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FOTO DE ALEJANDRA BARTOLICHE. |
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Una
opinión sobre « La cuestión mapuche” publicada en La Nación el 22 de
septiembre del 2009 y correctamente catalogada en el rubro de sus
“pensamientos incorrectos”, el periodista Rolando Hanglin argumenta
acerca de la autoctonía de los indígenas mapuche que hoy viven en
territorio argentino con la finalidad explícita de cuestionar su
pretendido reclamo de devolución de tierras e indemnización por el
genocidio sufrido por sus antepasados, reclamo sobre el que no aporta
ninguna precisión.
Hanglin no objeta que la comunidad Cayún de San Martín de los Andes sea
indígena. Lo que motiva su reacción es que se autodefina como mapuche.
Los mapuche, pretende demostrarnos salpicando su texto con referencias
bibliográficas heterogéneas, no existieron jamás en territorio
argentino. Eran oriundos de Chile, penetraron en las pampas desde el
siglo XVII de modo violento y vivían del malón contra las estancias de
las fronteras. Los reclamos de sus descendientes en territorio argentino
serían por lo tanto ilegítimos. Lo que está negando Hanglin es nada más
y nada menos que la preexistencia de los mapuche a las provincias y al
Estado nacional, que la Constitución reformada en 1994 reconoce a los
pueblos indígenas en su artículo 75, inciso 17.
En mi condición de historiadora, quisiera reaccionar a la opinión
periodística de Hanglin en torno a tres puntos: quiénes son los mapuche,
porqué se los acusa de extranjeros y qué derechos reconoce la
legislación argentina a los pueblos indígenas.
-¿Quiénes son los mapuche?
En algunas de sus afirmaciones, Hanglin tiene razón: los textos de los
cronistas de Indias, de los geógrafos militares, de los propios caciques
en su correspondencia con las autoridades nacionales, y de autores
célebres como Zeballos, Mansilla y Prado no hablan de “mapuche”:
Zeballos se refiere a araucanos, Mansilla a ranqueles, Prado a indios
nomás. Si –como lo recomienda a sus lectores- profundizara un poco más
en sus lecturas etnográficas e históricas, Hanglin se percataría quizás
que tampoco aparecía en aquellos tiempos el término “mapuche” en el
propio Chile (ni el de “argentinos” en el ámbito rioplatense, donde sí
había en cambio mendocinos, puntanos, cordobeses, tucumanos,
santiagueños, santafecinos y porteños, entre otras pertenencias
étnicas). Es que, como los demás pueblos y naciones del mundo, los
mapuche no fueron ni son una esencia inmutable congelada en el espacio y
en el tiempo, sino el dinámico resultado de un complejo proceso
histórico.
Los combativos naturales de Chile, que Alonso de Ercilla denominó
tempranamente araucanos, se solían llamar a sí mismos reche, la “gente
auténtica”, pero aparecen a menudo en las fuentes designados por otros
según su situación relativa. Así, los picunches eran las gentes del
norte, los huilliches las del sur, los puelches, las del este y los
moluches las del oeste. En el siglo XVIII se habían organizado
políticamente en cuatro grandes agrupaciones territoriales
longitudinales que se conocían como Vutanmapus: los costinos eran los
lavquenches, los llanistas o “abajinos” lelvunches, los del pedemonte
andino (inapire-vutanmapu) eran huenteche o “arribanos” y los de la
cordillera se conocían como pehuenches. Estas diferentes agrupaciones
eran políticamente autónomas, y así como concretaban alianzas militares
y económicas entre sí, se enfrentaban a menudo en cruentos conflictos.
La palabra mapuche empieza a aparecer en los textos recién a mediados
del siglo XVIII, cuando estos pueblos, profundamente transformados en su
economía, su organización social y política y hasta en sus creencias
religiosas por su experiencia de contacto secular con los europeos,
emergen de ese largo proceso como algo nuevo, que se autodefine como
mapuche, “gente de la tierra”, por oposición al no indígena, al winka.
El antropólogo francés Guillaume Boccara ha rastreado magistralmente
esta evolución en su tesis doctoral[1].
