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FOTO DE
ARCHIVO. |
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Los zumbidos de los balazos ganan el
aire de la radio con agudeza que contagia el miedo. La emoción atenaza
la garganta porque entre quienes corren para esquivarlos, hay gente
querida. Después de un trawün (parlamento), la comunidad Paichil Antreao
resolvió impulsar una acción para resguardar su rewe, espacio ceremonial
de importancia central para la espiritualidad del pueblo mapuche. Pero
las fuerzas de ocupación no reparan en cosmovisiones. Sus antecesoras
las ignoraron en 1492, en 1536 y en 1879, ¿por qué iban contemplarlas en
los tiempos de la especulación inmobiliaria y el turismo depredador?
Todos saben que pasó en la primera de
las fechas, en la segunda comenzó la irrupción española sobre el
territorio mapuche y en la última, las tropas argentinas remataron la
faena que a los ibéricos les quedó pendiente. ¿Qué tuvieron en común
Cristóbal Colón, Diego de Almagro y Julio Roca? Una lógica, una manera
de pensar y en consecuencia, de actuar. Para el sentido común de
argentinos y chilenos, no resultará difícil asociar los dos primeros
nombres al colonialismo que instaló Europa sobre el continente que
imaginó nuevo, pero en forma llamativa se incomodará si afirmamos que en
relación con los pueblos indígenas, la Argentina y Chile reeditan
aquella relación de sujeción colonial. Aquí y ahora.
Los sucesos que tuvieron lugar en
cerro Belvedere entre diciembre y fines de febrero emergen sin reparos
como manifestación cruda y hasta despiadada del colonialismo. ¿Qué fue
ese desalojo sino la apropiación territorial de intrusos en desmedro de
los ocupantes tradicionales? La medida judicial se llevó a cabo de una
manera especialmente virulenta a través de la fuerza pública, es decir,
uno de los brazos armados del Estado. El propósito no era la represión
de un hipotético delito, sino el traspaso de esos lotes a favor de
inversionistas que procurarán extraer réditos económicos de su posesión.
Y cosa insólita, los puestos policiales permanecieron en la zona por
espacio de casi tres meses para asegurar la conquista. También como
antaño, la institución a través de la cual el Estado canaliza el despojo
resultará beneficiada, ya que se quedará con una porción de los terrenos
en disputa. ¿Qué conmemora la Argentina en su bicentenario?
El primero de los ámbitos en los
cuales la lógica del colonialismo se manifestó históricamente, fue el
económico. En efecto, la llegada de los españoles a las islas del Caribe
y a los espacios continentales implicó la apropiación de esas tierras,
en desmedro de los pueblos que allí residían a fines del siglo XV. Casi
en forma simultánea, sus integrantes se vieron forzosamente alejados de
sus prácticas económicas tradicionales para comenzar a funcionar como
mano de obra de los recién llegados. En general, en condiciones de
esclavitud... Pero además, el orden colonial extendió su control sobre
la administración financiera de esa producción, a la que convirtió en
acumulación de capital.
Todos los rasgos que apuntamos se
pusieron en práctica en el norte de la Patagonia y en el resto del
territorio mapuche a fines del siglo XIX. Pero los invasores ya no
venían “montados en bestias y cubiertos de metal”, ondeaba al frente de
las columnas la misma enseña que hoy flamea frente a la Casa Rosada o en
el Centro Cívico de Bariloche. Y como trescientos años antes a las
órdenes de Valdivia en el occidente, al oriente cordillerano fueron las
instituciones argentinas las que se apoderaron de las tierras
mapuche-tehuelches y las que redujeron a sus moradores a la esclavitud o
bien, a mano de obra barata. Además, la explotación de los bienes
económicos que antes constituían el patrimonio de innumerables
comunidades, quedó como resorte exclusivo de los recién llegados, a
través de la introducción de las prácticas capitalistas.
