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Mapuches y elecciones municipales |
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Si asumimos que Nación Mapuche somos
todos, rurales y urbanos, campesinos y profesionales, adultos y
jóvenes, creyentes y aquellos no tanto, conservadores y liberales
(el tradicionalismo siempre será conservador, seamos claros), y no
solo aquellos que comulgan con determinada idea o manual de acción,
bien vale la pena observar como se comporta la mayoría. Y sobre
ello, diseñar estrategias de acción. |
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Por
Pedro CAYUQUEO*
I
Azkintuwe |
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Mujer
mapuche votando en Ercilla. |
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Foto de Agencias. |
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Como
cada cuatro años, el pasado 26 de Octubre asistimos a
una de las ceremonias cívicas que
mayor arraigo manifiesta a nivel de nuestro pueblo: una elección popular
de alcaldes y concejales. Lo que señalo no es un juicio de valor, más
bien una constatación, guste o no a quien escribe, ciudadano condenado
por la justicia chilena y por tanto despojado de derechos civiles hasta
nuevo aviso. Pero lo anterior no alcanza para nublar la vista
ni menos la razón. Nuestra gente vota, lo hace de manera bastante
entusiasta en algunas comunas donde representan mayoría electoral -como
Nueva Imperial, por ejemplo- y cumple sagradamente con el rito ciudadano
aquel. Me atrevería a señalar que se trata de un comportamiento cívico y
cultural, a riesgo de ser tachado como promotor de aquella
“institucionalidad opresora” en la cual, para pesar de muchos
activistas, los mapuches participan a diario y sin mayor remordimiento.
Cada cuatro años, plazas públicas
repletas de mapuches, refrescándose del calor con una jarra
de mote con huesillos previo o post a depositar su voto en las urnas,
nos recuerdan lo porfiada que es la realidad. No se observa en ellos el
menor asomo de crítica radical al sistema, de rechazo a la
institucionalidad, de cuestionamiento al “colonialismo interno” que nos
afecta como nación o cualquiera de los metarelatos que circulan por
internet y a los cuales, todos y cada uno, hemos contribuido con su
granito de arena. Tampoco, por cierto, son ciudadanos sumisos y
obedientes que se compran de buenas a primeras aquello de la “fiesta
cívica del voto”. Todos y cada uno vota por razones bastante terrenales.
Lo que prima mayormente es un pragmatismo poco estudiado por nuestros
intelectuales y en absoluto atendido por el movimiento en su conjunto.
Pragmatismo que tiene mucho de cultural, agregaría.

Hablo de zonas donde el "conflicto" no
pasa de ser un par de minutos en el noticiero. Imágenes en algunos casos
tan ajenas a la realidad local como la disputa palestino-israelí.
Existen lugares en Wallmapu donde hablar de presos políticos,
militarización, abuso policial, remite a tiempos de dictadura y no
necesariamente a nuestros días. Y esos lugares son mayoría, para
desgracia de unos y beneplácito de otros. |
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Para quienes conforman las capas más
desprotegidas de la sociedad de un país, y en ello los mapuches batimos
todos los records, el municipio es el Estado. Allí nuestra gente
encuentra solución a sus problemas más urgentes, de salud, vivienda,
educación, trabajo, transporte, inclusive seguridad ciudadana,
encarnado esto último en el nunca bien ponderado “señor Carabinero”,
único asistente social y terapeuta familiar que atiende a domicilio, en
cualquier horario y de manera gratuita. Obviamente no es esta la
realidad de Temucuicui ni de Lleu Lleu. Y es que hablo de zonas donde el
“conflicto” no pasa de ser un par de minutos en el noticiero. Imágenes
en algunos casos tan ajenas a la realidad local como la disputa
palestino-israelí. Existen lugares en Wallmapu donde hablar de presos
políticos, militarización, abuso policial, remite a tiempos de dictadura
y no necesariamente a nuestros días. Y esos lugares son mayoría, para
desgracia de unos y beneplácito de otros.
¿A dónde voy con todo esto? A la
necesidad de abordar políticamente un comportamiento social, cívico,
inclusive cultural, presente de larga data al interior de nuestra
sociedad. Si asumimos que Nación Mapuche somos todos, rurales y urbanos,
campesinos y profesionales, adultos y jóvenes, creyentes y aquellos no
tanto, conservadores y liberales (el tradicionalismo siempre será
conservador, seamos claros), y no solo aquellos que comulgan con
determinada idea o manual de acción, bien vale la pena observar como se
comporta la mayoría. Y sobre ello, diseñar estrategias de acción. Lo
contrario es pretender que la realidad de adecue a nuestra visión de las
cosas, ejercicio si bien cargado de épica y romanticismo, a ratos
bastante improductivo. Lo demuestran los
innumerables fracasos de la izquierda chilena, especialmente aquella
autodenominada “revolucionaria”, que hoy vislumbra en la lucha mapuche
una nueva oportunidad para reinventarse a si misma. Sus proclamas,
manifiestos, panfletos y arengas, nos remiten a una realidad que no es
tal. Comprenderlo les ahorrará un gigantesco dolor de cabeza. Y no solo
a ellos.
