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Fue
en diciembre de 1989 cuando Patricio Aylwin, por entonces candidato a
presidente de la Concertación,
se reunió con los mapuches en la ciudad
de Nueva Imperial. Llegada la hora de los comicios, gran parte del
movimiento social mapuche apostó por el conglomerado opositor a
Pinochet. La solemne promesa de avanzar en Chile hacia un reconocimiento
pleno de derechos indígenas, partiendo por el reconocimiento
constitucional de nuestro carácter de “pueblo”, la ratificación del
Convenio 169 de la OIT y la creación de una institucionalidad propia y
“representativa”, cargaron la balanza electoral mapuche hacia el arco
iris y de manera categórica. Para la anécdota quedaría el nombramiento
de Pinochet como “Gran Lonko”, episodio acontecido un año antes en el
cerro Ñielol de Temuko. O más bien para el mito, como el publicitado
“voto mapuche de derecha” en la Araucanía, un mal chiste considerando
las estadísticas (los mapuches minoría demográfica, ergo, minoría
electoral) y el valor supremo en nuestra cultura de la palabra empeñada.
Y es que fue la palabra, aquel documento que no requiere firma notarial
alguna, lo que los mapuches comprometieron aquella jornada de 1989 con
Patricio Aylwin en el Estado Municipal de Nueva Imperial. Y en 20 años,
fue esa misma palabra la que los sucesivos gobiernos de la Concertación
traicionaron y de manera cotidiana a la menor oportunidad.
Recientemente y a propósito del fin parcial de la huelga de hambre (14
presos mapuches continúan con el ayuno en las cárceles de Angol y
Chol-Chol), un
ex asesor indígena de la Concertación, Ricardo Brodsky,
describió en El Mostrador lo que a su juicio sería una de las más
sorprendentes “paradojas” del prolongado ayuno. Esta diría
relación, a juicio de Brodsky, con el rol jugado en la coyuntura por el
líder de la CAM, Héctor Llaitul Carillanca. “Toda su vida ha sido un
radical, un hombre que ha utilizado la violencia como medio de lucha, y
ahora, que juega con las armas de la política y la comunicación, obtiene
su mayor victoria”, sentenció el ex brazo derecho del ministro José
Antonio Viera-Gallo en sus viajes “pacificadores” por la Araucanía. Un
“radical”, sentencia el columnista, sin mencionar que fue la propia
Concertación quién, a la hora de los quiubos, se alineó y de
buena gana con los empresarios y no precisamente con las aspiraciones de
sus aliados de Imperial. Y que en esa alineación desató contra el sector
liderado por Llaitul una de las más feroces campañas represivas de las
que se tenga memoria en democracia. Pero ¿cuáles eran las “radicales”
demandas de este dirigente o de la CAM? A saber, restitución de tierras
usurpadas, reconocimiento del carácter de pueblo y de nación de los
mapuches, fin al saqueo impune de los recursos naturales por parte de
multinacionales, autonomía mapuche como ejercicio del derecho de los
pueblos a su libre determinación… Convengamos que en cualquier país del
“primer mundo”, tales demandas serían catalogadas como profundamente
democráticas. En cualquiera menos en el Chile de la Concertación y del
cual Brodsky es uno de los tantos responsables.
Algo de razón tiene Sebastian Piñera cuando reclama haber “heredado” el
mal llamado “conflicto mapuche”. La huelga, sin ir más lejos, no habría
tenido lugar sin el empecinamiento de la administración Bachelet por
aplicar la mentada Ley Antiterrorista. Y perseguir a comuneros por los
cerros de Nahuelbuta como si en verdad se tratara de peligrosos rebeldes chechenos.
Criminalizar y encerrar en calabozos la protesta social mapuche,
agudizar sobre las comunidades la presión de intereses económicos
locales y foráneos, violentar con policías militarizados el diario vivir
de humildes familias campesinas y no avanzar en 20 años de manera
decidida en el reconocimiento de derechos colectivos, son todas deudas
impagas de la Concertación. ¿Que nunca tuvieron mayoría en el
Parlamento? Mentira. ¿Que los mapuches jamás presentaron una propuesta
común frente al Estado? Patrañas. ¿Qué fue sino lo obrado por la
Coordinación de Organizaciones Mapuche (COM) el año 2006? ¿Acaso no fue
una propuesta política sería y consensuada la
recibida por la Presidenta
Bachelet un 4 de enero de 2007 en La Moneda? ¿Alguien en la Concertación
se acuerda de dicho documento? ¿Alguien siquiera lo leyó?
En política es sabido que un
conflicto se puede solucionar o bien administrar. Durante 20 años, los
sucesivos gobiernos de la Concertación administraron -y muy bien a
ratos, debemos reconocer- el conflicto latente en los campos del sur.
Hoy, las vueltas de la vida, es el gobierno de Sebastian Piñera, son los
herederos políticos del régimen de Pinochet, quienes tienen en sus manos
la posta de tamaño desafío. Las señales, hasta ahora, resultan
paradójicamente auspiciosas. Solamente en la huelga, Piñera ha dado más
pasos que los que la Concertación se atrevió a dar en toda una década.
¿Apostarán a largo plazo por las soluciones de fondo o se conformarán
también con administrar el conflicto? ¿Lo abordarán con el trillado
enfoque “mapuches-pobreza-asistencialismo” o se atreverán con el
“mapuches-derechos-participación” que reclaman estos tiempos? ¿Con qué
coalición de gobierno les irá mejor a los mapuches y sus demandas? Al
final del día, ¿resultará más efectivo tratar con el patrón del fundo
que haber pasado 20 años charlando “a lo compadre” con el capataz?
Incógnitas impensadas para la dirigencia social mapuche de la década de
los 80’. Hoy por hoy, la cruda realidad a la que nos enfrentamos y sobre
la cual organizaciones y comunidades deben aprender a maniobrar.
La Concertación, aquella que surgió de la lucha democrática contra la
tiranía del régimen militar, fracasó estrepitosamente en su intento por
abordar seriamente la cuestión mapuche. Careció tanto de voluntad
política como de cojones. Lo grave es que este fracaso, continuidad del
fracaso de la UP y el anterior de la Falange y así para atrás
probablemente hasta llegar al propio O´Higgins, es también y nuevamente,
el fracaso de Chile en su conjunto. Fracaso rotundo, categórico, por más
que hoy se intente maquillar la realidad y connotados ex ministros de
Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet culpen a la derecha de una huelga de
hambre que solo constituye la guinda de la torta de sus propias
ineficiencias como demócratas. Y es que de eso y no de “oscuros
intereses foráneos” o de simple “radicalismo y violencia” al decir de
Ricardo Brodsky, trata en el fondo la demanda mapuche: de más y mejor
democracia, de más y mejor bienestar para todos, de más y mejores
relaciones entre dos pueblos llamados a convivir en paz en un mismo
territorio. El triunfo del NO acaba de cumplir 22 años y la celebración no
pudo ser más en silencio en Temuko. Lo mismo pasó en Nueva Imperial.
Casi sepulcral, especialmente entre los mapuches aun cercanos a las
tiendas políticas de la Concertación. Fueron muchas las esperanzas
depositadas en su minuto en el conglomerado. Y demasiado grande,
sospecho, el tamaño de la traición.
* Publicado originalmente en The Clinic, Edición del Jueves
7 de Octubre de 2010 /
www.theclinic.cl
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