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ESCUELA DE MECÁNICA DE LA ARMADA |
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Un centro para la memoria |
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Ya no habrá centinelas militares en
esas hectáreas de la avenida Libertador. La sede del tristemente
célebre campo clandestino de la muerte durante la dictadura pasó de
manos, completando un cambio que comenzó el 24 de marzo de 2004. Lo
que se hará a partir de hoy y los proyectos para los demás
edificios. Más de mil personas ya recorrieron
las instalaciones clandestinas de la ESMA y rindieron homenaje a los
desaparecidos. |
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Por Marta DILLON*
I
Lunes 1 de Octubre de 2007 |
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La ESMA, ese inmenso y
elegante centro clandestino de detención y tortura,
las hectáreas de su territorio, sus 34 edificios,
ya no pertenecen a ninguna fuerza armada. |
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Así como convivían dentro
de ese edificio los captores y los capturados,
sometidos al borramiento de sus identidades y de su
humanidad, así se convivía con el horror puertas
afuera. |
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El
mástil ya no se yergue en el centro de la plaza de armas, detrás del
vallado que hasta ayer separaba en dos el predio de la Escuela de
Mecánica de la Armada: de un lado el Espacio para la Memoria y la
promoción de los Derechos Humanos, del otro, el territorio donde la
Marina todavía educaba cadetes y oficiales. La ESMA, ese inmenso y
–aunque la palabra suene discordante– elegante centro clandestino de
detención y tortura, las hectáreas de su territorio, sus 34 edificios,
las calles arboladas y bucólicas que lo surcan ya no pertenecen a
ninguna fuerza armada. Ayer, la comisión Bipartita que integran el
gobierno nacional y el de la ciudad Autónoma de Buenos Aires tomaron
posesión completa de estas instalaciones en donde el horror se fraguó
entre 1976 y 1983 prácticamente a la vista de todos, como un
recordatorio permanente de lo que en esos años era cotidiano: el
secuestro, la tortura, el exterminio de personas y de ideas, la
apropiación de menores como el máximo experimento destinado a borrar la
subjetividad y la herencia de los rebeldes. Ayer, la ESMA dejó de
pertenecer definitivamente a la Armada. Ayer, empezó el proceso para
convertir este sitio histórico en un lugar que pertenece a todos, al
pueblo de la Nación Argentina.
Sólo dos guardias de la marina quedaron de consigna el domingo. Así se
hizo visible que no quedaba allí nada que proteger incluso antes del
traspaso oficial. Cada edificio había sido vaciado a conciencia y sus
restos –viejos armarios de metal, cientos de colchones, sillas rotas,
cables, montañas de desperdicios- eran desguazados por una procesión de
cartoneros que cargaban los carritos que por una vez se bajaron del tren
blanco en la estación Rivadavia tal vez alertados por alguna voz que
circuló de boca en boca. Había material para reciclar detrás del
edificio del Casino de Oficiales de la Escuela, ahí donde los oficiales
y los y las detenidos desaparecidos durante la última dictadura militar
compartían escaleras y hasta baños en una convivencia que sirve de
metáfora a ese atroz silencio que colaboró entonces para que se
consumara el terrorismo de Estado.
Así como convivían dentro de ese edificio los captores y los capturados,
sometidos al borramiento de sus identidades y de su humanidad, así se
convivía con el horror puertas afuera: por la Avenida del Libertador, la
que adivinaron los cautivos en algún descuido en que la capucha les
descubría los ojos inflamados por la ceguera impuesta, circulaban casi
tantos autos como ahora, la mayoría indiferentes y sordos a lo que
ocurría dentro. Esa indiferencia ya no será posible. La ESMA ya no será
un lugar cerrado frente al que estaba prohibido detenerse bajo la
clásica amenaza del “centinela que abrirá fuego”. Hace tiempo que no es
así, de hecho las siluetas que los organismos de Derechos Humanos y los
familiares y sobrevivientes de este Centro Clandestino de Detención
señalan desde las rejas de entrada la realidad paralela que en los años
de fuego no se quiso o no se pudo ver. Pero además desde ayer, y
progresivamente desde el 3 de octubre, este sitio de memoria desnudo
–sin recreaciones que podrían asestar golpes bajos, sin más que sus
paredes húmedas y los carteles que a través de testimonios de
sobrevivientes recrean lo que allí sucedió– estará abierto al público
para ofrecer la oportunidad de ver, de sentir, de reflexionar sobre lo
que nunca más se puede permitir.
“Desde 2004 que estoy acá, trabajando con los guías, acompañando a las
casi mil personas que ya recorrieron el lugar. Y aun así es
conmocionante saber que ya no vamos a vivir vallados, que finalmente
este lugar nos pertenece a todos”, dijo Daniel Schiavi ayer, poco antes
de reunirse con Judith Said –coordinadora general del Archivo Nacional
de la Memoria, de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación–, con
Guillermo Guerín –subsecretario de Derechos Humanos de la Ciudad de
Buenos Aires–, con Ana Careaga –directora del Instituto Espacio de la
Memoria– y con Margarita Jarque –titular de la Unidad Ejecutora de
Sitios de Memoria de la Ciudad–. A espaldas del grupo, las vallas
blancas que ponían un límite a la convivencia entre civiles y
uniformados empezaban a disolverse: ahí donde caía una ya no se
levantaría. Ahora el trabajo es de integración y de debate para dar un
destino útil a los 34 edificios sin ningún mástil. Esos que antes izaban
la bandera que juraban los cadetes y oficiales fueron arrancados y
trasladados a los nuevos destinos donde funcionarán las escuelas de la
armada: la Fluvial, la Náutica, el Liceo Naval, la Escuela de Guerra.
