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BEATIFICACIÓN DE
CEFERINO NAMUNCURÁ |
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La beatificación del hijo de un
lonko mapuche vencido en la expedición del
Ejército a la Patagonia en el siglo XIX sacraliza el rol de la
Iglesia Católica como sustento dogmático de la represión. Coincide
con su reticencia a formular un liso y llano mea culpa por la
conducta de su Episcopado durante la guerra sucia contra la sociedad
argentina en la última dictadura. |
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Por Horacio
Verbitsky*
I
Domingo 11 de Noviembre de 2007 |
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- Foto
Gentileza de Río Negro. |
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Sobre la humillación,
escarnio: el Ejército vencedor concedió a Manuel
Namuncurá ocho hectáreas de tierra y el grado de
coronel y la Iglesia Católica elevará a uno de sus
hijos a los altares. |
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La Iglesia argentina no
suscribiría hoy las despectivas palabras de Manuel
Gálvez de 1947. Por el contrario, intenta reescribir
la historia de Ceferino en los términos de una
pastoral popular políticamente correcta. |
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Ceferino
Namuncurá, quien hoy será beatificado en Chimpay, Río Negro, era hijo
del lonko mapuche Manuel Namuncurá, quien el 5 de
mayo de 1884 se sometió a las tropas del general Julio Roca. Fue
mediador de su rendición el misionero salesiano Domingo Milanesio, quien
en la Nochebuena de 1886 bautizó a Ceferino, en Chimpay. Sobre la
humillación, escarnio: el Ejército vencedor concedió a Manuel Namuncurá
ocho hectáreas de tierra y el grado de coronel y la Iglesia Católica
elevará a uno de sus hijos a los altares. La beatificación de Ceferino
sacraliza el rol de la Iglesia Católica como sustento dogmático de la
represión contra los sectores subordinados de la sociedad. Coincide con
la ostensible dificultad de esa institución para efectuar un liso y
llano mea culpa por el comportamiento de sus jerarcas durante la guerra
sucia militar contra la sociedad argentina del siglo pasado, pese a que
entre sus miembros actuales sólo quedan dos de los integrantes de aquel
entonces. Las campañas de Roca y de la última dictadura consolidaron
grupos de poder decisivos y nuevas formas de inserción en el mercado
mundial.
El padre de Manuel y abuelo de Ceferino fue Juan Calfucurá. Mantuvo
durante décadas una relación de paz armada con el gobierno bonaerense de
Rosas, a quien apoyó con hombres de combate en la batalla de Caseros de
1852. Luego de la victoria de Urquiza, Calfucurá le envió a su hijo
Manuel Namuncurá, quien fue convertido al catolicismo en Paraná.
Calfucurá murió en 1873 y su tumba fue profanada por “la soldadesca” del
Ejército, según la calificación del canciller Estanislao Severo
Zeballos. Junto a los restos del último soberano de la pampa exhumaron
los de su caballo, diversas armas y veinte botellas de anís, caña,
ginebra, aguardiente, licor de manzanas, cognac y agua, lo que a su
juicio revela que estos indios “conservan una noción oscura de la
inmortalidad del alma”.
La tropa del general Levalle, dice
Zeballos en sus Episodios en tierras del sur, “había trabajado medio día
al rayo del solazo de esta época y encontró en las botellas un
refrescante que debió parecerle tan delicioso como los helados de la
confitería del Aguila. En un instante fueron agotadas las botellas de
las bebidas del finado, que estaban herméticamente cerradas y cuyos
tapones volaban con gollete, bajo el lomo de los puñales”. Zeballos
llegó a reunir una colección de 150 cráneos que varios coroneles de Roca
le traían como regalo para su museo privado junto con objetos de plata y
con las varias cajas del importante archivo del cacicazgo de Salinas
Grandes, saqueados a estos “salvajes”, como los llamaba, que tenían una
oscura comprensión del espiritualismo católico.
