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El 22 de noviembre, la Corte Suprema
rechazó el recurso de queja interpuesto por la defensa del dirigente
Víctor Ancalaf, ratificando de esta forma la sentencia que condenó
al dirigente a 5 años y un día de cárcel por "incendio terrorista"
contra Endesa. Ancalaf, quién saltó al primer plano de la figuración
pública el año 1998, deberá pasar los próximos años tras las rejas. |
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Por
Pedro CAYUQUEO / Azkintuwe Nº11 |
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- Víctor Ancalaf
Llaupe. Foto de Pedro Cayuqueo. |
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El salto de Víctor Ancalaf a la primera
plana de la figuración pública ocurrió cuando
increpó duramente al entonces Presidente Eduardo
Freí Ruiz-Tagle. |
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Por apoyar la lucha de las hermanas Nicolasa y Berta Quintreman,
Ancalaf fue acusado de "atentados terroristas" en contra Endesa. |
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VÍCTOR ANCALAF SIEMPRE FUE
considerado uno de los "duros" del conflicto mapuche. Corría el año 1998
y las primeras ocupaciones de fundos forestales y enfrentamientos con
las fuerzas policiales sorprendían al gobierno de Eduardo Frei y a una
opinión pública castrada en su memoria histórica. A diario, nuevas y
masivas movilizaciones mapuches se sucedían en diversos puntos del
Gulumapu, amenazando "el estado de derecho y la propiedad privada en
vastas zonas del sur", según editorializaba escandalizado por aquellos
días El Mercurio, vocero del sector empresarial chileno. Y a la cabeza
de estas acciones, dos jóvenes y desconocidos dirigentes de nombres José
Huenchunao Mariñan y Víctor Ancalaf Llaupe.
A fines de los noventa, el fracaso de las políticas indigenistas post
dictadura, caracterizadas por la burocrática y a ratos improductiva
implementación de la Ley Indígena 19.253, hacían cundir el descontento a
nivel de comunidades mapuche. Esperanzadas en que el nuevo escenario
político significase una mejora en sus difíciles condiciones de vida y,
principalmente, trajera consigo reparaciones a la expoliación
territorial sufrida tras décadas de atropellos, hacia el año 1997 el
panorama era francamente desalentador. Desde el retorno de la democracia
el año 1990, escasas hectáreas de tierras usurpadas habían logrado ser
restituidas a sus legítimos dueños, centrándose más bien el trabajo de
la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI) en atender
aspectos culturales o meramente folclóricos de estas demandas y
reivindicaciones.
Como contrapunto, el avance de las transnacionales se había incrementado
de manera implacable en diversos puntos del Gulumapu. Proyectos como la
Represa Ralko, la Carretera de la Costa, la Planta de Celulosa Arauco en
Mehuin y el By-Pass de Temuko, por nombrar solo los más emblemáticos,
dejaban el publicitado artículo 13 de la flamante legislación indígena
-en teoría encargado de "proteger" las tierras de las comunidades al
declarar que no podrían ser enajenadas, embargadas, grabadas, ni
adquiridas por prescripción, salvo entre comunidades o personas mapuche-
como un triste saludo a la bandera.
Los costos del progreso, se esgrimía con inusitada sangre fría por
aquellos años. Más aún tratándose de una Concertación de Partidos de
gobierno que de buena gana aceptó no solo administrar el modelo
económico neoliberal heredado de la dictadura militar de Pinochet, sino
que además se comprometió con su definitiva profundización. Ante este
escenario de promesas incumplidas, acuerdos olvidados y burocracia
indigenista, las comunidades simplemente se cansaron de esperar y
decidieron pasar a la acción.
Y el descontento acumulado estalló en diciembre del año 1997 en las
cercanías del poblado de Lumako, cuando un grupo de comuneros atacó un
comboy maderero de la empresa Forestal Bosques Arauco, propiedad del
magnate italo-chileno Anacleto Angelini, exigiendo la restitución
inmediata de poco más de 3 mil hectáreas de territorio usurpado. No más
listas de espera, no más burocracia indigenista, no más doble estándar
pareció ser el mensaje lanzado -junto a los cócteles incendiarios-por
los miembros de las comunidades Pichilonkoyan y Pilinmapu responsables
de la acción, identificadas a partir de entonces por el gobierno y sus
organismos de seguridad como "zonas en conflicto" territorial.
