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ENDESA, AES Gener, Colbún y otras
corporaciones privadas se siguen apropiando de los derechos de
agua del país. Mientras megaproyectos destruyen el medio
ambiente y comunidades del norte, centro y sur, crece la
demanda por nacionalizar el recurso estratégico del siglo XXI.
Aquí un detallado reportaje sobre la “histeria energética” y
un mercado “de y a la pasada” en Chile el país supermercado,
donde el agua más que un derecho humano y social, ha sido
transformada en una mercancía. |
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JUAN PABLO CALDICHOURY*-
23 / 03 / 09 |
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Estados Unidos nacionaliza gigantes
inmobiliarios y bancarios; Argentina proyecta nacional los fondos de
pensiones y en Chile, luego de inhabilitar la discusión sobre
nacionalizar el transporte “público” y reprimir el debate en torno al
derecho a una educación pública, pareciera emerger aunque opacada por la
invisibilización mediática, la cuestión de si las aguas son o no “un
bien nacional de uso público”, como lo define la ley. En los títulos de
propiedad y en los hechos, se constata lo contrario.
Al día siguiente del lunes 29 de septiembre en que se presentó un
proyecto de reforma a la Constitución chilena para que se proteja y
garantice la función social del agua, la prensa escrita nada informó.
Esto ocurría el mismo mes que se tramitaba el primero de los Estudios de
Impacto Ambiental de las mega eléctricas Hidroaysén, mientras las
palabras del obispo Luis Infanti, de Aysén, aún sugerían nacionalizar
las aguas.
No deja de ser curioso que nada se
diga sobre un proyecto de reforma constitucional y sobre algo tan
importante como el agua. En rigor, solo una carilla de La Nación y un
párrafo en el Diario Financiero dieron cuenta de la presentación del
proyecto, poco antes que comenzaran a desplomarse los mercados globales
y Washington entregara miles de millones de dólares para el salvataje de
las corporaciones en quiebra. ¿Washington? ¿Salvataje? ¿Millones de
dólares? Se entiende que si el Estado compra, entonces nacionaliza.
Mientras el neoliberalismo agoniza, en Chile, su país supermercado, los
clientes ciudadanos comienzan a preguntarse por qué tanto alboroto por
el agua, cuando la hoy “superada crisis energética” genero un alzo del
40% en la tarifa eléctrica durante el último año. Quizá se pregunten
¿Por qué la luz y el agua aumentan su costo si ha llovido tanto?
Algunas respuestas sobre las causas legales y los intereses vigentes en
el actual estado de cosas, donde las noticias que contienen conceptos
como nacionalizar son omitidas por la prensa, al servicio de quienes
engloban sus arcas corporativas construyendo centrales hidroeléctricas
“de pasada”, pero además especular con las aguas de Chile como mercado
“de y a la pasada”. Es decir; por el cual pasan mientras las condiciones
de riesgo para su invención sean mínimas, y “a la pasada”, pues es fácil
entrar a un mercado donde la legislación está al servicio de las grandes
corporaciones en detrimento de los ciudadanos.
De privatizar a nacionalizar
El proyecto de nacionalización del agua presentado por el “Frente Amplio
por la Repatriación del Agua en Chile”, no busca la transformación del
Código de Aguas, sino la reforma constitucional y atiende a una fórmula
ya probada. La misma que utilizó Salvador Allende para nacionalizar el
cobre en el proyecto presentado en julio de 1971: “El Estado tiene el
dominio absoluto, exclusivo, inalienable e imprescriptible de todas las
minas, las covaderas…”; el mismo párrafo pero ahora con el agua.
El marco regulatorio vigente para las aguas se configura tanto por la
Carta Magna como por el Código de Aguas, ambos promulgados a inicios de
los 80. La constitución, en el inciso 11º del numeral 24 del artículo
19, establece el carácter privado que se otorga a las aguas chilenas,
pues “los derechos de los particulares sobre las agua (…), otorgarán a
sus titulares la propiedad sobre ellos”. El Código de Aguas define al
vital recurso como -Art. 5- “bienes nacionales de uso público y se
otorga a los particulares el derecho de aprovechamiento de ellas… Art.