¿Se advierte el paralelismo con la
situación que prima a comienzos del siglo XXI? El pueblo mapuche no está
en condiciones de decidir por sí mismo, porque sufre una relación de
sujeción colonial en relación con Buenos Aires y Santiago. Por eso, las
decisiones que tienen que ver con los yacimientos de petróleo, los ríos
o las reservas minerales que se desparraman al interior de las
comunidades, no se adoptan en las instancias organizativas de los
mapuche sino en las instituciones estatales, ya sean nacionales o
provinciales. O en su defecto, en el marco de las sinuosas oscilaciones
de los mercados, sean el inmobiliario o el turístico.
No sólo de una manera material se
manifiesta el colonialismo, la práctica presenta un costado político e
institucional imposible de soslayar. Con la llegada de los
expedicionarios europeos al Abya Yala – Wallmapu también arribaron las
capitanías generales, las gobernaciones y más tarde los virreinatos.
Donde España pudo terminar con la soberanía política de los mapuche, se
acabó la autoridad de los lonko y se echó por la borda con la
organización tradicional, que no sabía de centralización ni de
jerarquías. En el espacio del Nahuel Huapi, el sistema que se
estructuraba en derredor de los lonko principales como Sayweke, recién
se desmoronó hacia 1885, con la capitulación. Ahora bien, en los últimos
20 años asistimos a una innegable consolidación del movimiento mapuche
que se evidencia de varias maneras, entre ellas, la multiplicación de
instancias organizativas mapuche en las ciudades y en la recuperación de
la organización tradicional en el interior de las comunidades. Pero como
constatamos prácticamente a diario y a pesar de la legislación que está
en vigencia, fue el gobierno de Neuquén el que resolvió impulsar la
explotación minera en el espacio territorial de la comunidad Mellao
Morales, en la zona de Loncopué, nunca el lonko o el trawün.
Fue el dispositivo estatal de la
misma provincia el que prorrogó concesiones petroleras que operan sobre
una decena de comunidades, en abierta contradicción con la idiosincrasia
mapuche, en cuyo ideario no figura la noción de recursos naturales
susceptibles de explotación. Y para volver al caso que nos ocupa, fue la
Municipalidad de Villa La Angostura la que loteó y aprobó los
emprendimientos turísticos que martirizan la existencia de los Paichil
Antreo, sobre el cerro Belvedere y las costas del Nahuel Huapi. Los
dividendos que resultan de tales explotaciones mineras, petroleras o
turísticas se traducen en acumulación de capital para las
trasnacionales, en regalías para el Estado en sus diversas
jurisdicciones y en beneficios para los inversores. La contrapartida es
el progresivo empobrecimiento mapuche... En síntesis, prácticas
coloniales imposibles de disimular.
Arrinconar la negación
No hace mucho tiempo, cuando un turista iba a la Secretaría de Turismo
de la Municipalidad de Bariloche y se interesaba por conocer comunidades
mapuche, se le desinformaba con eficiencia: - No, acá no hay mapuches...
Felizmente, esa omisión se subsanó dos o tres años atrás, inclusive con
la publicación de un folleto explicativo que elaboraron comunidades y
organizaciones, pero en la región el espíritu de la negación evidencia
todavía una fortaleza que parece inconmovible. A tal punto que al
reformar su Carta Orgánica, los convencionales que eligió la ciudadanía
de Villa La Angostura pasaron por alto el reconocimiento a la
preexistencia del pueblo mapuche, que inclusive ya figuraba en la
Constitución de Neuquén.
Es notable como todavía se articulan
y desarticulan diversas historias en beneficio de una única historia: la
de los descubridores, conquistadores y colonizadores . También se impone
destacar la operatividad política de esas narraciones. A pesar de las
nuevas conclusiones a las que arribaron los historiadores, arqueólogos y
antropólogos en los últimos 20 años, el sentido común patagónico todavía
tiene para sí que los mapuche vinieron de Chile, que no hay más
tehuelches, que Bariloche es producto de la inmigración suiza y alemana
o que en Villa La Angostura, por ejemplo, nunca hubo “indios”. Entre
guías de turismo, bibliotecarios, docentes, periodistas y funcionarios
aún se piensa en una historia de desenvolvimiento lineal que en el caso
del Nahuel Huapi, arranca con la colonia agrícola y pastoril del mismo
nombre y luego de transcurrir por una etapa de pioneros, desemboca en el
establecimiento del parque nacional para luego avanzar en forma gradual
y sin conflicto alguno, hacia el perfil turístico de la actualidad.
