 |
|
FOTO DE AGENCIAS. |
| |
|
|
La Justicia de Santa Fe dictó un
fallo inédito, con posibles impactos en el modelo agropecuario de la
Argentina, al dejar firme una sentencia que prohíbe las fumigaciones con
glifosato en cercanías de zonas urbanas de la ciudad de San Jorge, en el
oeste provincial. La medida fue decidida por la Cámara de Apelaciones en
lo Civil y Comercial (Sala II) de Santa Fe, que dio otro paso inédito:
ordenó que el gobierno de Santa Fe y la Universidad Nacional del Litoral
(UNL) demuestren, en el lapso de seis meses, que los agroquímicos no son
perjudiciales para la salud.
De esta manera, por primera vez, se
invirtió la carga de la prueba: era una regla que los vecinos y
campesinos intoxicados tenían que demostrar las afecciones en la salud,
pero ahora serán los impulsores del modelo de agronegocios quienes
tendrán que demostrar la inocuidad de los químicos. Los jueces también
marcaron jurisprudencia al invocar el principio precautorio: ante la
posibilidad de perjuicio ambiental irremediable, es necesario tomar
medidas protectoras. Los iniciadores de la causa, vecinos que sufrieron
trastornos en la salud por las fumigaciones, ya solicitaron que la
medida se extienda a toda la provincia. El glifosato es pilar
fundamental del monocultivo de soja.
San Jorge es una ciudad de 25 mil habitantes, ubicada a 144 kilómetros
de la capital provincial. Es una zona sojera por excelencia. Durante los
últimos quince años creció al abrigo del monocultivo, la zona urbana se
extendió y también los campos sembrados. El barrio Urquiza está en el
margen del pueblo, es humilde, con viviendas aún sin terminar y fue
durante una década lindero a campos de soja. Desde la casa de Viviana
Peralta se ve el campo, y también los aviones fumigadores. Ella fue una
de las impulsoras de la denuncia inicial, luego de que su hija Ailén, de
sólo dos años, sufriera ahogos, intoxicación y un desmayo después de una
fumigación.
En marzo de 2009, el juez Tristán Martínez –del Juzgado Civil, Comercial
y Laboral Nº 11– hizo lugar a un amparo y ordenó la suspensión inmediata
de las fumigaciones en adyacencias de la zona urbana de la ciudad, hasta
que el Concejo Deliberante y el municipio se hicieran eco de la ley
11.273 (sancionada en 1995) y determinaran qué zonas pueden ser rociadas
con agroquímicos. Los productores, la Municipalidad y el gobierno
provincial, mediante el Ministerio de Producción, apelaron la medida.
Los tres jueces de la Cámara en lo Civil y Comercial de Santa Fe
(Armando Drago, Enrique Müller y María Cristina de Césaris de Dos Santos
Freire) confirmaron el fallo de primera instancia: prohibición total de
fumigar con agroquímicos a menos de 800 metros de viviendas familiares
(si el método utilizado es terrestre) y a 1500 metros (si la aspersión
es mediante avionetas).
El inédito fallo, unánime, fue dictado en diciembre pasado, pero recién
se conoció ahora. “Lo llamado a decidir (la prohibición) se desarrolla
en un contexto difícil en donde juegan controversias científicas,
intereses económicos, presiones y contrapresiones de orden político y
empresario, riesgos reconocidos socialmente (...) que tienen la
propiedad de transformar lo apolítico en político, desinformación
interesada, descoordinación en la gestión pública, insolidaridad con los
posibles afectados”, advierte la Justicia. En las centenares de
denuncias por contaminación e intoxicación, los afectados chocan en la
Justicia con un pedido de difícil cumplimiento: son los mismos
perjudicados (indígenas, campesinos y humildes habitantes periurbanos)
quienes deben probar científicamente que los agroquímicos son
perjudiciales.
La apelación del gobierno de Santa Fe se dirigió a ese punto débil. La
provincia argumentó que la denuncia original (la acción de amparo) era
inadecuada porque, antes de cualquier prohibición, se debía dar un
debate amplio con demostraciones científicas que certifiquen los
perjuicios sobre la salud y el ambiente. Pero la Justicia rechazó ese
camino. “Me permito señalar enfáticamente que la cuestión no requiere de
mayor amplitud en cuanto a ‘debate y prueba’. Se discute sobre actos que
atentan contra el medio ambiente, repercutiendo de manera directa en la
salud de los vecinos de la ciudad de San Jorge, lo que importa que
existe un factor de urgencia que (debe) ser atendido”, sentenció la
Cámara de Apelaciones.