Abordar esta realidad se vuelve más
urgente cuando las estadísticas, las porfiadas estadísticas, nos indican
que del año 2000 a la fecha, no solo la cantidad de votantes mapuches ha
aumentado. También los candidatos mapuches a concejales y alcaldes se
han casi triplicado, pasando de 74 (en total) el año 2000 a 178 el año
2004. Interesante resulta observar además que de los 21 candidatos
mapuches electos el año 2000, la cifra aumentó a 46 el año 2004. Es
decir, se duplicó. Consiguientemente, el voto hacia candidatos mapuches
también se duplicó. Paso del 6,1% el año 2000 a un no despreciable 11,9%
el año 2004. Los datos anteriores se refieren a los municipios de la IX
región y las comunas adyacentes de Lewfü, Los Alamos, Cañete, Kontulmo,
Tirua, Mulchen, kilako, Alto Biobio, Mariküna, Lanko y Panguipülli. Y
aclaro que no dan cuenta de las recientes elecciones 2008, por carecer
aun de datos concretos. Sospecho, sin embargo, que la tendencia a la
participación en votantes y candidatos habrá aumentado nuevamente. Para
quienes busquen profundizar, descargar el documento
PARTICIPACIÓN Y VOTO
MAPUCHE EN LAS MUNICIPALES

Para unos y para otros, “sistémicos” y
“anti-sistémicos”, por usar un reduccionismo conceptual muy en boga, las
municipales y sus resultados representan un llamado de atención respecto
de hacia donde avanza (o retrocede) nuestra sociedad. Para unos y para
otros implican también desafíos que, a diferencia de lo que muchos
plantean, en absoluto resultan excluyentes entre sí. |
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Fácil sería en apariencia cuestionar
estos datos. Los mapuches votan, es cierto, pero ¿por quién votan? El
mito dice que por la derecha, lo que ha sido desmentido por varios
investigadores. ¿Por qué se nos culpa del voto derechista de la región
si somos los mapuches minoría demográfica en ella? Buena pregunta. Las
estadísticas muestran, al contrario, que el voto mapuche ha transitado
desde la derecha (década de los 90') a la Concertación en las últimas
elecciones, demostrando que se trata de un voto flexible, pragmático y
en absoluto ideologizado. ¿Se trata de un voto clientelista?
posiblemente y nada de raro en un País Mapuche donde el municipio es
además la principal bolsa de trabajo. “Todo pareciera indicar que el
voto mapuche no se inclina tanto por una opción política determinada
sino que expresa más bien consideraciones de orden local o personal, a
las cuales no son ajenas las redes de solidaridad familiar o de
clientelismo”, nos dice Pedro Marimán. “Clientelismo que activaría el
factor cultural de la reciprocidad”, agrega. Tú me apoyas, yo te apoyo.
Basta remitirse a lo familiar y ver como votan nuestros padres. Más
claro echarle agua.
¿Qué desafíos nos plantea como pueblo
esta realidad? Muchos y de variado tipo. Para aquellos que señalan -no
sin razón a ratos, debo admitir- que lo institucional winka no es el
camino a seguir y más bien la tarea es refundar institucionalidad
propia, “tradicional”, el desafío es convencer al 80 por ciento restante
de mapuches que al parecer piensa distinto. O cuando menos, que piensa
cualquier cosa menos precisamente aquello. Esto implica repensar
estrategias, alianzas, discursos y mensajes. También los métodos, por
cierto. Para los que asumen que lo institucional winka es un
terreno válido de disputa ideológica y que más que convencer a nuestra gente de
lo perdidos que andan es más práctico operar sobre lo ya existente, los
desafíos también son múltiples. Uno de ellos, valorar la experiencia
acumulada en diversas organizaciones mapuche en materia de gobiernos locales y
aprender de sus aciertos y errores. Otro, observar con altura de miras
los pasos que un sector del movimiento viene dando para levantar una
fuerza política propia, un partido, quintaesencia de la disputa
de poder político-institucional en nuestros días. Y nuevamente, repensar
estrategias, alianzas, discursos y mensajes. No hay atajos.
Para unos y para otros, “sistémicos”
y “anti-sistémicos”, por usar un reduccionismo conceptual muy en boga,
las municipales y sus resultados representan un llamado de atención
respecto de hacia donde avanza (o retrocede) nuestra sociedad. Para unos
y para otros implican también desafíos que, a diferencia de lo que
muchos plantean, en absoluto resultan excluyentes entre si. Ningún
pueblo se ha liberado privilegiando una exclusiva trinchera de lucha.
Irlandeses y vascos supieron en su tiempo complementar la desobediencia civil
con la inscripción legal de colectividades nacionalistas. Mucho más cerca, el
movimiento indígena ecuatoriano y boliviano a diario nos brinda
lecciones de alta política. De la resistencia al poder. Ellos
entendieron esto hace décadas. Hace menos tiempo lo hicieron los mayas en Guatemala,
tras fundar el partido Winaq. Impulsado inicialmente por Rigoberta Menchú,
hoy es apuntalado por diversos sectores del movimiento indígena local. Y es que
profesionalizar la acción política se yergue como
una necesidad imperiosa de nuestros pueblos. También mejorar la puntería. El voto mapuche
existe, pero otros lo están capitalizando. Y frente a nuestras propias
narices, tañi pu peñi, pu lamgen /
AZ
* Periodista. Director de
Azkintuwe.
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