Desde los albores del siglo XVII, estos indios de Chile que aún no se
llamaban mapuche ingresaron en las pampas ya sea huyendo de las
incursiones esclavistas españolas que asolaban sus tierras – las
temibles malocas que el propio Virrey del Perú condenaba en 1621 porque
“no son para conquistar la tierra sino para robarla y sacar piezas de
esclavos y quemarles sus sementeras” -, ya procurando por trueque o por
captura directa los caballos baguales que les servirían en su lucha
contra el español o bien vinculándose con grupos locales mediante
alianzas matrimoniales o parentescos ficticios. A partir de mediados del
siglo XVIII, pacificadas las relaciones fronterizas en Chile, surgió
allí un mercado ávido de productos que podían proveer los indios de la
Araucanía: ponchos y mantas tejidos por sus mujeres, sal traída de
Neuquén, cautivos de otros grupos vendidos como esclavos y vacunos que,
una vez agotado el ganado cimarrón, se obtenían asaltando las estancias
de la región pampeana o las haciendas de otros grupos indígenas, así
como mediante la propia cría de animales. Algunos se impusieron
violentamente a las poblaciones preexistentes, pero la gran mayoría se
fusionó con ellas a través de matrimonios mixtos y alianzas
político-militares mutuamente ventajosas.
Esta presencia de indios procedentes de Chile y la atracción de un
mercado trasandino generó asimismo una completa transformación de las
sociedades nativas pampeanas, integrándolas a un vasto circuito
comercial que vinculaba dos polos de la economía colonial (el Río de la
Plata y Chile) a través de los territorios indígenas. Del Atlántico al
Pacífico y vice-versa circulaban ganados, personas y toda clase de
bienes, en un movimiento permanente que conoció picos de extrema
violencia y que se incrementó de modo significativo en el siglo XIX como
consecuencia de los desplazamientos masivos de grupos chilenos hacia las
pampas por las guerras de la independencia y lo que se llamó la Guerra a
Muerte en Chile. Así como varios grupos pampeanos se “araucanizaron” en
la lengua, en el vestido, en el armamento y en las creencias, los
nativos chilenos instalados definitivamente en las pampas se
“pampizaron” adoptando las boleadoras y la vivienda en toldo, relegando
la agricultura y poniendo énfasis en la caza y el nomadismo estacional..
Como resultado de esas transformaciones, también en las pampas fueron
surgiendo nuevas entidades étnicas cuyo modo de vida ya poco tenía que
ver con el de sus antecesores querandíes, chanás, comechingones o
huarpes de tiempos de la conquista, cuyos nombres (aucas, ranqueles,
mamelches, teguelchús, huilliches, salineros, entre otros) tampoco
figuran en los textos de los dos primeros siglos de la conquista y cuya
cultura contenía, además de la lengua mapudugun, cantidad de elementos
de origen “araucano”. Pese al innegable aporte demográfico y a la fuerte
influencia cultural de l os indios de Chile en el ámbito pampeano, es
tan excesivo afirmar que los mapuche “dominaron y absorbieron” a los
primitivos habitantes como imaginar que la población argentina fue
“dominada y absorbida” por las masivas oleadas de inmigrantes italianos,
gallegos, franceses, alemanes, polacos, ingleses y turcos que
desembarcaron en nuestras tierras: mapuche y argentinos somos el
resultado híbrido de fusiones y mestizajes diversos, a veces dolorosos,
siempre originales.
Los mapuche, por lo tanto, son un producto de la historia como lo somos
los argentinos y los chilenos.. Tras la derrota militar sufrida en la
década de 1880 a ambos lados de la cordillera, los pocos sobrevivientes
que lograron quedarse en sus territorios de origen o volver a ellos
dejaron de lado sus identificaciones étnicas previas y fueron adoptando
poco a poco la identidad de mapuche con la que hoy se reconocen,
distinguiéndose de los winkas[2].
-Los mapuche, ¿todos chilenos?
Si es cierto que los “indios de Chile” introdujeron su cultura en las
pampas, no todos los indígenas “chilenos” que aparecían en las fronteras
rioplatenses venían de allende la cordillera. ¿Hace falta recordar que,
hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, las
provincias de Cuyo formaban parte de la Capitanía General de Chile? Lo
que se conoce menos es que el territorio de la actual Neuquén, lejano a
las fronteras rioplatenses pero cercano a la de Concepción, era
considerado por las autoridades coloniales españolas como sujeto a la
jurisdicción nominal de Chile. El criterio de que la cordillera debía
constituir un límite político internacional en la Patagonia no se fijó
sino hasta 1881.
Esto significa que muchos de los “indios de la cordillera” o “de Chile”
que según los documentos coloniales y de las primeras décadas de la
independencia aparecían en el ámbito pampeano eran, en realidad, indios
neuquinos, huilliches o pehuenches. El caso más conspicuo es el de los
ranqueles, llamados en Chile huilliches orientales o huilliches de las
pampas, que surgieron de la fusión en el corazón de la pampa de grupos
pehuenches de Ranquil con huilliches neuquinos y un sustrato pampa.