Y, por primera vez en casos de agroquímicos, invirtió la carga de la
prueba. No solicitó a las familias afectadas que probaran los males de
los agroquímicos. Ordenó que el gobierno provincial, mediante el
Ministerio de Producción, realice estudios junto a la Universidad
Nacional del Litoral (UNL). En el término de seis meses deberá probar
que los agroquímicos no afectan la salud y el ambiente. El juez de
primera instancia Tristán Martínez recibió nuevamente la causa recién la
semana pasada. Lo antes posible debe notificar a la provincia y la UNL.
Cuando se cumpla el plazo de seis meses, el juez Martínez deberá decidir
–estudio en mano– si revierte la medida, la mantiene o la profundiza.
El otro aspecto inédito del fallo es el uso del principio precautorio en
lo que respecta a agroquímicos. La Ley Nacional del Ambiente define al
principio precautorio en su artículo cuatro: “Cuando haya peligro de
daño grave o irreversible, la ausencia de información o certeza
científicas no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción
de medidas eficaces, en función de los costos, para impedir la
degradación del medio ambiente”. La Cámara de Apelaciones de Santa Fe lo
utiliza como una de las bases de su fallo, enumera siete casos en los
que fue implementado, destaca que se justifica su utilización cuando
haya “falta de certidumbre científica y amenazada de daño al ambiente o
la salud humana”, y toma como antecedente lo actuado por la Corte
Suprema de Justicia de la Nación, máximo tribunal del país, en el freno
a los desmontes en Salta (diciembre de 2008).
La Justicia de Santa Fe afirmó que la limitación en el uso del glifosato
para la ciudad de San Jorge se fundamenta en “la incertidumbre
científica acerca de los riesgos ambientales, la incidencia de la
alteración seria del medio ambiente y la irreversibilidad que pueden
provocar tales daños”, y explica que su medida se entiende en razón de
“evitar un daño futuro, pero relativamente cierto y mensurable”. El
fallo también se mete de lleno en la práctica común judicial: llama a
fiscales y jueces que “repiensen que los avances tecnológicos no son
poderes que se legitiman a sí mismos”.
En la sentencia, los tres jueces advierten que intervienen intereses
sectoriales que no buscan identificar los riesgos reales sino defender
sus propios roles en la cadena de agronegocios. Señala que los
fumigadores sostienen que las contaminaciones se deben al mal uso (un
argumento recurrente de las cámaras empresarias), advierte que las
compañías productoras de agroquímicos “sostienen la atoxicidad con
estudios encargadas por ellas mismas”, el Estado “pregona su
preocupación por el medio ambiente, pero olvida que la mejor manera de
comprometerse en el tema es efectuando los debidos controles” y
evidencia la falta de solidaridad de los chacareros: “Sostienen que si
los productos que aplican se encuentran autorizados, nadie puede
endilgar acción antijurídica alguna, por lo que no puede impedírseles
trabajar y producir”.
“Lo que se muestra claro es que las posiciones divergentes antes de
disiparnos las dudas de utilización de los agroquímicos, sobre todo en
zonas urbanas, las acrecientan porque todos conocen los potenciales
riesgos de su utilización (...), la preeminencia no la tienen los
intereses sectoriales de nadie sino que, por el contrario, la
preeminencia está del lado de la salud pública y del medio ambiente”,
sentenció la Justicia de Santa Fe y afirmó: “Frente a la existencia de
la duda relevante, la aplicación del principio precautorio deviene
ineludible, porque la sola existencia de los niños afectados (...) así
lo determinan”.
El Centro de Protección a la Naturaleza (Cepronat), organización
impulsora de la denuncia inicial, ya anunció que solicitará que la
limitación del uso de glifosato se amplíe a toda la provincia. “La
Justicia protegió a los habitantes de San Jorge hasta que se demuestre
la supuesta inocuidad. Pedimos que se proteja al resto de los
santafesinos. Si eso no sucede, habrá ciudadanos de primera, protegidos
del uso de agroquímicos, y el resto de la provincia estará expuesto a
químicos que están sospechados de afectar la salud y el ambiente.” El
Cepronat, que integra la campaña nacional “Paren de fumigar” –donde
confluyen decenas de organizaciones sociales y pueblos fumigados–, instó
a que el gobernador Hermes Binner escuchara el fallo judicial y
extendiera la limitación para las fumigaciones. “Ante todo, el
gobernador es médico, entiende que la salud debe anteceder a las
actividades productivas”, afirmó Carlos Manessi, del Cepronat.
