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FOTO DE
AGENCIAS. |
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Ya no había espacio para la
esperanza, sólo una triste resignación amplificada por el peso de su
figura, que trascendió fronteras geográficas y artísticas. En la
madrugada de ayer, a los 74 años, falleció Mercedes Sosa, debido a una
disfunción renal cuyas complicaciones comprometieron todo su organismo y
derivaron en una falla cardiorrespiratoria. Desde que se conoció la
noticia de su grave estado de salud, en los últimos días que pasó en la
unidad de cuidados intensivos del Sanatorio de la Trinidad –donde estaba
internada desde el 18 de septiembre–, una certeza quedó instalada: con
La Negra se va la gran voz de América. Se va, también, como quedó
enternecedoramente puesto en acto en su velatorio –donde desde el
mediodía de ayer desfilaron miles para darle el último adiós–, una
figura en gran medida maternal, contenedora en más de un sentido.
Si Mercedes Sosa ha significado tanto para la multitud que quiso ir al
Congreso, para los que en estos días inundaron la web con mensajes de
amor, para los que desde todo el mundo la lloran, no fue sólo por su
condición de cantora excepcional (y así se fue Mercedes, en pleno uso de
esas facultades únicas). También por lo que esta mujer eligió cantar,
aquel canto con fundamento que sostuvo hasta el final. Porque tuvo
fundamento, su canto superó incluso sus contradicciones –su derrotero
político, su coqueteo con Macri–. Y de eso, nunca se arrepintió.
Destino del canto
Mercedes Sosa nació el 9 de julio de 1935, el Día de la Independencia, y
en Tucumán. Toda una declaración de principios para una mujer que
terminaría representando un relato posible de identidad argentina y
latinoamericana. El día de su nacimiento, los diarios todavía ocupaban
sus páginas con una noticia que dos semanas atrás había conmovido al
país, más allá de las fronteras de la música: la muerte de Carlos
Gardel. Lo mismo está ocurriendo desde que se conoció la noticia del
grave estado de salud de Mercedes, aunque los medios ahora sean otros.
Se iba a llamar Julia Argentina, por la fecha patria en que le tocó
nacer. Se iba a llamar también Marta, según el deseo de su madre. Pero
su padre, como hacen algunos padres que van solos al registro civil, la
anotó como Haydée Mercedes. La madre nunca aceptó el cambio inconsulto:
puertas adentro de su casa, Mercedes fue la Marta. Más allá del fugaz
nombre artístico de Gladys Osorio, para el mundo sería por siempre
Mercedes, La Negra.
A fines de los ’50, era la esposa del artista. “Me enamoré de sus
canciones”, decía al explicar por qué se había casado con Oscar Matus,
desafiando a toda su familia, y se había instalado en Mendoza. Todavía
su voz no había sido descubierta: el artista, el poeta, era su marido.
Con esas canciones que la enamoraron hizo su primer disco. Con Matus,
Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Horacio Tusoli, Víctor Nieto, entre
otros artistas cuyanos, fundó el Movimiento del Nuevo Cancionero, que
marcaría la canción popular argentina e inspiraría otras búsquedas, tal
como sucedía con otros movimientos similares en aquellos efervescentes
’60.
Mercedes Sosa fue Mercedes Sosa no sólo por ser una voz excepcional: lo
fue por abrazar, de allí en más, esa canción con fundamento, superadora
del paisaje, abarcadora de lo humano, acusadora de lo social. Ella misma
se definía en función de esa elección, tal como se la escucha decir en
el DVD que acompaña su último trabajo, Cantora: “Estos premios colgados
en las paredes de mi casa no son solamente porque canto, son porque
pienso. Pienso en los seres humanos, en la injusticia. Pienso que si yo
no hubiera pensado de esta manera, otro hubiera sido mi destino. Hubiera
sido una cantora común. Eso me hace pensar que no me equivoqué. Ni me
equivoqué cuando comencé a pensar ideológicamente”.
La voz sin fronteras
En 1965 cantó de prepo en el Festival de Cosquín. Eran los tiempos del
“boom” del folklore, cuando este evento realmente consagraba artistas y
marcaba la agenda del género. Al recordar aquel debut, Mercedes no
ahorraba palos a la Comisión de Cosquín, encargada de definir la
programación. Hasta sus últimos días se ocupó de recordar que aquella
vez actuó “en contra de los de la comisión”. “Cafrune me presentó al
costado del escenario, porque la Comisión de Folklore no me dejaba
subir”, detallaba en un reportaje a este diario. “Yo siempre tuve
problemas con la comisión, no sé por qué... En ese tiempo porque era
comunista, sigo siéndolo, pero por entonces era mala palabra. Canté con
una cajita, nomás. Tuve un éxito muy grande, y ahí ya me contrató la
Philips para grabar. Fue una actuación muy importante en mi carrera. Es
más, fue la definitiva.”