*
BASTÓ QUE LA ACCIÓN DE LUMAKO estallara en las pantallas de los
principales medios de comunicación del país, para que otras comunidades
decidieran seguir el ejemplo y nuevas acciones se repitieran en Tirúa,
Traiguén, Collipulli y Los Alamos. Del espontaneismo a la coordinación,
restaba solo un paso. Y este se dio en diciembre del año siguiente en la
localidad de Tranaquepe, Arauko, cuando tras la realización de un masivo
encuentro de comunidades nace la Coordinadora Mapuche Arauko-Malleko (CAM),
organización de base liderada por un colectivo de lonko tradicionales y
encabezada de manera pública por dos jóvenes y hasta entonces
desconocidos werkenes: José Huenchunao, por las comunidades de Arauko, y
Víctor Ancalaf, por las comunidades de Malleko.
El salto de Víctor Ancalaf a la primera plana de la figuración pública
había ocurrido, sin embargo, unos pocos meses antes. Fue a comienzos del
año 1998, cuando increpó duramente al entonces Presidente Eduardo Freí
Ruiz-Tagle durante su visita oficial a la sureña localidad de Mininco,
sorprendiendo tanto al propio mandatario como a la numerosa prensa que
formaba parte de su comitiva. En dicha ocasión y en momentos en que el
Presidente Frei leía su discurso ante la multitud reunida en la Plaza de
Armas del poblado, un grupo aproximado de 15 mapuche se tomó el estrado,
boicoteando el acto con consignas alusivas a la recuperación de sus
tierras y a la acción depredadora de las transnacionales.
"Los mapuche llevamos cientos de años habitando estas tierras y hoy
estamos arrinconados, empobrecidos y marginalizados por la llegada de
empresas transnacionales que no respetan nuestros derechos y por un
gobierno chileno, demócrata según se dice, que trabaja codo a codo con
estos usurpadores", señaló Ancalaf ante la multitud reunida. Y luego,
mirando directamente a los ojos al primer mandatario, lanzaría una
advertencia que lo convertiría al día siguiente en titular obligado de
los principales diarios. "Frei, no se te olvide que estás en territorio
mapuche", le grito el dirigente en su en su cara al presidente chileno,
quien solo atinó a huir del lugar protegido por su todavía sorprendida
escolta de seguridad.
Inmediatamente tras esta acción, las comunidades declararon Collipulli
como "zona en conflicto" y, acto seguido, comenzaron a ocupar uno por
uno emblemáticos fundos de Forestal Mininco, propiedad del magnate
chileno Eliodoro Matte. Esto los llevó a establecer relaciones de apoyo
con otras comunidades en lucha y, en diciembre de 1998, ser parte
fundamental en la fundación de la Coordinadora Arauko-Malleko (CAM). De
allí, ya nada los detuvo y en febrero del año 1999 Ancalaf volvía a
figurar en las primeras planas de los diarios al participar -esta vez
bajo el alero de la CAM- de la prolongada ocupación del Fundo Santa Rosa
de Colpi de Forestal Mininco por parte de comunidades de Temulemu, El
Pantano y Didaiko en la comuna de Traiguén.
La estrategia de la Coordinadora tuvo éxito. El tema mapuche volvió a
ocupar las primeras planas y las pantallas, como no sucedía desde la
polémica conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América.
Entonces era el werkén Aucán Huilcaman quien, con verbo encendido,
llamaba a construir sin permiso el ansiado "País Mapuche". Una década
más tarde, era Ancalaf quien -junto a José Huenchunao- arengaba a las
comunidades, ejerciendo su rol de werken y participando activamente de
las recuperaciones de tierras impulsadas en distintos puntos de la zona
sur del país por dicho referente autonomista.
Esta participación en las movilizaciones, un discurso radical y la
especial preocupación que los organismos de seguridad manifestaban sobre
su carismática figura, transformaron rápidamente a Ancalaf en un
verdadero mito. Una especie de guerrero, que contrastaba en su accionar
rebelde con la diplomacia y los buenos modales del líder del Consejo de
Todas las Tierras, su referente dirigencial y público más cercano. Operó
a favor de esta imagen su figura de rudo dirigente campesino, alejado de
cualquier orientación política winka, y conocedor como pocos del sentir
y la dinámica interna de las comunidades, las mismas que durante gran
parte del año 1999 le posibilitaron burlar cotidianamente la acción de
los organismo policiales, actuando como un efectivo manto de protección
a su favor.
Entre los años 1998 y 2000, Ancalaf apoyó personalmente ocupaciones de
fundos forestales en distintas zonas geográficas del Gulumapu,
impulsando entre las comunidades la ocupación efectiva de predios como
vía de presionar al gobierno y a las empresas foresta-les para su
devolución. Ocupar, resistir y producir, eran sus consignas. Producto de
estas acciones políticas, Ancalaf fue acusado de delitos contra el orden
público y daños a la propiedad privada en reiteradas ocasiones, sin que
se pudieran probar sin embargo -en muchos de esos casos- tales cargos
por parte de los tribunales de justicia chilenos.