Este diario intentó dialogar con el
gobernador, pero su vocero explicó que no hablará del tema y derivó las
preguntas al Ministerio de Producción. Desde la cartera informaron que
los funcionarios no harán declaraciones públicas hasta tanto no sean
notificados por la Justicia. Binner se graduó en Medicina en 1970, en la
Universidad de Rosario. Entre otras especializaciones, según su
curriculum vitae, focalizó su profesión en “salud pública”, que es un
concepto social y político que (según la misma definición médica) está
destinado a “mejorar la salud y mejorar la calidad de vida de las
poblaciones mediante la promoción de salud, la prevención de
enfermedades y la armonía con el ambiente”.
Un fallo innovador
Alexis Cabral, de 8 años, padecía alergias constantes y era dependiente
de un inhalador para poder sobreponerse de los ahogos. Vivía frente al
campo de soja denunciado. Desde hace un año, coincidentemente con el
cese de las fumigaciones, Alexis no padece ningún síntoma y dejó el
inhalador. No hay estudios científicos que demuestren la directa
relación, pero los vecinos del barrio Urquiza de San Jorge no creen que
sea una casualidad. El reciente fallo de la Justicia de Santa Fe también
es innovador en ese sentido: revaloriza los testimonios de los afectados
–muchas veces minimizados por los jueces–, resalta la importancia de los
médicos de pueblos (testigos cotidianos en la atención de intoxicados) y
cita trabajos científicos que alertan sobre los efectos del glifosato.
“En casos controvertidos científicamente, se torna muy relevante
considerar las ‘historias de vida’, las ‘experiencias’, los ‘saberes y
conocimientos’ de quienes viven cotidianamente expuestos al riesgo de
que se trate, en este caso los agroquímicos. Es necesario revalorizar
‘el sentido común’ debido a que la ciencia no puede responder a todos
los interrogantes”, reclama la Cámara de Apelaciones en los Civil y
Comercial (Sala II). El fallo resalta también la importancia de los
médicos rurales: “(Son) un grupo de personas que no integran el llamado
‘sistema científico oficial’ y han efectuado estudios relevantes desde
hace años”.
En cuanto a los miembros de la comunidad científica que estudiaron los
efectos de los agroquímicos y alertaron sobre su uso, señala las
investigaciones de Argelia Lenardón (UNL-Conicet), que estudió la
existencia de agroquímicos organoclorados en leche materna; Amalia
Dellamea (UBA), que confirmó la presencia de plaguicidas en productos
lácteos; Alejandro Oliva (Hospital Italiano de Rosario), que estudió los
impactos en las funciones reproductivas; Jorge Kaczewer (UBA), que
recopiló trabajos sobre el tema; y Andrés Carrasco (UBA-Conicet), que el
año pasado detectó malformación en embriones anfibios, alertó a la
opinión pública y fue duramente atacado por las cámaras empresarias del
sector.
Los jueces santafesinos recuerdan como antecedente el decreto
presidencial que creó la Comisión Nacional de Investigaciones sobre
Agroquímicos, donde intervenieron los ministerios de Ciencia, Salud,
Agricultura, el INTA y el Conicet. “El informe recibió multiplicadas
críticas por parte de especialistas (...) Las críticas al informe
apuntan a que utiliza bibliografía sesgada, recorta la problemática y
equipara estudios de Monsanto con trabajos de científicos
independientes”, afirmó el reciente fallo. La Justicia señaló que los
principales sostenedores de la inocuidad de los agroquímicos son las
cámaras empresarias y la Asociación Productora de Siembra Directa.
Reconoce que la OMS y la FAO clasifican al glifosato dentro de una
categoría de bajo riesgo, pero cita a la bióloga de la UBA Lilian
Joensen: “Las clasificaciones de la OMS y FAO no están basadas en
estudios propios o de grupos independientes sino que se trata de
revisiones de estudios hechos por las empresas mismas”.