La vinculación del Neuquén con Chile preexistía a la conquista española
y no cesó luego de que se fijara el límite internacional en la
cordillera. Incluso después de 1881, la región siguió siendo “el
hinterland de los principales centros urbanos chilenos”, donde se criaba
el ganado que sería transformado y consumido en Chile. Chilenos eran
también los grandes hacendados que compraron tierras a los primeros
adjudicatarios de los remates públicos luego de la “conquista del
desierto”, así como gran parte de los pobladores criollos del territorio
nacional del Neuquén. “Los vínculos con Chile de los habitantes del
norte neuquino fueron permanentes. En las ciudades chilenas se
abastecían, se comerciaba, se inscribían los nacimientos y se enviaban
los niños a la escuela. La identidad de la población era
predominantemente chilena y este apego se trasladaba a los territorios
que ocupaban”. En cuanto a la población indígena, los grupos que habían
huído a Chile durante la “campaña al desierto” fueron regresando y se
encontraron en sus antiguas tierras con “situaciones de violencia,
ebriedad, relaciones usurarias y desalojos de familias indígenas, sin
que se legislara sobre una forma definitiva de adjudicación de tierras
para ellas” [3]. Pero no se encontraron sólo con eso: los discursos
oficiales de fines del siglo XIX se ocuparon de clasificar a los grupos
nativos catalogándolos como “amigos”, “sometidos”, “nómades” o
“extranjeros”, categoría esta última que solía recaer sobre los más
rebeldes, vistos como “enemigos chilenos”.
A casi 120 años de aquel despojo, la situación no ha cambiado mucho para
esos indígenas que hoy se dicen mapuche y mantienen estrechos vínculos
con sus hermanos de la vertiente occidental de los Andes. Como si no
tuvieran bastante con la marginación económica y social en la que viven,
sigue habiendo quienes les imputan el crimen de ser chilenos. Es
tragicómico constatar que el estigma de la extranjería les pesa a ambos
lados de la cordillera. Los intelectuales chilenos decimonónicos, tras
haber ensalzado brevemente a los héroes de la resistencia araucana como
precursores de la gesta de la independencia, elaboraron un discurso
virulentamente antiindigenista que expulsaba al mapuche de la historia
nacional y lo denunciaba como “una raza que no forma parte del pueblo
chileno”. De este modo, “el territorio ocupado por los mapuche era
chileno, pero ellos no”[4]. Siguiendo estos postulados, el historiador
chileno Ricardo Latcham llegaba en 1930 a la conclusión de que “el
pueblo que generalmente llamamos araucano y que habitaba entre el Itata
y el Toltén a la llegada de los españoles, no era un elemento indígena
chileno. Parece haber llegado del otro lado de los Andes,
introduciéndose como cuña en la región [...]. Allí, con toda
probabilidad se fusionó con los antiguos ocupantes del suelo, formando
los araucanos de la historia”[5]. La tesis de Latcham sobre el origen
amazónico o chaqueño de los araucanos, hoy totalmente desestimada, tuvo
en su momento varios seguidores en Chile y se consagró en los manuales
escolares de historia del siglo XX, que presentaron al mapuche como un
invasor belicoso que nada tenía que ver en la formación del pueblo
chileno.
Curioso baldón el que pesa sobre la “gente de la tierra”: extranjeros a
ojos de los winkas chilenos, extranjeros para los winkas argentinos.
Como lo señalan las antropólogas Claudia Briones y Morita Carrasco, la
adjudicación de extranjería se sigue usando políticamente “para
desacreditar ciertos reclamos de comunidades y organizaciones mapuche
dentro de la Argentina”[6].
-¿Qué derechos tienen los pueblos indígenas en la Argentina?
Mal que le pese al periodista Rodolfo Hanglin, la comunidad mapuche
Cayún es una comunidad indígena. Y como tal, goza en la legislación
argentina de determinados derechos. El proceso legislativo de
reconocimiento de derechos indígenas fue iniciado por las provincias,
seguidas en 1985 por la ley 23.302 sobre política indígena y apoyo a las
comunidades y en 1994 por la reforma constitucional que, entre otras
modificaciones, define como atribución del Congreso Nacional “reconocer
la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos
[....]; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la
posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente
ocupan y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el
desarrollo humano”, tierras que no podrán ser enajenadas, tansmitidas o
sujetas a gravámenes o embargos.
En el año 2000, la Argentina ratificó el Convenio 169 de la OIT, que
consagra sus artículos 13 a 19 a la cuestión de la relación colectiva de
los indígenas con la tierra y reclama a los gobiernos medidas para
reconocer los derechos de propiedad y posesión indígenas, garantizar la
protección efectiva de esos derechos y asegurar la participación de los
pueblos indígenas en la utilización, administración y conservación de
los recursos naturales existentes en sus tierras. La Argentina es además
estado-parte en la Convención Internacional sobre la Eliminación de
Todas las Formas de Discriminación Racial, en el Pacto de Derechos
Civiles y Políticos y en el de Derechos Económicos, Sociales y
Culturales, así como de la Convención Interamericana de Derechos
Humanos, instrumentos que protegen en diversas medidas los derechos
individuales de las personas de origen indígena.
