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FOTO DE ARCHIVO. |
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Mucho
se habla de una deuda histórica con el pueblo araucano, pretendiendo
crear una fuerza moral para aceptar las demandas de quienes se dicen
herederos de aquella etnia. La verdad histórica objetiva, no sujeta a
posiciones políticas, ni al eco de los medios de comunicación y, lo que
es más grave, a las actitudes del gobierno y la clase política, descansa
en errores generalizados.
Para empezar, quienes se dicen "mapuches" no son indígenas, sino
mestizos generados en un transcurso que se inició con los conquistadores
y prosiguió hasta el día de hoy con los chilenos. Esa fue la gran masa
que habitó en la Araucanía con plena aceptación del pueblo araucano y
con un mimetismo físico y cultural que conformó su realidad. Basta
pensar, para medir la intensidad del fenómeno, que los mestizos llegaron
a ser caciques, como el famoso Chicahuala y los caciques gobernadores de
Toltén.
La mezcla racial comenzó con el desenfreno de la Conquista, prosiguió
con los colonos españoles en los lavaderos de oro, las faenas agrícolas
y en cuanto lugar se pueda pensar. También hubo cautiverio de mujeres
blancas en la caída de las ciudades del sur y el asalto a las posesiones
hispánicas. Durante la República, el fenómeno continuó más o menos
igual.
Quienes se dicen mapuches descienden, por lo tanto, de los dominados
como de los dominadores. Son tan chilenos como todos, porque la inmensa
mayoría del país es mestiza y cabría, en consecuencia, preocuparse de
igual manera del poblador de la periferia de las ciudades, de todos los
campesinos y los habitantes de Combarbalá, Renca o Melipilla. En todos
ellos hay mestizos chilenos pobres que merecerían iguales beneficios que
quienes invocan "derechos ancestrales". ¿Dónde está la igualdad de los
chilenos?
Desde otra perspectiva, ya es tiempo de que todos conozcamos que la
Guerra de Arauco tiene mucho de mito. En los comienzos y durante poco
más de cien años, hubo una lucha intensa y despiadada por ambos lados;
pero desde mediados del siglo XVII reinó la paz, con pequeñísimas
interrupciones hasta los días de la Independencia. La tranquilidad
generó una convivencia fronteriza en que hubo toda clase de relaciones,
como lo han demostrado obras más o menos recientes. El comercio fue
intenso. Los nativos se sintieron atraídos por los géneros, las cintas,
las baratijas, el hierro, y, por sobre todo, el vino y el aguardiente.
Por su parte, los aborígenes entregaban ponchos, alimentos, cuero y
otras especies, produciéndose un trato muy conveniente para todos.
También vendían mujeres y niños de acuerdo con la "usanza". Bajo ese
sistema, los fuertes y misiones de la Araucanía eran lugares de trato,
adonde todos concurrían.
La vida y la lucha en la Frontera fue de gran complejidad e impide
manejar conceptos ligeros o aparentes. Los aborígenes no formaban una
comunidad unitaria y cohesionada, sino que eran una sociedad segmentada
por parcialidades con caciques a la cabeza. Vivían con rivalidades,
odios y luchas entre ellos, y por esa razón rara vez y sólo en los
comienzos presentaron un frente unido. Debido a esas circunstancias,
muchas parcialidades se aliaron a los españoles y combatieron junto a
ellos. Arreglaban los malos pasos del camino, ayudaban a cruzar los
ríos; llevaban alimentos, leña y agua a los fuertes. Más aún, sus
destacamentos acompañaban a los hispano-chilenos y luchaban con ardor
junto a ellos. En la persecución eran implacables y se apoderaban de los
despojos, las mujeres y los niños. Eran los "indios amigos", cuyos jefes
eran caciques gobernadores por designación oficial, se les otorgaba un
bastón con cabeza de plata y recibían sueldos.
Con el tiempo, algunos grupos se incorporaron al ejército y recibían
remuneraciones. No es extraño, entonces, que destacamentos de 150 o 200
españoles triunfasen sobre masas de enemigos. A su lado combatían
cientos y quizás miles de indios amigos, situación que continuó durante
la República. En suma, los araucanos contribuyeron a su propio
sometimiento. Durante el período de la Independencia se renovó la lucha
temporalmente, debido a que la vida fronteriza se desorganizó.
Generalmente, las tribus fueron soliviantadas por los jefes realistas.
Avanzado ya el período de la República, hubo épocas esporádicas de
lucha, que no pueden compararse con las grandes rebeliones de los
primeros tiempos. Ocurrió entonces el mayor despojo de tierras, un
fenómeno que tampoco puede simplificarse. Antes del avance de las armas,
infinidad de colonos, en forma pacífica, se habían instalado en tierras
de los indígenas aceptados por éstos, quienes aprovechaban el contacto y
les vendían tierras. Durante el avance oficial iniciado en la década de
1860 por el coronel Cornelio Saavedra, grandes extensiones fueron
vendidas por los nativos a los colonizadores, y el mismo Saavedra
adquirió terrenos para la fundación de Angol y levantar fuertes hasta la
líneas del río Malleco.