A partir de 1976 comenzó a hacérsele cada vez más difícil trabajar, como
a tantos artistas populares argentinos: falta de lugares que la
aceptaran en su programación, espectáculos cancelados poco antes de
comenzar, amenazas contra su vida. En 1978 irrumpió la policía en un
recital en La Plata, la detuvieron durante dieciocho horas y
aterrorizaron al público (la anécdota es bellamente contada en un
mensaje dejado en su página web oficial, ver aparte). Durante la
dictadura llegó a editar Mercedes Sosa, con temas de Víctor Jara y Pablo
Neruda, Mercedes Sosa interpreta a Yupanqui y Serenata para la tierra de
uno. Pero ya casi no conseguía trabajo, y en 1979 se exilió en París, y
luego en España.
A comienzos de 1982 volvió a cantar a la Argentina. Regresaba a un país
que aún se jactaba de tener las urnas “bien guardadas”, pero en el que
ya se permitían algunas “distracciones”. Los conciertos que dio entonces
en el teatro Opera –iban a ser dos o tres, prácticamente sin difusión, y
al final, a fuerza del boca a boca, fueron trece a sala llena– no sólo
marcaron su regreso, sino también un hito en la escena nacional. Entre
los invitados de aquellos conciertos estuvieron Raúl Barboza, Ariel
Ramírez, Rodolfo Mederos y representantes del rock como Charly García y
León Gieco. Al invitar a cantar a rockeros a sus conciertos, Mercedes
avaló con su figura un tipo de cruce que en rigor ya existía –Litto
Nebbia cantando una zamba con Domingo Cura en bombo, tal como se lo ve
en la película Rock hasta que se ponga el sol, Dino Saluzzi actuando en
el Festival de Rock de La Falda de 1980–, pero que de allí en más se
impondría como una marca de amplitud contenedora de su canto, en un
repertorio en el que supo incluir a Silvio Rodríguez y Fito Páez, Cobián
y Cadícamo y Pablo Milanés, Daniel Toro y los nuevos autores de
folklore. De aquella serie de conciertos del Opera se editaron los LP En
vivo en Argentina, una de las obras más vendidas de la discografía
nacional.
Así pasó a ser no sólo una voz incuestionable, también una suerte de
símbolo afín a cierto progresismo urbano, que le cuestionaba tanto el
haberse definido alguna vez como comunista, como el pecado de ser de
izquierdas y mientras tanto tener un buen auto o una buena casa. Pero
que sin embargo la adoptó como la voz comprometida, la voz necesaria.
Como la cigarra
La historia de los últimos años de su carrera podrían contarse entre
recaídas y regresos con gloria, como un ave fénix obstinada, con la
potencia y el caudal de voz intactos, maravillando cada vez. Hubo una
enfermedad que la acompañó en las últimas décadas de su vida: depresión
enmascarada, la llamaba ella, y decía que tenía un origen muy claro en
el sufrimiento del exilio. La primera manifestación de esta depresión
aguda la llevó al borde de la muerte en 1997, después de presentar Alta
fidelidad. Mercedes Sosa canta a Charly García, un disco que nunca pudo
llevar a la presentación en vivo junto a su amigo. Le llevó casi un año
recuperarse, y lo hizo cantando, como cada vez que volvió de esas largas
temporadas en la cama. Llamó al disco de aquel regreso Al despertar, se
llevó con ese trabajo el Premio Gardel al Disco del Año, volvió a dar
conciertos multitudinarios en la Argentina, volvió a girar por el mundo.
Volvió a cantar –siempre en compañía de colegas de todos los géneros;
por entonces estuvo en la cancha de Boca con Luciano Pavarotti–, y por
lo tanto volvió a ser feliz.
“Sigo cantando, como la cigarra”, anunciaba. En 1999 lanzó la Misa
criolla, en 2001 grabó en vivo Acústico en el Gran Rex. En 2002, junto a
León Gieco y Víctor Heredia, propuso Argentina quiere cantar. Las
presentaciones con sus dos entrañables amigos incluirían varias giras
por el interior del país, y también por Europa y Estados Unidos, pero no
pudieron completar el proyecto. Mercedes volvió a caer, volvieron las
complicaciones físicas, volvió a manifestarse aquella vieja depresión.
Entre 2003 y 2005 pasó momentos muy difíciles, con internaciones,
deshidrataciones y descompensaciones, agravadas en el último tiempo por
un par de caídas en el baño de su casa, una de las cuales le resintió
una vértebra. Fueron dos años en los que pasó buena parte de su tiempo
en la cama.