En el 2006, el congreso nacional sancionó la ley 26.160, que declara la
emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras que
tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas originarias del país y
suspende por cuatro años todas las medidas de desalojo y desocupación de
esas tierras, creando un fondo destinado al relevamiento de las mismas,
así como a cubrir los gastos de profesionales que intervengan en causas
judiciales y extrajudiciales y a programas de regularización dominial.
Estos recientes avances legislativos ponen en evidencia que después de
décadas de políticas asimilacionistas que intentaron diluir al
componente indígena dentro de la población nacional, apostando si no a
su extinción progresiva, al menos a su definitiva invisibilización, el
Estado argentino se ha comprometido formalmente ante su ciudadanía y
ante la comunidad internacional no sólo a reconocer a las personas
indígenas los derechos individuales que les corresponden en tanto
ciudadanos argentinos, sino a las comunidades aborígenes derechos
específicos, derivados de su preexistencia étnica y cultural, que les
permitan conservar y desarrollar sus culturas y modos de vida. Al negar
la autoctonía de las comunidades mapuche del Neuquén, el periodista
Hanglin cuestiona la constitución nacional y desconoce los compromisos
internacionales asumidos por nuestro país.
[1] Boccara, Guillaume, Guerre et ethnogenèse mapuche dans le Chili
colonial. L’invention de soi (Paris: L’Harmattan, 1998), recientemente
traducida al castellano como Los vencedores. Los Mapuche en la época
colonial (San Pedro de Atacama: Universidad de Chile, 2007).
[2] Quien desee completar su información sobre quiénes eran y cómo
vivían los mapuche de Chile puede consultar con provecho la ya clásica
Historia del pueblo mapuche (siglos XIX y XX), del historiador chileno
José Bengoa (Santiago, Ediciones Sur, 1985) y la más reciente tesis
doctoral del antropólogo chileno José Manuel Zavala, Les Indiens Mapuche
du Chili. Dynamiques inter-ethniques et stratégies de résistance, XVIII°
siècle (Paris, L’Harmattan, 2000), que acaba de ser traducida al
castellano por la Universidad Bolivariana (2008) como Los mapuches del
siglo XVIII: dinámica interétnica y estrategias de resistencia, amén del
ya citado trabajo de Guillaume Boccara. Quien se interese por la
presencia de estos “indios de Chile” en los vastos territorios del
Puelmapu – país al este de los Andes-, donde además de su lengua, el
mapudugun, introdujeron entre sus paisanos puelches el tejido de la
lana, el pastoreo de ganado, el cultivo a pequeña escala de varias
especies vegetales americanas y la platería, puede entretenerse con los
múltiples trabajos del historiador argentino Raúl Mandrini, en
particular Los araucanos de las pampas en el siglo XIX (Buenos Aires,
CEAL, 1984) y el ameno libro que parafraseando a Zeballos escribió con
Sara Ortelli, Volver al país de los araucanos (Buenos Aires,
Sudamericana, 1992). Sobre los problemas que suscita la noción de
“araucanización” vale la pena la breve síntesis publicada por Sara
Ortelli en el Anuario del IEHS n° 11 (1996): La “araucanización” de las
pampas: ¿realidad histórica o construcción de los etnólogos?
[3] De Jong, Ingrid, “Indio, nación y soberanía en la cordillera
norpatagónica: fronteras de la inclusión y la exclusión en el discurso
de Manuel José Olascoaga”, en Nacuzzi, Lidia (comp.), Funcionarios,
diplomáticos, guerreros. Miradas hacia el otro en las fronteras de pampa
y patagonia (siglos XVIII y XIX). Buenos Aires: Sociedad Argentina de
Antropología, 2002, p. 166, 167.
[4] Pinto Rodríguez, Jorge, De la inclusión a la exclusión. La formación
del estado, la nación y el pueblo mapuche. Santiago: Universidad de
Santiago de Chile, 2000.
[5] Latcham, Ricardo, “Los indios de la cordillera y la pampa en el
siglo XVI”, Revista chilena de historia y geografía LXV, n° 69, pgs.
260-261.
[6] Briones, Claudia y Morita Carrasco, “Pulmarí. La esperanza mapuche
bajo acoso judicial”, en La tierra que nos quitaron. Buenos Aires, IWGIA/Asociación
de Comunidades Aborígenes Lhaka Honhat, 1996.
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