Es cierto que hubo despojo por la fuerza, pero también se reservaron
espacios no desdeñables para los indígenas. La ocupación de la Araucanía
se debió a la necesidad de extender de manera efectiva la soberanía
nacional a un espacio que le pertenecía desde los comienzos de la
Conquista, y que era necesario incorporar a la producción agrícola y
ganadera con efectivos métodos modernos. Los primitivos poseedores
tenían sólo una economía de subsistencia, sin aprovechar los enormes
terrenos que poseían. Ahora se beneficiaban no únicamente el común de
los chilenos, sino también los nativos y mestizos, quienes con el
contacto se sumaron a una economía de mercado.
Los mestizos de araucanos, al disponer de enormes espacios no
aprovechados, procedían a efectuar ventas a los chilenos y ello
contribuyó a perder parte de su patrimonio. Generalmente cambiaban sus
tierras por unos cuantos bienes materiales y chuicos de aguardiente. No
puede desconocerse que también hubo abusos y que simplemente los
aventureros los despojaban de sus terrenos. Todo ello ocurrió a pesar de
que el Estado protegió las tierras dejadas a los nativos y prohibía su
enajenación.
La ocupación de la Araucanía significó introducir innovaciones que
favorecieron a toda su población. Se construyeron caminos, puentes y
obras públicas; el ferrocarril y el telégrafo penetraron en forma
sostenida. Se establecieron escuelas, algunos liceos y escuelas
normales. También hospitales y puestos policiales, sin contar todo el
apartado administrativo y municipal. Mediante esas tareas de progreso,
los mestizos de araucanos pudieron incorporarse a la existencia moderna.
La educación les abrió paso a los puestos fiscales, a los negocios
particulares, a las filas del Ejército y de Carabineros; algunos
alcanzaron cargos de parlamentarios y aun de ministros.
Hay que hacer notar que los más empeñosos y hábiles desarrollaron sus
aptitudes, como en toda sociedad humana, logrando mejorar sus
condiciones de vida. Los rutinarios de poca voluntad permanecieron en su
vieja situación, cultivando resquemores y deseos de protesta. En tiempos
actuales se ha sugerido que las agrupaciones de la Araucanía formaban un
Estado, lo que no pasa de ser un error conceptual, porque ni siquiera
tenían unidad ni gobierno centralizado.
Se ha creído ver en la realización de parlamentos unas especies de
tratados concertados por dos estados, lo que no pasa de ser una fantasía
indigenista. Todos los habitantes de las colonias eran súbditos del rey,
y luego fueron ciudadanos de un país independiente. Si en ocasiones hubo
acuerdos con ellos fue por consideración especial, tal como podía
ocurrir, por ejemplo, con los mineros del Norte Chico o los comerciantes
de Santiago. Los parlamentarios eran convocados por las autoridades
oficiales a petición de grupos de caciques y apremiando a los
reticentes. Atractivo especial eran las comilonas en grande, la
borrachera interminable y la concurrencia de pequeños mercaderes.
Por lo general, los acuerdos eran impuestos por las autoridades hispanas
y chilenas, y tenían por objeto crear condiciones de paz para la
vigencia de las relaciones fronterizas. Los caciques reconocían la
autoridad del rey de España y del gobernador, y solían ser reconocidos
en sus derechos de jefatura mediante el título de cacique gobernador y
la entrega simbólica de los bastones.
Hubo, además, otros avances. Existía en el Ejército el cargo de
Comisario de Naciones, con la función de mantener el contacto con los
caciques y vigilar sus actividades. También se designaban "capitanes de
amigos", colocados junto a los caciques para controlar sus pasos,
ayudarlos en lo que se pudiese y evitar que sufriesen tropelías de los
soldados desmandados. Tales capitanes se identificaban con las formas de
vida de los mestizos araucanos, tenían varias mujeres de las tribus y
procreaban muchos hijos. Los nativos les tenían aprecio y solían luchar
bajo su mando contra otras parcialidades. En muchas ocasiones,
reducciones que no tenían capitanes de amigos los solicitaban, y otras
protestaban cuando se pretendía remover a alguno de ellos.
Esa institución, igual que tantas otras, pasó a la República. Desde
fines de la Colonia y después de la Independencia, la vida de las
agrupaciones al sur del Biobío había prosperado mucho. Varios caciques
habían mejorado sus tierras de cultivo, y más que nada, poseían grandes
manadas de animales, principalmente vacunos, ovejunos y caballares. Sus
rucas habían tomado la forma del rancho campesino y constaban con otras
instalaciones. Por todas estas razones, muchas de las tribus no deseaban
la guerra, que les era perjudicial.
La incorporación definitiva, concluida en 1883, abrió todas las
posibilidades de participación en la vida nacional. Según el censo de
1992 y la encuesta CEP de 2002, sólo el 9,7% se define como mapuche, el
79% vive en ciudades, el 84% no habla la lengua propia, el 49% no sabe o
no recuerda las ceremonias o ritos, y el 60% es católico. Pese a esta
información objetiva, que prueba la integración, los indigenistas,
antropólogos y políticos oportunistas insisten en crear formas de
separación. Son paternalistas.
* Historiador chileno.
Ganador del Premio Nacional en 1992. Ex director de la Biblioteca
Nacional entre 1990 y 1993. Actualmente hace clases en las universidades
de Chile y Andrés Bello.
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