Sólo quedará en poder de la Marina el campo de deportes, ahí donde los
colegios secundarios eran invitados a competir durante la dictadura como
parte de un supuesto espíritu deportivo que bien sirvió a las Fuerzas
Armadas usurpadoras del poder político para distraer la atención de un
pueblo aterido por el miedo.
De todos esos edificios que ayer pasaron al poder civil sólo uno es el
más significativo para contar de qué se trató el plan sistemático de
desaparición y exterminio de la dictadura: el Casino de Oficiales, donde
funcionaban la Capucha y la Capuchita, campos de concentración de la
Armada y de otras fuerzas como el Servicio de Inteligencia de la Nación
(SIN), respectivamente. Ese edificio fue entregado a la Comisión
Bipartita que se fundó junto con el Acta Acuerdo para el traspaso en
marzo de 2004. Pero no fue suficiente: “La entrega completa del predio
era una demanda muy fuerte de los organismos de derechos humanos, de los
familiares y de los sobrevivientes. Si la convivencia entre los
uniformados y los detenidos desaparecidos signó a este campo de
concentración, ahora era necesario no reeditar ninguna convivencia, el
predio tiene que estar en manos civiles”, sintetizó ayer Judith Said
durante un breve recorrido por ese sitio que sin guardar marcas
efectistas permite revivir el horror y el desconcierto por la cercanía
de una vida cotidiana que sucedía a metros de las salas de tortura,
sobre la Avenida del Libertador. Tal vez un signo de cómo se prolongó
esa convivencia ciega sea la construcción del inmenso edificio que hoy
da sobre el Casino de Oficiales y que se vendió bajo el eslogan “el
edificio más Libertador” durante los años noventa.
“Hasta ahora han pasado casi mil personas por este lugar histórico,
grupos de familiares, de sobrevivientes, algunas escuelas y quienes
están presentando propuestas para el destino de este predio –relató
Guerín–, que lentamente se abrirá al público. Pero no lo imaginamos como
un lugar al que se llegue masivamente como un paseo más sino un lugar de
reflexión sobre nuestra historia reciente, donde las visitas tengan
espacio y tiempo para elaborar lo que ven y lo que sienten frente a lo
que se relata.”
Hay 15 guías, actualmente, que han conducido a los visitantes por los
edificios hasta ahora abiertos, el Casino de Oficiales, la enfermería
–muy cerca de ahí, donde se aplicaban las inyecciones somníferas a
quienes más tarde serían exterminados a través de los vuelos de la
muerte y donde también parían algunas embarazadas– y el edificio de las
cuatro columnas, el más reconocible para cualquiera, que también se usó
para coordinar y planificar las tareas de represión. Estos guías han
sido formados para hacer el recorrido y cuentan con un relato base, una
especie de guión que da un marco para sus palabras y las propias
emociones. Ese guión se elaboró fundamentalmente con testimonios de
sobrevivientes y a partir del avance de las causas judiciales que ponen
un coto para posibles modificaciones en el predio de la ESMA. Por su
valor de prueba en las causas contra los represores, reabiertas luego de
la anulación definitiva de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida,
sobre la ESMA rige una orden de no innovar que obliga a mantener ciertas
instalaciones tal como están. Y así es como se las ve. Desde el sitio
que se llamó Capucha, apenas un piso sobre los dormitorios de los
oficiales, donde se hacinaban los detenidos desaparecidos, todavía
pueden reproducirse instintivamente los gestos de quienes pudieron
reconocer el lugar después de su cautiverio. Es imposible no agacharse y
mirar por las ventanas rotas a la calle y vivir otra vez la sorpresa por
esa convivencia obligada entre la sociedad puertas afuera y el espanto
puertas adentro.
Desde ayer, ya no habrá centinelas en el predio. Apenas guardias civiles
que circularán en bicicleta para custodiar el patrimonio histórico. En
la Escuela de Guerra, desde el 3 de octubre, se presentará una muestra
de fotografías que abarca el período desde la Ley de Residencia al
terrorismo de Estado para dar cuenta de la actividad represiva del
Estado ante los movimientos sociales emergentes durante el siglo XX.
También habrá muestras que prepararon los distintos organismos de
derechos humanos. El boceto de guión con que cuentan los guías ya no
mostrará “el cerco provisorio hasta tanto se restituya la totalidad del
terreno”; ese momento histórico ya es un hecho. Todavía está abierto el
debate sobre el destino de cada edificio, pero ya empezó a concretarse
eso que se firmó en el acta acuerdo de 2004: “El destino que se asigne
al predio y a los edificios de la Esma formará parte del proceso de
restitución simbólica de los nombres y de las tumbas que les fueron
negadas a las víctimas, contribuyendo a la reconstrucción de la memoria
histórica de los argentinos para que el compromiso con la vida y el
respeto irrestricto de los derechos humanos sean valores fundantes de
una nueva sociedad justa y solidaria” /
Azkintuwe
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Gentileza de
www.pagina12.com.ar
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