Entonces, se rinde pleitesía a los militares que aseguraron el dominio
argentino sobre estas latitudes, se eleva a la categoría de héroes a
comerciantes y agricultores con origen más allá del Atlántico, se
consagra mármol y bronce a peritos y arquitectos que aportaron fisonomía
europea a nuestras ciudades y se festeja la llegada del ferrocarril, que
entre otros factores, condujo a la pérdida del autoabastecimiento
alimentario...
Hay una historia que se ve como
primordial. Esa maniobra es posible porque está en vigencia una manera
de clasificar que favorece la marginación de otras historias,
conocimientos, idiomas y personas. Entonces, sacar esas otras
narraciones de los márgenes implicará avanzar hacia una descolonización
del conocimiento. Traigamos a colación entonces que curiosamente, cuando
todavía los Paichil Antreao no se habían reorganizado y la explosión
inmobiliaria no estaba en los sueños de nadie, el Concejo Deliberante de
Villa La Angostura no tuvo problemas en reconocer que “Ignacio Antriao
fue cacique (lonko) de las huestes de Sayhueke y tenía sus dominios a
principios de siglo desde el Correntoso hasta la península de Quetrihue.
Cuando el gobierno nacional encomendó la mensura y subdivisión de la
Colonia Nahuel Huapi, se trazaron los límites del lote pastoril 9 de más
de 600 hectáreas, desde el actual Cruce hasta el lago Correntoso y
primeras estribaciones del Cerro Belvedere, dándole a este cacique el
título de propiedad de estas tierras, en recompensa por sus servicios de
baquiano ante la Comisión de Límites que actuaron en la zona. Fue uno de
los firmantes del Acta de Fundación de Villa la Angostura en 1932 y
fallece en 1936”. El texto forma parte de una ordenanza municipal.
Como en muchas otras familias que
residen en Bariloche o en el interior rionegrino, entre los Paichil
Antreao todavía vive el recuerdo de la Campaña al Desierto: “... con mi
abuelo he escuchado mucho como luchaban en la invasión, como se
portaban, como se llaman, en los fortines, como se juntaban todos para
guerrear con ellos, porque ahí hacían todo consulta con el cacique
principal, ese que mandaba a todos, cómo tenían que hacer y ahí es donde
hablaban y ahí empezaban a repartirse, tenían que llevarse su mercadería
porque tanto tiempo tienen que andar por ahí sin descansar, luchaban por
todos lados en la cordillera, tenían que dormir por ahí nomás, no tenían
cada donde quedarse, luchando, quedarse en casa ajena...”.
Inclusive entre los investigadores
que imprimieron el estigma de la extranjería al pueblo mapuche, se
admite que la Gobernación Indígena de las Manzanas extendía su área de
influencia hasta el sur neuquino. Otros trabajos más recientes revelaron
que en realidad, la jurisdicción del nizol lonko Sayweke se extendía
hasta la actual provincia de Chubut. Si bien la pomposa denominación es
la que instituyó esa autoridad en la correspondencia que mantuvo con las
autoridades argentinas y chilenas, la existencia de una entidad política
y soberana mapuche-tehuelche sobre Neuquén y el río Negro es todavía
anterior. Aporta Julio Vezub que hacia 1857 “Llanquitruz mantenía
presencia y control directo sobre la región del Nahuel Huapi”. Lástima
que concejales, intendentes y gobernadores no sean muy afectos a la
lectura, pero si se dignaran estudiar el pasado de las espacios que hoy
administran, comprenderían la magnitud de los atropellos que consienten
o impulsan. Hacia 1856 integró una expedición hasta el gran lago
Francisco Fonck, que al no encontrar “vestigio alguno de habitantes”,
junto con sus compañeros prendió una gran fogata en la Península San
Pedro.