Contrastes
El escritor católico Manuel Gálvez, quien llamó a Ceferino El santito de
la toldería, se sintió obligado a explicar hace sesenta años por qué
había decidido escribir la biografía de “un oscuro indiecito que pasó
ignorado por este mundo y que nada hizo de importante”. Sus argumentos
son notables: “Más que la virtud de Ceferino y que sus formidables
antepasados, me ha atraído el contraste entre el ambiente en que nació,
la pampa bárbara, y el ambiente en que vivió, la Roma de Pío X. No, no
ha habido en el mundo, nunca jamás, una posición igual. En la pampa de
Calfucurá y de Namuncurá, sangre, violencias, saqueos, latrocinios,
corrupción, ignorancia absoluta, paganismo. En el ambiente que rodeó a
Ceferino en sus últimos meses, la Iglesia de Cristo, la bondad del Santo
Padre, la cultura latina y cristiana. Con pocos años de diferencia, el
hijo de la Pampa, que oyera entre los suyos los relatos de los malones,
oirá la palabra del representante de Cristo y las voces maravillosas del
órgano en San Pedro del Vaticano. ¿No es un milagro eso de haber pasado
desde los ranchos junto al Collon-Curá hasta la capilla Sixtina,
decorada por Buonarroti?”.
Las relaciones políticas y económicas entre pobladores originarios e
inmigrantes blancos eran tan intensas que en las guerras civiles entre
Buenos Aires y la Confederación cada bando criollo tenía aliados
indígenas: Mitre con Catriel, Urquiza con Calfucurá, que atacaba las
estancias bonaerenses en apoyo a la estrategia del entrerriano.
Calfucurá batió a Bartolomé Mitre en Sierra Chica y en San Jacinto.
En 1872 el arzobispo de Buenos Aires Federico Aneiros había
creado un “Consejo para la Conversión de los Indígenas al Catolicismo”
que en los años siguientes envió misiones pacíficas a bautizar en los
asentamientos fronterizos de Cipriano Catriel, Melinao, Raylef, Coliqueo
y Namuncurá.
Todo cambió cuando Roca inició su campaña de exterminio y le pidió al
arzobispo Aneiros la designación de capellanes que acompañaran a las
tropas. Los misioneros partieron en el mismo tren que Roca y su Estado
Mayor, despedidos por el repique de las campanas de las iglesias de
Buenos Aires ordenado por Aneiros para saludar a los expedicionarios. El
sacerdote Santiago Costamagna confió sus preocupaciones al creador de la
sociedad de San Francisco de Sales, Juan Bosco. Roca había ofrecido la
protección militar a los sacerdotes “y nosotros inclinamos la cabeza y
partimos en calidad de misioneros y capellanes militares”. Su
incomodidad por el uso de medios tan poco evangélicos como las armas no
llegaba a poner en duda su participación en la campaña: “¿Qué tienen que
ver el ministro de guerra y los militares con una misión de paz? Mi
estimado Don Bosco, es necesario adaptarse por amor o por la fuerza. En
esta circunstancia la cruz tiene que ir detrás la espada. ¡Paciencia!”.
Pocos meses antes se había conocido que uno de los hermanos de Roca
había hecho fusilar a más de medio centenar de indígenas. Rudecindo Roca
en su parte de campaña los había dado por muertos en un enfrentamiento
con sus tropas. Pero el diario La Nación reconstruyó en base a
testimonios y publicaciones de diarios del interior que eran prisioneros
que habían sido encerrados sin armas en un corral. Para el diario que
Mitre había fundado ocho años antes, se trató de un “crimen de lesa
humanidad”. Los partes militares estudiados por la antropóloga Diana
Lenton también dan cuenta del secuestro de chicos, la matanza de
prisioneros, la violación sistemática como arma de guerra, la
prostitución forzada como botín de los soldados.
El vicario general y futuro arzobispo de Buenos Aires Mariano Espinosa y
los salesianos Costamagna y Luis Botta llegaron con la vanguardia del
Ejército hasta el río Colorado, donde oficiaron misa. En el camino iban
convirtiendo a los indígenas que quedaban con vida. Cumplían así con una
parte del mandato constitucional (“Proveer a la seguridad de las
fronteras; conservar el trato pacífico con los indios, y promover la
conversión de ellos al catolicismo”). El coronel
Manuel J. Olascoaga vio en la ceremonia “los sentimientos más puros,
elevados y nobles: la religión, el patriotismo y la esperanza de los
grandes destinos prometidos a la Patria en aquel escenario que servía de
templo”. Según Roca esos desolados campos se convertirían en pueblos
florecientes en los que millones de hombres vivirían ricos y felices.
Ricos y felices vivieron menos de dos mil personas, entre ellos altos
jefes o proveedores del Ejército, como el propio Roca y sus hermanos
Ataliva y Rudecindo, entre quienes se repartieron millones de hectáreas
de tierra. Roca reforzaba la fidelidad militar con la entrega de enormes
superficies arrebatadas a los pobladores originarios pero también a los
pioneros blancos de la frontera que su Ejército arrasó.