6. Derecho de aprovechamiento es un derecho real (…) sobre las aguas y
consiste en el uso y goce de ellas…”.
Es decir las aguas son de todos, pero solo las pueden usar unos pocos.
Si bien se la define como un derecho social – bien nacional de uso
público – solo algunos tienen un derecho real sobre ella. Derecho
transable que canaliza el agua desde un derecho social hacia decantar o
derramarse como mercancía. Es importante señalar que el Código de Aguas
de la dictadura, eliminó un elemento esencial de las legislaciones
hídricas comparadas, cual es que todo derecho de aprovechamiento debe
tener un uso efectivo y beneficioso, como consignaba la legislación
anterior. Dicha transformación permite la apropiación de derechos de
agua con el único objetivo de la acumulación y especulación con el
recurso, sin otorgarse derechos con una función determinada, y dejando
en manos privadas la planificación para un uso sustentable del recurso.
La disposición entonces del marco regulatorio general otorga
preeminencia a los usos privados del agua por sobre su función social.
Ahora, el carácter secundario de dicha función social instituye una
anomalía jurídica de las leyes del chicagopinochetismo en su larga lista
de ilegalidades frente al derecho internacional. Según el Pacto sobre
Derechos Económicos, Sociales y Culturales (CESCR, en inglés) ratificado
por Chile, y que a fines de 2002 integró un Comentario General sobre el
derecho al agua; ésta es reconocida explícitamente como un derecho
humano fundamental, viéndose obligados los firmantes - Chile entre 145
países - a asegurar progresivamente el acceso de todos al agua potable
segura, de forma equitativa y sin discriminación. El comentario
pareciera apuntar directo al Código de Aguas chileno pues afirma que “el
agua debe ser considerada un bien social y cultural y no un producto
básico de carácter económico”, que en Chile transan las grandes
corporaciones, financiadas por el pago cautivo de los millones de
usuarios de agua potable e hidroelectricidad.
Siguiendo con Código de Aguas, el Art. 4 señala que “atendida su
naturaleza, las aguas son muebles, pero destinadas al uso, cultivo o
beneficio de un inmueble se reputan inmuebles”. Es decir que las aguas
son bienes móviles, comerciables, autónomos e independientes, separables
de la tierra que irrigan y por tanto de la sociedad que hidratan. Ante
ello la iniciativa legal se propone establecer prioridades de uso de las
aguas, sin arriesgar, no obstante, que es lo primero: ¿el derecho humano
y su función social o el bien mueble como mercancía? Lo único cierto es
que la ley vigente protege esta última concepción.
Finalmente, otro elemento inédito en la legalidad hídrica comparada es
que en Chile se diferencia entre los derechos de agua consuntivos, es
decir, que se pueden consumir totalmente, y los no consuntivos, que
luego de aprovechar las aguas, éstas han de ser devueltas según estipule
la constitución del derecho. Esta rareza legal se debería, como planteo
Guido Guirardi en la presentación del proyecto de reforma
constitucional, a que los derechos no consuntivos “fueron pensados y
creados casi exclusivamente para generación hidroeléctrica”. Dicho
distingo jurídico podría sustentar lucrativos mecanismos de especulación
financiera con un bien de primera necesidad; si no, solo preguntémonos
¿Cuál es el capital de las empresas sanitarias privadas, fuera de su
infraestructura de distribución y tratamiento de las aguas? Su capital
es justamente esta última: la propiedad “real” de las aguas; la
capacidad de ejercer a volunta del derecho absoluto de aprovechamiento
de las aguas. Eso es lo que constituye el valor de cambio de una
empresa, su valor bursátil y por ello la especulación en torno a cuánto
vale cada acción de una empresa, que podría tasarse por la cantidad de
derechos que ella posee.
