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Captar la profunidad del cambio social
y cultural implica mirar en detalle la infinidad de pequeñas
acciones que costaron decenas de vidas, miles de presos y heridos
por un régimen racista y machista que terminó por desfibrarse en las
postrimerías de Vietnam. Ahí está el Freedom Summer de 1964, una
campaña nacional que llevó mil voluntarios a Mississipi para
inscribir votantes negros en los padrones electorales. |
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Por
Raúl ZIBECHI*
I
Azkintuwe |
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Barack
Obama Presidente. |
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Foto de Agencias. |
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Para
elevar a Barack Obama a la presidencia, la sociedad estadounidense
recuperó sus tradiciones de igualdad y justicia social, que no pudieron
ser erradicadas por dos décadas de gobiernos neoliberales. A contrapelo
de un cierto sentido común, podría decirse que el triunfo de Barack
Obama no cambia nada, aunque sería más ajustado afirmar que su llegada a
la Casa Blanca es el resultado de un cambio lento, cultural y social,
que viene fraguándose desde hace cuatro décadas. O más aún, si se toma
en cuenta el largo período de siglo y medio desde que los esclavos
consiguieron su libertad en los Estados Unidos.
A todas luces, focalizar el cambio
político en curso en el triunfo de Obama no puede sino opacar la
infinidad de cambios que viene procesando una sociedad multiétnica y
multicultural, desde las luchas por los derechos civiles de los negros
en la década de 1960. Si hay algo que encarna el “sueño americano”, no
es precisamente la utopía del ascenso social inidividual sino la
potencia material y simbólica del deseo de cambio colectivo. Desde hace
más de un siglo, los Estados Unidos se convirtieron en la cuna de los
movimientos sociales, ocupando el lugar vacante dejado por Francia desde
que la soldadesca de Thiers sepultó la Comuna de París en 1871.
Las fechas que conmemoran hoy los movimientos sociales en todo el mundo
se originaron en los Estados Unidos. El 1 de mayo, día de los
trabajadores, recuerda los disturbios en la plaza de Haymarket en
Chicago, el 3 y 4 de mayo de 1886 a raíz de la huelga de los obreros de
la McCormick Harvesting Machine. El 8 de marzo, dia de la mujer
trabajadora, es el homenaje a las 146 obreras textiles de la fábrica
Cotton, en Nueva York, que murieron calcinadas trabajando en condiciones
inhumanas en 1909. El 28 de junio, día del orgullo gay, recuerda las
“revueltas de Stonewall”, un bar de la comunidad LGBT en Greenwich
Village, Nueva York, donde miles de personas resistieron y derrotaron la
brutalidad policial en 1969.

Si hay algo que encarna el “sueño
americano”, no es precisamente la utopía del ascenso social inidividual
sino la potencia material y simbólica del deseo de cambio colectivo.
Desde hace más de un siglo, los Estados Unidos se convirtieron en la
cuna de los movimientos sociales. |
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Incluso el actual movimiento contra
la globalización neoliberal, tuvo un impulso decisivo con las
movilizaciones de Seattle en diciembre de 1999. Enfocado desde el tiempo
largo, el triunfo de Obama es una victoria de una sociedad civil
atravesada por un conjunto de movimientos socio-culturales (negros,
mujeres, gay, antiguerra de Vietnam, entre otros), que una virtud de su
propia personalidad, casi desconocida para los votantes. Ciertamente, es
fruto de una generación de activistas negros en la que destacaron Martin
Luther King y Malcolm X, así como de grandes actos como la Marcha a
Washington por la libertad y el trabajo, el 28 de agosto de 1963, cuando
King pronunció el célebre I have a dream.
Pero captar la profunidad del cambio social y cultural implica mirar en
detalle la infinidad de pequeñas acciones que costaron decenas de vidas,
miles de presos y heridos por un régimen racista y machista que terminó
por desfibrarse en las postrimerías de Vietnam. Ahí está el Freedom
Summer de 1964, una campaña nacional que llevó mil voluntarios a
Mississipi para inscribir votantes negros en los padrones electorales.
Entre los militantes que acudieron al llamado de la Asociación Nacional
para el Progreso del Pueblo de Color y el Comité de Estudiantes No
Violentos (NAACP y SNCC por sus siglas en inglés), y de otras
organizaciones, había mayoría de jóvenes blancos del norte, pero también
negros y muchos judíos que durante tres meses se unieron con activistas
negros del sur para desafiar el racismo en la boca del lobo. No fue un
paseo. En apenas diez semanas los miembros de Ku Klux Klan, aliados con
policías y autoridades, asesinaron cuatro activistas y otros cuatro
fueron heridos de gravedad, 80 sufrieron golpizas, mil fueron
arrestados, 37 iglesias que apoyaban la campaña y 30 viviendas de
familias negras fueron quemadas o bombardeadas.
