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A los altares de Ratzinger |
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Ceferino Namuncurá no es un símbolo de
un solo sentido para el pueblo mapuche. Para unos es un “traidor” o
un “colonizado” por la Iglesia Católica. Estos buscan su identidad
en sus propias raíces fuera de lo adquirido a través del
cristianismo. Para otros, en cambio, expresa la nueva identidad del
pueblo que incorporó símbolos y valores cristianos,
reinterpretándolos desde su propia experiencia. |
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Por Rubén DRI*
I
Domingo 11 de Noviembre de 2007 |
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¿Qué
pasa con la inminente beatificación de Ceferino
Namuncurá? Llama la atención que del día a la noche se
anuncie tal acontecimiento y se realice con premura.
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La elevación de Ceferino
Namuncurá a los altares es un buen instrumento en esta
lucha con las religiones de los pueblos originarios.
Muestra lo afirmado por el Papa en Brasil. |
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Después
de la pausa en el proceso de beatificaciones y canonizaciones que
significó el período de Juan XXIII, Paulo VI y el Concilio Vaticano II,
con Juan Pablo II el proceso tomó una aceleración supersónica. Hay algo
que agradecerle al Papa polaco al respecto. Dejó completamente en claro
que las beatificaciones y canonizaciones son actos de política
eclesiástica. El acontecimiento que muestra esto con absoluta claridad
es el proceso mediante el cual llega a los altares José María Escrivá,
fundador del Opus Dei.
En el proceso no se respetaron los tiempos estipulados por la misma
Iglesia y, lo que es verdaderamente grave, no se escuchó a quienes lo
conocían y tenían sobre el candidato serias y fundadas objeciones. En la
política eclesial de Juan Pablo II, el Opus Dei jugó un papel
fundamental, tanto que lo hizo “prelatura personal”, es decir, ligado
directamente al Papa, liberándolo de toda autoridad.
Pero, ¿qué pasa con la inminente beatificación de Ceferino Namuncurá?
Llama la atención que del día a la noche se anuncie tal acontecimiento y
se realice con premura. Llama la atención, porque es sabido que los
esfuerzos que por décadas ha hecho la congregación salesiana en la
Argentina para lograrlo hasta el momento no habían dado resultado. Se
tejían diversas hipótesis sobre los motivos que hacían prácticamente
imposible la superación de las trabas. Y de repente éstas saltaron por
el aire. ¿Qué pasó?
Sucedió que en Vaticano está Benedicto XVI, quien sostiene que el
Concilio Vaticano II debilitó a la Iglesia, le hizo perder poder y, en
consecuencia, es tarea urgente cerrar lo que dicho concilio abrió. Ello
implica recuperar a la Iglesia desde sus raíces. Pero éstas no se
encontrarían en las primeras comunidades, sino en los siglos IV y V, en
los que se estructura el poder político y religioso que caracteriza a
Occidente.
El Concilio Vaticano II, según Benedicto XVI, vació a la Iglesia de
contenido al acceder al “aggiornamiento”, es decir, a los reclamos del
mundo moderno. En lugar de pararse frente a ese mundo y proporcionarle
su mensaje fuerte, exigente, dogmático, sin concesiones, cedió, trató de
“adaptarse”. Ello hizo que perdiese credibilidad. El secularismo, el
relativismo, el escepticismo ocuparon el espacio en el que antes
dominaba “la verdad” que la Iglesia transmitía sin ningún complejo de
inferioridad.
La atracción que antes tenía la Iglesia, doble atracción, porque era
poderosa material y espiritualmente, política y religiosamente, ahora ha
pasado a otras manos, a otros centros. Ellos son el Islam, el budismo y
las religiones de los pueblos originarios de América. Leamos: “El
renacimiento del Islam no sólo está vinculado a la nueva riqueza
material de los países islámicos, sino que está alimentado por la
conciencia de que el Islam puede ofrecer un fundamento espiritual sólido
para la vida de los pueblos que la vieja Europa parece haber perdido, lo
que hace que a pesar de mantener su poder político y económico, se vea
condenada cada vez más al retroceso y a la decadencia”.
El Islam aparece en primera línea entre los contrincantes a vencer. La
Iglesia no puede ser menos intransigente que el Islam en mantener su
doctrina y condenar a todos los “herejes”, si quiere ofrecer ese
“fundamento espiritual sólido” que hoy es una prerrogativa de los
musulmanes. Pero en el horizonte de la Iglesia que refunda Ratzinger
aparece otro competidor, “el budismo”, expresión de “las grandes
tradiciones religiosas de Asia”.
Nos falta el tercer contrincante, la religión de los pueblos
originarios. Descubre Ratzinger que “ha sonado la hora de los sistemas
de valores de otros mundos; de la América precolombina, del Islam, de la
mística asiática”, mientras Europa se encuentra en decadencia. ¿Qué
hacer con este tercer contrincante? Allí es donde aparece Ceferino
Namuncurá. Se trata de un mapuche, un verdadero miembro de uno de los
pueblos de América que se convirtió al cristianismo e inició los
estudios para consagrarse como sacerdote y ayudar de esa manera a su
pueblo.
Ceferino Namuncurá no es un símbolo de un solo sentido para el pueblo
mapuche. Para unos es un “traidor” o un “colonizado” por la Iglesia
Católica. Estos buscan su identidad en sus propias raíces fuera de lo
adquirido a través del cristianismo. Para otros, en cambio, expresa la
nueva identidad del pueblo que incorporó símbolos y valores cristianos,
reinterpretándolos desde su propia experiencia.
En esta dialéctica interviene Ratzinger. La elevación de Ceferino
Namuncurá a los altares es un buen instrumento en esta lucha con las
religiones de los pueblos originarios. Muestra lo afirmado por el Papa
en Brasil, en el sentido de que el cristianismo no se impuso por la
fuerza en América, sino que los pueblos americanos lo aceptaron, al
recibirlo de los misioneros. Frente al reclamo de los mapuches de haber
sido expoliados de sus tierras por quienes se legitimaban con la Biblia,
el actor que era Wojtyla respondió endosando las vestiduras mapuches y
exclamando: “Ahora también el Papa es un mapuche”. Ratzinger, en cambio,
responde elevando a un mapuche a los altares /
Azkintuwe
* Gentileza de
www.pagina12.com.ar
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