Sin embargo, más allá de los estereotipos y de las imágenes míticas
levantadas principalmente por los medios de comunicación, Ancalaf
siempre se consideró un sencillo dirigente de base, un padre de familia
que luchaba en último caso por el futuro de sus cinco pequeños hijos, un
dirigente que gustaba planificar personalmente las movilizaciones y
alejado por completo de cualquier pretensión de poder al interior del
movimiento mapuche. Por el contrario, crítico de la dirigencia mapuche
de su tiempo, "que hacen política desde las ONGs", según ironizaba,
Ancalaf se consideraba un dirigente en terreno, un luchador comprometido
con las comunidades que lideraba y gustaba de predicar ante sus pares
con el ejemplo.
Esto último quedó claro en marzo del año 2000. En momentos en que
arreciaba en su contra la búsqueda de los organismos policiales, decide
de manera sorpresiva liderar personalmente una inédita ocupación del
Juzgado de Collipulli. La acción, desarrollada junto a otros 30
comuneros que coparon sin resistencia todas las dependencias del
edificio y transmitida por los noticieros en vivo y en directo a todo el
país, buscaba sacar a la luz pública una situación que el gobierno se
esmeraba en mantener hasta entonces oculta: la real situación de
prolongado encarcelamiento que afectaba a varios dirigentes y miembros
de las comunidades en conflicto y que según Ancalaf, debían ser
reivindicados como "presos políticos" de la democracia chilena.
Tras esta acción que finalizó con la entrega pacífica de las
dependencias judiciales, Ancalaf sería detenido junto a la totalidad de
los manifestantes, acusado de "desórdenes" y de "secuestrar" al ministro
de la Corte de Apelaciones de Temuko, Lenin Lillo, magistrado que se
encontraba casualmente de visita en el edificio al momento de producirse
la insólita ocupación. Después de permanecer más de 5 meses recluido en
la Cárcel de Temuko, tanto Ancalaf como el resto de los manifestantes
recuperaron su libertad, siendo sin embargo la mayoría condenados años
más tarde por desacato a la autoridad y secuestro.
*
DOS AGITADOS AÑOS DE movilizaciones ininterrumpidas, la efectiva acción
de los organismos policiales contra la cúpula dirigencial, las
actuaciones asistencialistas del propio gobierno y un prolongado período
en la cárcel, cambiarían la visión del dirigente respecto del escenario
de conflicto que estaban enfrentando. De persistir con las ocupaciones y
los enfrentamientos, el destino de la organización y sus miembros sería
la cárcel, presagiaba Ancalaf. Por tanto, había llegado la hora de
aceptar los ofrecimientos de diálogo del gobierno y atreverse a explorar
la vía de la negociación. En resumidas cuentas, una tregua tras la
rebelión.
Sin embargo, esto no era tan simple. Mientras Ancalaf proponía aceptar
el diálogo allí donde las posibilidades de recuperar los predios por
vías institucionales fueran reales, otro sector, liderado por Huenchunao
y mucho más radical, rechazaba de plano tal posibilidad. Es así como a
comienzos del año 2001, Ancalaf junto a otros dirigentes decide
abandonar definitivamente las filas de la organización que dos años
atrás había ayudado a fundar. La imposibilidad de aunar criterios y la
visión crítica que el dirigente comienza a manifestar en torno al
"voluntarismo" de las acciones de la CAM, sentenciaron su alejamiento.
De su relación con Huenchunao, no quedaría ni siquiera el saludo,
confidencian hoy sus más cercanos.
Una vez separado de las filas de la CAM, la nueva visión del dirigente
lo lleva a apoyar decididamente las negociaciones establecidas por los
dirigentes de la zona de Collipulli con la entonces Ministra de Mideplan,
Alejandra Krauss. El pragmatismo le daría sus frutos. A comienzos del
año 2002, dichas comunidades logran la firma de un histórico acuerdo con
el gobierno, que involucraba la devolución de más de 3.000 hectáreas de
tierras usurpadas por forestales y latifundistas a las comunidades en
conflicto de dicho sector. Entre los fundos contemplados en el acuerdo
figuraban los emblemáticos Rucañanko y San Jorge de Forestal Mininco,
además de los fundos Granaderos, Pemulemu y Ginebra, propiedad de
latifundistas particulares y que eran reclamados desde hace décadas por
las comunidades sin resultado alguno.