Desde el punto de vista cuantitativo, la campaña fue un fracaso ya que
apenas consiguieron registrar 1.600 votantes de los 17 mil que
pretendían empadronar. No se amedrentaron. Instalaron “escuelas libres”
en las iglesias, en patios de casas y hasta bajo los árboles, como
alternativa ante la segregación escolar, por las que pasaron miles de
personas.
La perseverancia rindió frutos: los militantes del Freedom Summer
consiguieron visibilizar el racismo y la persecución, y modificaron el
curso del movimiento por los derechos civiles. Sólidos estudios como el
del sociólogo Doug Mc Adam(1), aseguran que Freedom Summer fue un
parteguas en la sociedad estadounidense. En base al seguimiento de las
hojas de vida de una parte de los activistas, sostiene que ese verano
cambió la vida de quienes participaron en la campaña de solidaridad. Lo
sucedido con ese millar de personas debería multiplicarse hasta consumar
un cambio cultural y social de una parte sustancial de la población de
los Estados Unidos, ya que aquella fue apenas una de cientos de
actividades militantes de los 60.
El movimiento sufrió duros golpes, como el asesinato de King en 1968 y
la represión contra Panteras Negras, donde militaba Mumia Abu-Jamal, a
partir de 1969. En poco tiempo los líderes se convirtieron en referentes
nacionales (hasta George W Bush se inclina ahora ante la memoria de
King), y las aristas más ríspidas del segregacionismo fueron formalmente
abolidas. Como suele suceder en la vida real, los cambios profundos no
se manifiestan de forma inmediata. Frederic Jameson señala que “los
acontecimientos históricos no son puntuales, sino que se extienden en un
antes y un después del tiempo que sólo se revela gradualmente”. Esa
gradualidad indica que el cambio cultural es, en esencia, cambio lento,
glacial, que no se mueve al ritmo esquizofrénico de la actividad
político-electoral. Porque no opera linealmente ni sobre el escenario
sino bajo la línea de visilidad pública y, casi siempre, de modo
tangencial.

Jóvenes e hispanos. La
historia se repite. Luego de algunas décadas de cruda opresión, la gente
parece reaccionar con potencia incontenible. Como movimiento social, el
lugar de los negros de los 60 lo ocupan hoy los hipanos. |
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El movimiento triunfó cultural y
socialmente, pese a la contrarrevolución de Reagan, de Bush padre e
hijo. O sea, resistió dos décadas de políticas neoliberales. Los
resultados del 4 de noviembre hablan solos. Quienes llevaron a Obama a
la presidencia fueron los hispanos y los jóvenes, en primer lugar,
seguidos de los habitantes de los suburbios y los negros. Comparados los
resultados con los de 2004, los demócratas recibieron un 25 por ciento
más de votos hispanos y los votos de los menores de 29 años crecieron
otro 25 por ciento, lo que explica la diferencia de siete millones de
votos entre Oabma y Mc Cain. En Florida el voto hispano por Obama fue un
27 por ciento superior al cosechado por Kerry cuatro años atrás. En
Carolina del Norte, otro ex bastión republicano, el voto suburbano
demócrata creció un 45 por ciento.
Jóvenes e hispanos. La historia se repite. Luego de algunas décadas de
cruda opresión, la gente parece reaccionar con potencia incontenible.
Como movimiento social, el lugar de los negros de los 60 lo ocupan hoy
los hipanos. No es casualidad que entre los 18 millones de hispanos
habilitados para votar, el 80 por ciento haya concurrido a las urnas. Un
porcentaje altísimo en cualquier parte.
Una vez más, el cambio cultural y social ha ido por delante de la
política institucional, que al parecer es la última actividad en
percibir el clamor societal. Obama es, de alguna forma, un retorno de
los 60. Pero un retorno tamizado por el tiempo y los cambios culturales
y demográficos. Puede acelerar o retrasar el declive de Estados Unidos
como superpotencia, pero no podrá impedirlo. Si se inspirara en la
generación que lo parió, podría inducir un suave amerizaje que evitara
el naufragio de la nación, para lo cual debería reactivar algunas
instituciones del Estado del Bienestar a favor de la fracción más débil
de su base social. Tal como está el mundo y en vista de la
intransigencia de las elites, para hacerlo necesitaría al menos una
parte del valor de King y de los voluntarios del Freedom Summer / AZ
* Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la
Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios grupos
sociales.
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