Las memorias de uno de los oficiales de esa campaña, el
comandante Manuel Prado, cantan a los “pobres y heroicos milicos”, cuyos
restos se blanqueaban confundidos con las osamentas del ganado, a
orillas de las lagunas o en el fondo de los médanos, mientras la tierra
pública era “marchanteada en concesiones fabulosas de treinta y más
leguas” que caían bajo “la garra de favoritos audaces”, que formarían el
núcleo de la oligarquía.
Costamagna, uno de los capellanes salesianos que llegaron al Río Negro
para catequizar a los vencidos, consignó: “La miseria en que los
encontré es algo impresionante”. Una foto tomada en 1879 en el Fortín
Puan simboliza el ambiguo rol de la Iglesia. De un lado posan en sus
uniformes (que en la placa se ven grises) Roca y sus coroneles
Olascoaga, Villegas, Vintter, García, Pico y Cerri, y del otro,
solitario y el único con vestimentas blancas, el cacique Pichi Huinca.
Entre ambos, de riguroso negro eclesiástico, el obispo Espinosa y el
presbítero Costamagna. En 1883, Milanesio y su colega Giuseppe Fagnano
denunciaron los “agravios a las garantías de los vencidos”, pero sólo en
cartas que enviaban a Italia, mientras en el país actuaban como parte de
un “bloque civilizador” unido. Hasta el
propagandista contratado por Roca para exaltar su gesta consignó que de
los 4032 muertos y prisioneros hechos por el Ejército sólo 911 “son de
pelea, los demás de chusma”, es decir, mujeres y niños.
Aunque la Iglesia apoyó la campaña,
los salesianos querían convertir a los indígenas y asentar colonias
agrícolas en el lugar. Esto provocó agresiones contra la misión
salesiana en Patagones, cuyos muros fueron pintados con consignas
anticlericales. Un grupo liberal apoyado por el general Lorenzo Vintter
agravió a Fagnano y le exigió que se alejara. La
oligarquía y el Ejército tenían otro plan, que los salesianos
estorbaban: los hombres debían trabajar en condiciones de esclavitud en
los ingenios azucareros de Tucumán (la provincia natal del presidente
Avellaneda y de su ministro y sucesor Roca), las mujeres y sus hijos
como sirvientes de las familias prominentes de Buenos Aires, las mismas
que se repartieron las tierras arrebatadas a sus pobladores.
Esto condicionó el desenvolvimiento posterior de la sociedad y la
economía, porque la tierra también quedó fuera del alcance de los
inmigrantes atraídos por el programa de Sarmiento y Alberdi. No hubo
colonización agrícola de pequeñas propiedades que producen para el
mercado interno como en Estados Unidos, sino gran latifundio de
exportación hacia el mercado británico, del que se importaban todas las
manufacturas. Para financiar la expedición de
Roca, se contrajo un millonario empréstito. El endeudamiento fue ya
entonces el gran mecanismo reciclador de las relaciones de poder, porque
unos gozaron del crédito y otros lo pagaron. Sarmiento lo resumió el año
del nacimiento de Ceferino con una paráfrasis despiadada del Himno
Nacional:
“Calle Esparta su virtud,
sus hazañas calle Roma.
¡Silencio! que al mundo asoma
la gran deudora del sur”.
Ceferino inició una carrera religiosa en Viedma y en Buenos Aires, bajo
la orientación del salesiano Juan Carlos Cagliero, con quien luego viajó
a Italia. Su propósito era proseguir sus estudios, ordenarse sacerdote
para ayudar a su pueblo y tratarse de la tuberculosis, una de las
enfermedades contagiadas a los pueblos originarios por soldados y
misioneros y que, como consignó Fagnano en sus anotaciones, diezmó a la
población aborigen que los salesianos reunieron en su misión de La
Candelaria, en Tierra del Fuego. En Turín, Ceferino fue recibido por la
reina y la princesa de Saboya, y en Roma por el papa Giuseppe Sarto, el
implacable Pío X, denunciador de modernistas y católicos sociales, quien
le regaló una medalla. Todos los relatos hagiográficos destacan la
complacencia del Pontífice al escuchar al humilde aborigen expresarse en
italiano. Ceferino agonizó sin quejarse y murió en 1905, a los 18 años.