Durante las negociaciones con la ministra Alejandra Krauss, sus ex
compañeros de la CAM acusaron públicamente al dirigente de "trabajar"
para las autoridades de gobierno. Ancalaf dolido en su orgullo pero fiel
a sus principios, prefirió guardar silencio y dejar que fueran sus
acciones las que hablaran por él. Es así como paralelo al proceso de
negociación con las autoridades, se comprometió activamente entre los
años 2002 y 2003 en la defensa del territorio pehuenche amenazado por la
construcción de represas hidroeléctricas en la zona del Alto Bio-Bio,
proyecto impulsado por la transnacional Endesa-España con la venia
cómplice del gobierno chileno.
Por este apoyo a la lucha de las hermanas Nicolasa y Berta Quintreman,
Ancalaf fue acusado de "atentados terroristas" en contra de maquinarias
e instalaciones de la multinacional y arrestado en noviembre del año
2002 tras un violento operativo desarrollado por agentes de civil de la
Dirección de Inteligencia Policial (DIPOLCAR) en Temuko. Desde esa
fecha, el dirigente permanece recluido en el Módulo de Presos Políticos
de la cárcel El Manzano de Concepción. El pasado 22 de noviembre, la
Corte Suprema de Santiago ratificó su condena a 5 años de cárcel dictada
por el ministro en visita de Concepción Diego Simpertigue, en un proceso
plagado de irregularidades y basado en la legislación antiterrorista
creada por el régimen de Pinochet. Paradójicamente, la misma ley que
tiene hoy tras la rejas o clandestinos a sus ex compañeros de la CAM.
*
A DIFERENCIA DE OTROS dirigentes, pertenecientes a familias de larga
trayectoria en el quehacer político y herederos -según se declaran- de
un particular "linaje" de mando, hacia fines de los noventa Ancalaf era,
al interior del movimiento mapuche- un perfecto desconocido. Miembro de
una comunidad lafkenche que perdió sus tierras producto del maremoto del
60' en Nehuentue, gran parte de su infancia transcurrió como allegado en
los fundos donde su padre lograba encontrar trabajo y eventual cobijo
para su extendida familia. De esta forma llegaría en su juventud a
Collipulli, zona donde contraería matrimonio y forjaría un curriculum de
hábil conductor de maquinaria agrícola, al servicio de fundos y campos
del sector.
Y es que a pesar de ser orgulloso nieto de lonko y de machi, para este
dirigente, representante sin duda de una nueva generación de líderes, su
identidad o el trabajo político no era algo que le llamará poderosamente
la atención en aquellos años. Prueba de ello -nos confiesa- sería su
breve participación en las filas de la religión mormona, a fines de los
años ochenta, credo religioso al que llegó persiguiendo a su actual
esposa y no precisamente buscando la salvación eterna, según recuerda
hoy entre risas. Sin embargo, su identidad mapuche lo perseguía y ya en
los noventa, sólo cuando los dirigentes de la recién creada Asociación
Comunal Mapuche se fijaron en él y lo invitaron a participar de su
organización, Ancalaf lograría dimensionar la importancia de su origen.
Hoy resulta paradójico, pero fueron las propias autoridades, a través de
la compra de tierras de CONADI, quienes posibilitaron que Ancalaf y su
familia se establecieran definitivamente en la zona de Collipulli. El
Fundo San Jorge, de hermosos parajes y bien cuidados potreros agrícolas,
es hoy quizás la compra de tierras que más dolores de cabeza le ha
traído al gobierno. Y es que comprado con millonarios fondos
gubernamentales para ser traspasado a esta familia "sin tierra",
rápidamente el lugar, rebautizado como "Comunidad Choin Lafkenche", se
transformaría en el centro de operaciones de un ambicioso plan que
Ancalaf y otros dirigentes venían madurando hacia tiempo: la
recuperación de varios fundos aledaños al ex San Jorge para beneficio de
un grupo de comunidades de la comuna.
Su posición geográfica resultaba estratégica y Ancalaf lo sabía. Rodeado
de latifundistas particulares de impronunciable apellido alemán y
empresas forestales como Mininco, Volterra y Millalemu, las comunidades
desde hace décadas habían debido malvivir con la pobreza extrema y
hostiles vecinos asentados en territorios que desde siempre reclamaron
sin respuesta. Ahora, con la llegada de los Ancalaf a la zona, una
esperanzadora cabeza de playa parecía ganar posición en el corazón mismo
del territorio adversario. Y con este objetivo comenzaron a organizarse.
Luego vendría la protesta ante Eduardo Frei, la formación de la CAM a
fines del año 1998 y su nombramiento como werken. Y después, todo lo
demás / Azkintuwe
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