En resumen, la legislación chilena configura un régimen jurídico hídrico
inédito en el mundo, que mercantiliza las aguas, sin priorizar su
función social. Éstas, por ser un derecho humano, generan
incompatibilidad de derechos entre el marco jurídico nacional y los
convenios internacionales ratificados por Chile. Por ello se presenta la
iniciativa de reforma constitucional que establece la propiedad estatal
sobre el agua, pudiendo ser bien expropiable, en orden al cumplimiento
de ciertas funciones prioritarias para las cuales se debe el recurso.
Cabe preguntarse cuál será el destino del proyecto en un país donde la
estatización es vocablo prohibido y sus promotores considerados como un
grupúsculo de “extremistas ideologizados”.
Duopolio, usus y usuarios
El agua más que un “bien nacional de uso público”, pareciera ser un
“bien de uso privado” debido a la distribución de la propiedad del
recurso. Actualmente un tercio de los derechos de agua no consuntivos de
Chile son propiedad de transnacionales. La demanda total del sector
hidroeléctrico corresponde a un 68% de dichos derechos -23% del total-.
Según estiman las proyecciones del gobierno y las empresas que
representan, dicha cifra se más que triplicaría en un cuarto de siglo,
pasando las generadoras a controlar el uso de más de un 80% del agua no
consumible.
Un tercio de aguas no consuntivas es propiedad de las transnacionales
ENDESA y AES, un 12% se reparte entre 7 propietarios, de los cuales el
más grande es Colbún. Es necesario, no obstante, atender un aspecto muy
relevante de los datos utilizados, pues estos adolecen de un gigantesco
margen desconocido; si atendemos a la tabla de los principales usuarios
de agua a nivel nacional, basada en datos de la Dirección General de
Aguas, DGA, encontramos que más de la mitad de los derechos asignados
corresponden al misterioso “otros”. ¿Quiénes son esos “otros”? ¿Por qué
y para qué tienen aquellos derechos? Seguramente habría que rastrear
empresas dedicadas específicamente a la tramitación de los derechos de
aguas, “pequeños” especuladores que luego venden los derechos a los
reales interesados, como las generadoras.
Este escenario de la propiedad hídrica pareciera entonces un duopolio en
pleno proceso de expansión y conquista de nuevo recursos. La ingente
cantidad de proyectos hidroeléctricos da cuenta del proceso, que más que
poner fin a la crisis energética -no diversifica la matriz sino la deja
a merced del régimen pluvial- tiene como objetivo la apropiación del
agua. Prueba de ello son las onerosas patentes pagadas por no uso de los
derechos de agua y los procesos enfrentados por ENDESA y AES en el
Tribunal de Derechos de Libre Competencia debido a prácticas
monopólicas. Nuevamente los dos gigantes contribuyen con cerca del 30%
de todas las patentes pagadas por no uso, mientras los misterios “otros”
suman 34.2% de los pagos. ¿Para qué quieren el agua si no la usan? ¿Para
futuros proyectos o para futuros compradores?
Histeria energética
La “crisis energética” es una determinante global relacionada con la
disponibilidad de los recursos energéticos. Desde la década de 1970, un
mundo movido por la fuerza del petróleo asumió la finitud de recurso
fósil y comenzó a buscar alternativas para diversificar dicha matriz
mono energética; de inmediato la fuerza del agua se proyectó como una
interesante opción. Que en chile se estén desarrollando una multitud de
proyectos hidroeléctricos tiene que ver tanto con el régimen jurídico y
la configuración de la propiedad hídrica corporativa, como con la
permisividad gubernamental en la entrega de aquellos derechos y permisos
para la construcción de centrales y la aprobación ciudadana y oficial,
motivada por cierto imaginario social del pánico que genera la “crisis
energética”.