Los Tornquist
Sus restos fueron repatriados en 1924 por gestión del salesiano Adolfo
Tornquist, heredero de una familia de íntima vinculación con la guerra
al indio. Era hijo del ingeniero belga Ernesto Tornquist, cuya empresa
de transporte Villalonga condujo de ida las provisiones para los
soldados expedicionarios que conquistaron esas tierras y llevó de vuelta
a los indígenas capturados como mano de obra esclava a Tucumán. También
construyó el ferrocarril de Tucumán a Rosario y financió la construcción
del puerto de Rosario, para exportar el azúcar producido en esas
condiciones. Cuando Roca fue presidente le brindó tres ministros de
Hacienda que eran gerentes de sus empresas, tal como haría Acíndar en
1976 con su presidente José Alfredo Martínez de Hoz. La Administración
Tornquist, instalada en uno de los pueblos que se fundaron durante la
campaña, recibió la asistencia espiritual de los salesianos. Milanesio
celebraba misa, predicaba, confesaba, administraba los sacramentos y
catequizaba en la sala más amplia de la sede empresarial.
El propio Roca asistió a la bendición
de una capilla construida por Ernesto Tornquist. Su hijo Adolfo ingresó
a la orden de Don Bosco y fue donante para la construcción de algunos de
“los más suntuosos edificios modernos de Roma”, según el admirativo
comentario del embajador argentino Carlos de Estrada. En 1934, año del
Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires, la Santa
Sede agradeció “la generosidad del salesiano Adolfo Tornquist”, que
permitió erigir “con dinero argentino” el Instituto Pío XI de Roma. Dos
años antes el rector de la Universidad Pontificia Gregoriana rindió
homenaje de gratitud a “los hijos de la noble Nación Argentina” que
“ocupan el primer lugar sobre todos los demás benefactores”. Cuando
llegaron al puerto de Buenos Aires, los despojos de Namuncurá fueron
conducidos de regreso a la Patagonia por la empresa familiar de los
Tornquist, el Expreso Villalonga. Modelo de sumisión, el beato es
recordado por la Iglesia como “el lirio de las pampas”. Ni la
información eclesiástica ni los artículos de prensa sobre la
beatificación dispuesta por Benedicto XVI mencionaron las relaciones de
la Santa Sede con la oligarquía argentina ni el proceso social y
económico que llevó al indiecito bueno de las tolderías de la Patagonia
hasta Roma y luego de su muerte, a la puerta del santoral.
La Iglesia argentina no suscribiría hoy las despectivas palabras de
Manuel Gálvez de 1947. Por el contrario, intenta reescribir la historia
de Ceferino en los términos de una pastoral popular políticamente
correcta. Por eso, parte de la beatificación, a las 11 de hoy, será en
mapuche, para honrar los orígenes del beato. En julio de este año, los
obispos activos y jubilados de la región Patagonia-Comahue (Marcelo
Melani, Néstor Navarro, Fernando Maletti, Virginio Bressanelli, Esteban
Laxague, Juan Carlos Romanín, José Pedro Pozzi, Alejandro Buccolini,
Miguel Esteban Hesayne y Pedro Ronchino) sostuvieron que Ceferino era,
como Cristo, un signo de contradicción: “En una sociedad donde se
proclama la supremacía de la raza blanca él afirma la igualdad de todas
las razas; en una sociedad donde se aprecia el valor de la violencia y
de la fuerza física, él manifiesta el valor del amor y del perdón”.
Agregaron que siguiendo a Jesús,
Ceferino “presenta una alternativa a nuestra sociedad consumista y que
excluye a muchos. En una sociedad que despreciaba a los aborígenes, que
había hecho de la Campaña del Desierto una epopeya de la civilización
contra la barbarie, se presenta este joven sin poder, sin dinero, sin
títulos, sin odio. Es un indio que ha perdido todo, pero que mantiene su
cultura, sus valores, su espíritu de comunión con los demás y su férrea
voluntad. Es pobre de medios materiales, pero es rico de virtudes y de
actitudes que hacen de él un modelo nuevo y distinto, ejemplo para
todos”. Su cultura y sus valores son, precisamente, aquello a cuyo
despojo contribuyó la Iglesia Católica. El Episcopado agregó el viernes
que Ceferino transmitía un mensaje de reconciliación, la palabra en
código por impunidad /
Azkintuwe
* Gentileza de
www.pagina12.com.ar
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