Ese hecho generó reproches que
Llankitruz manifestó en una carta que dirigió a un contacto en Osorno
“expresándole su enojo por la violación de su territorio por los
intrusos venidos el año pasado desde Llanquihue, y agregando que los
castigaría en caso de volvieran a entrar por ese lado”. El lonko en
cuestión era primo de Sayweke y desempeñó ese rol entre los suyos con
anterioridad. Entonces, no sólo el actual emplazamiento de Villa La
Angostura formaba parte de una entidad política distinta a la Argentina
y Chile, otro tanto acontecía con el ejido municipal barilochense de
hoy. Felizmente, ya ninguna investigación académica seria corre en ayuda
de la negación, aunque algunos periodistas, los abogados de ciertos
terratenientes y los funcionarios amigos de los inversores, insistan en
soslayar la preexistencia.
Por ejemplo, el leguleyo que asiste a
uno de los recién llegados en el conflicto con los Paichil Antreao,
admitió públicamente días después de aquella balacera de mano única, que
según sus informaciones, el rewe no era más que una especie de palo o
altar. Sin espacio para profundizar, digamos que estamos aquí frente a
una tercera faceta del colonialismo: la del control del conocimiento y
la subjetividad. No sólo el dominador colonial se asigna la atribución
de construir una narración histórica que soslaye y prevalezca sobre las
demás, sino que además lleva a cabo idéntica maniobra en el plano de la
espiritualidad. ¿Por qué un abogado que –suponemos- se formó en una
universidad argentina, considera que tiene aptitud para re-significar la
espiritualidad de un pueblo de paradigma distinto al occidental? El
interrogante no tiene que ver con el plano individual, más bien busca
apuntar que la perspectiva de los pueblos que sufren la sujeción
colonial jamás se contempló orgánicamente y con seriedad en las casas de
altos estudios, medios de comunicación y demás ámbitos constructores de
saber o sentido común.
Desde fines de los 80, las
organizaciones mapuche más activas se muestran muy concientes del lugar
que ocupan en el ordenamiento colonial. A comienzos de los 90, con
énfasis en Neuquén, Chubut y Río Negro, se empezó a reclamar el
establecimiento de otra relación entre el Estado y el pueblo mapuche,
que dejara atrás la dialéctica opresor-oprimido. En aquellos tiempos, la
terminología que se traía a colación hacía referencia al carácter
“multiétnico” y “plurirracial” de la sociedad que comprende la
jurisdicción estatal argentina. Muy pocos ámbitos de la actuación
política, gremial o social quisieron entender cuál era el contenido de
la demanda e inclusive sectores supuestamente progresistas, prefirieron
hacer oídos sordos, ante el “peligro” para la integridad nacional que
entrañan vocablos como autodeterminación o autonomía. Llamativamente,
tuvo que irrumpir en escena la experiencia de la Confederación de
Nacionalidades Indígenas de Ecuador (CONAIE) y sobre todo del MAS
boliviano, para que el elenco estable del progresismo “nacional y
popular” se dignara mirar hacia adentro y constatara que entre nosotros,
también rigen los mecanismos del “colonialismo interno” que suele
denunciar Evo Morales.
En el acto de asunción de su segundo
mandato, el presidente de Bolivia proclamó el fin del Estado colonial
“que se va, un Estado colonial que permitió el saqueo permanente de los
recursos naturales de esta tierra, discriminador, que vio a los
indígenas como salvajes y tribus. Eso hay que cambiar”, manifestó, para
luego anunciar la consolidación del Estado plurinacional “que llega con
mucha esperanza para los pueblos del mundo”. Entonces, podrá encontrar
tropiezos en su camino e inclusive desviarse por claudicaciones, pero
hasta el momento, la boliviana es la única experiencia de las “nuevas
izquierdas” que asumió como tarea la descolonización del Estado y en
consecuencia, del conocimiento. Quizás, en el espacio territorial de la
antigua Gobernación Indígena de Las Manzanas estemos a años luz de ese
cometido. Los balazos y las granadas de gases lacrimógenos que todavía
se disparan siempre van en la misma dirección. Los cuerpos que reciben
los proyectiles y los pulmones que respiran el veneno siempre son
mapuche. Pero algunas puertas ya se abrieron y parece muy difícil que se
vuelvan a cerrar.
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