El año 2005 marcó su último gran regreso, y fue con todo. Volvió con un
disco bello y despojado, Corazón libre, con dirección artística de
Chango Farías Gómez, editado por el prestigioso sello alemán Deutsche
Grammophon, que la eligió por considerarla “una de las mejores voces del
mundo entero”. Volvió también a los escenarios, donde empezó a cantar
sentada, y en un principio, con un cinturón ortopédico ajustándole la
cintura. La debilidad física que exhibía, con varios kilos menos de su
peso habitual, conmovía. Necesitaba un sostén para entrar al escenario
–en ocasiones, una silla de ruedas–, la ayudaban a llegar a la silla
desde la que cantaría. Pero se retiraba bailando, animándose a unos
pasos al ritmo de “La luna llena”, a veces acompañada por los tambores
del grupo La Chilinga.
Lo que conmovía, en realidad, era esa transformación operada en vivo y
en directo: tan pronto como entonaba el primer verso, La Negra se volvía
poderosa, gigante, indestructible. Su voz estaba intacta, y no es una
manera de decir: verdaderamente seguía siendo la gran voz de América,
una de las mejores del mundo, una de las elegidas.
El acontecimiento que marcó el inicio de aquel regreso fue la edición
2005 del Festival Músicas de Provincia (a propósito: antes de Mauricio
Macri Buenos Aires podía darse lujos, como un festival de folklore.
¿Alguien lo recuerda? ¿A alguien le importa que la ciudad ya no lo
tenga?). El 21 de diciembre de ese año, Mercedes cantó ante unas quince
mil personas en su provincia natal, en una visita que significó el
reconocimiento en suelo propio, con el Doctorado Honoris Causa de la
Universidad de Tucumán. Aquella actuación, dijo, marcó el reencuentro
con un público que recién entonces la sentía próxima: “Hacía muchos años
que no iba, la última vez fue cuando murió mi madre, en el ’99”, contó
entonces. “Recién ahí me empezaron a tratar como una artista no sólo
tucumana sino de todo el mundo. Porque siempre está esa cosa con los
artistas de acá: cómo puede ser famosa, si vive enfrente de mi casa...
Sentí que Tucumán recién me adoptó entonces”.
Allí arrancó una gira que la llevó por cuanto festival y provincia pudo
cubrir por tierra: sus dolencias no le permitieron volver a viajar en
avión. Seguía cantando con una fuerza de otro orden, allí donde se
presentara; seguía escuchando con fruición nuevas voces, nuevos autores,
maravillándose ante el poder de la canción. “¡Qué hermoso que es cantar,
Dios mío!”, repetía, y explicaba: “Yo me enamoro de las canciones como
se puede enamorar una de un hombre. Tengo amor por lo que canto, por eso
nunca pensé en cantar para vivir. Yo canto porque amo hacerlo, desde
siempre”.
Si parecía imparable, si parecía capaz de la perfección vocal en
cualquier contexto, parecía también que podía pedírsele más. Comenzó a
gestarse un proyecto ambicioso: un disco –terminarían siendo dos– que
presenta a Mercedes como la gran voz capaz de congregar al abanico más
amplio de la canción iberoamericana, de Joan Manuel Serrat a Shakira, de
Caetano Veloso a Luis Alberto Spinetta, pasando por Joaquín Sabina,
Diego Torres, Jorge Drexler, Marcela Morelo, Soledad, Calle 13, Charly
García, León Gieco, Víctor Heredia, Pedro Aznar, entre otros muchos.
Aquella fue su última producción, Cantora, que no llegó a presentar
formalmente. En el DVD que se salió con la edición final del disco
doble, se la ve a Mercedes como la madre que le aconseja a Gustavo
Cerati gárgaras de bicarbonato para poner a punto la voz; exclamando una
y otra vez cuánto le gusta cantar, pero qué poco grabar; abrazando y
dejándose abrazar por todos sus colegas, recibiendo halagos, pero
también ofreciéndolos. Se ve, sobre todo, a la mujer que se sigue
emocionando con la letra de cada canción, que llora, que resalta versos,
que explica que ella los vivió, y por eso los canta con el alma, con la
voz y con todo el cuerpo. Queda, como fondo musical de su vida, aquellos
versos de “Barro tal vez” que escribió un adolescente Luis Alberto
Spinetta, y que son parte de lo más alto del último disco de Mercedes,
subrayado su aire de zamba. Mercedes Sosa cantó lo que sintió, sin una
palabra de más, hasta el final. En eso se le fue la vida.
* Gentileza
www.pagina12.com.ar
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