San Jorge, caso testigo
San Jorge está ubicada a 144 kilómetros de la capital provincial y se la
conoce como la “capital de la industria alimenticia”, por su pasado con
gran variedad de cultivos. El barrio Urquiza está en las afueras de la
ciudad, de casas aún sin terminar y frente a campos de monocultivo. “La
incapacidad práctica del Estado para evitar que los plaguicidas lleguen
hasta las personas sólo puede morigerarse con la fijación de
prohibiciones totales de todo tipo de agroquímicos en zonas urbanas y
periurbanas”, afirmó en su presentación la abogada Gabriela Ferrer,
patrocinadora de la denuncia inicial en marzo de 2009. “Estamos felices.
Los nenes ya no se enferman. No hay más problemas respiratorios, sólo un
poco de moco cuando los nenes toman frío”, explicó Viviana Peralta, la
impulsora de la demanda que acabar de quedar firme.
A inicios de 2009 Ailén tenía sólo dos años pero ya conocía los efectos
de las fumigaciones sojeras. Cuando tenía cinco días de vida sufrió su
primera intoxicación con agroquímicos. Desde ese momento, cada
fumigación era un camino directo al hospital, y todos los días recibía
un cóctel de medicamentos para poder respirar. Su casa estaba a diez
metros de campos de soja. Fue entonces cuando el juez Tristán Martínez
prohibió las fumigaciones con glifosato, en marzo de 2009, en
adyacencias de la zona urbana de la ciudad, hasta que el Concejo
Deliberante y el Municipio se hicieran eco de la Ley 11.273 y
determinaran qué zonas pueden ser rociadas con agrotóxicos. La medida
privilegiaba la salud por sobre la actividad económica, y cargaba las
responsabilidades sobre los productores, a la Municipalidad de San Jorge
y el Ministerio de Producción provincial.
La Ley 11.273 regula el uso de agroquímicos, pero no fija límites para
las fumigaciones. Otorga esa facultad a los intendentes y presidentes
comunales. Aunque la ley fue sancionada en 1995, la gran mayoría de los
municipios aún no establecieron las áreas fumigables. La presión de los
pobladores afectados, y el avance de la frontera agropecuaria, impuso
que la legislatura provincial modificara la norma, y fijara límites
claros. La Comisión de Medio Ambiente determinó un piso de 300 metros,
pero –cuando ya estaba vigente el fallo de primera instancia, en octubre
pasado– la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados provincial
votó un dictamen en el que se habilitan fumigaciones terrestres con
glifosato a sólo 100 metros de las viviendas. El dictamen se encuentra
en Asuntos Constitucionales, donde el oficialismo tiene mayoría.
“Diputados provinciales en contra de la salud de la población”, fue el
título del comunicado de la Red Nacional de Acción Ecologista (Renace),
que denunció que en la Cámara de Diputados “se comprueba la incidencia
notable de los grupos empresariales asociados a los pooles de siembra.
Las decisiones gubermantales se rigen con un criterio exclusivamente
productivista por sobre la salud y el ambiente de los santafesinos”. Con
la sentencia ya firme, las organizaciones sociales piden la adecuación
de la ley a lo dictado por la Justicia.
Un herbicida cuestionado
El 56 por ciento de la tierra cultivada de Argentina está destinada a la
soja. Según datos del Ministerio de Agricultura, en la campaña 2008/2009
2008/2009 el monocultivo abarcó 17,5 millones de hectáreas, sobre 31
millones que fueron sembradas en todo el país. En la campaña 2010, la
soja ya abarca 19 millones de hectáreas. Uno de los pilares del modelo
de agronegocios es el agroquímico llamado glifosato, cuya marca
comercial más famosa es el Roundup, de la empresa Monsanto, líder
mundial del sector.
El glifosato es el agrotóxico más cuestionado de la Argentina, aunque no
el único. El químico se rocía en la tierra y lo único que crece es soja
transgénica, modificada en laboratorio. El resto de las plantas absorben
el veneno y mueren. Las grandes empresas del sector reconocen la
utilización, como mínimo, de diez litros de glifosato por hectárea. El
último año, los campos argentinos fueron rociados con 175 millones de
litros del herbicida, que es el blanco de las denuncias por
contaminación ambiental y perjuicio sobre la salud. La soja transgénica
y el uso de glifosato fueron aprobados en 1996 cuando Felipe Solá era
secretario de Agricultura de Carlos Menem. El expediente de esa
aprobación se conoció recién el año pasado, cuando en este diario
Horacio Verbitsky confirmó que no hubo estudios oficiales para
determinar la toxicidad del agroquímico.
VOLVER
|