
vapuleado y desalojado de la esperanza que una vez mas habían depositado
en la “justicia huinca”, pero no decaerán, resistirán como siempre:
juntos, en comunidad, y sabrán transmitir sus testimonios, que formarán
parte de la historia, a sus nietos… Quien sabe, quizás tenga algo de
razón el Tribunal al fallar en su sentencia: por ahí es un tema de
“impresiones”…esa impresión de una sociedad que es muy diferente a las
juezas…o como lo que queda después del pronunciamiento: una profunda
impresión de injusticia.
Agrego estas letras de Eduardo Galeano, en “Patas Arriba, la escuela del
mundo al revés”: “La justicia y la memoria son lujos exóticos en los
países latinoamericanos. El olvido, dice el poder, es el precio de la
paz, mientras nos impone una paz fundada en la aceptación de la
injusticia como normalidad cotidiana. Nos han acostumbrado al desprecio
de la vida y a la prohibición de recordar. Los medios de comunicación y
los centros de educación no suelen contribuir mucho, que digamos, a la
integración de la realidad y su memoria. Cada hecho está divorciado de
los demás hechos, divorciado de su propio pasado y divorciado del pasado
de los demás. La cultura del consumo, cultura del desvínculo, nos
adiestra para creer que las cosas ocurren porque sí. Incapaz de
reconocer sus orígenes, el tiempo presente proyecta el futuro com su
propia repetición, mañana es otro nombre de hoy: la organización
desigual del mundo, que humilla a la condición humana, pertenece al
orden eterno, y la injusticia es una fatalidad que estamos obligados a
aceptar o aceptar.
¿La historia se repite? ¿O se repite sólo como penitencia de quienes son
incapaces de escucharla? No hay historia muda. Por mucho que la quemen,
por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la historia humana se
niega a callarse la boca. El derecho a recordar no figura entre los
derechos humanos, pero hoy es mas que nunca necesario reivindicarlo y
ponerlo en práctica: no para repetir el pasado, sino para evitar que se
repita… Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia,
sino que invita a hacerla. Más que en los museos, donde la pobre se
aburre, la memoria está en el aire que respiramos, y ella, desde el
aire, nos respira” /
AZ
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