Como ha sostenido El Ciudadano, Chile no enfrenta una “crisis
energética”, sino la crisis política energética anémica, presionada por
el incontrolable crecimiento de la demanda eléctrica de la minería
cuprífera en progresiva expansión. Se genera entonces una “histeria
energética”, que pretende sembrar pánico mediante el fantasma del
racionamiento.
Para generar la histeria energética se ha desplegado una grosera
estrategia de propaganda durante los últimos años; grosera, pues los
recursos públicos están al servicio de intereses corporativos; pues para
este año 2008, si bien las distribuidoras eléctricas “premiaban” a los
clientes que ahorraban dejando de percibir algunos pesos por cuenta de
luz, tanto la Comisión Nacional de Medio Ambiente, CONAMA, como la
Comisión Nacional de Energía, CNE, financiaron e implementaron la
campaña de propaganda para el ahorro energético.
Las causas que motivaban el “ahorro energético” eran el poco gas natural
que llegaba de allende la cordillera y el precio del crudo elevado a las
nubes. Por su parte, las empresas eléctricas anunciaban pérdidas o,
técnicamente, “desembolso adicional”, pero a los pocos días y con
superávit pluvial, los mismos matutinos establecían que las generadoras
duplicaban sus utilidades respecto del primer semestre del año 2007. La
pregunta es entonces: ¿el alza en el costo del petróleo provoca que las
empresas pierdan dinero, o dejen de ganar?
La histeria energética es entonces una estrategia mediática desplegada
para que el duopolio continúe apropiándose y acumulando los derechos de
agua bajo el pretexto de la “crisis energética”, cuando concentrarse en
la hidroelectricidad no es diversificar la matriz. Y mientras diversas
autoridades de gobierno han definido que la “crisis” ya ha sido
superada, e, incluso, como advirtió Felipe Ceron, gerente general de AES
en Chile, tanto proyecto hidroeléctrico genera “el riesgo de la sobre
oferta energética en el largo plazo”, es decir, queremos un mercado,
pero donde sólo estemos nosotros.
Se hacen ricos
El agua es un recurso estratégico, un derecho humano y en Chile una
mercancía transable. Es por lo último que el obispo Infanti denuncio el
inmoral trato que en nuestro país se da al vital recurso, “En el reino
de las aguas puras y cristalinas, de las nieves eternas, de las cascadas
de gracia, de los ríos majestuosos, como es Aysén, en que se puede tomar
al agua más pura del planeta y gratis, el agua embotellada es más cara
que la gasolina, que la leche, que el kilo de pan”.
El problema entonces va mucho más allá de la hidroelectricidad, pero en
gran medida las transnacionales del agua – sanitarias y eléctricas –
limitan el acceso de los chilenos al agua, por un criterio económico,
pues las utilidades de las empresas están en directa relación con el
cobro de los usuarios. Como planteo Jaime Urrutia, de la Coordinadora
Ciudadana de los Ríos del Maipo, que tiene detenida a la norteamericana
AES Gener y su megaproyecto Alto Maipo hace ya un año, “ENDESA, AES
Gener y Aguas Andinas se hacen ricos con tu cuenta de luz y de agua”.
La proyección sobre el futuro coste del agua es materia de especuladores
y, seguramente, tasará el valor bursátil -si no lo hace ya- de las
empresas que monopolizan el recurso. Es por ello que se despliega la
“histeria energética”: para apropiarse del agua, porque el principio de
la acumulación del “capital-agua” corresponderá al objetivo actual de
las empresas generadoras y las patentes por no uso son prueba de ello.
Finalmente, una nueva histeria emergerá en torno a la discusión sobre la
nacionalización o estatización, que tanto rechazan ciertos grupos de
interés en Chile. La hidroelectricidad es un lucrativo negocio generado
por un régimen jurídico que mercantiliza el recurso hídrico, y esta al
servicio del poder corporativo, que no quisiera le cerraran las puertas
de este supermercado llamado Chile, donde las transnacionales están sólo
“de pasada”, pues este desregulado país les queda “a la pasada” / AZ
* Gentileza
www.elciudadano.cl
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