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EL TRASFONDO RACISTA DE UNA CRISIS |
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El desprecio sin fondo que
los bolivianos blancos sienten por los collas y por los diferentes
pueblos originarios del país es una herramienta política que tiene
como objetivo y presa el capital. En ese sentido, no hay desprecio
histórico sin botín en el medio. Los sentimientos colectivos de
manipulación, doblegación y exterminio siempre han servido de
impulso para que los portadores del odio puedan quedarse con todo. |
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Por Sandra RUSSO*
I
Azkintuwe |
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Evo
Morales, Presidente de Bolivia. |
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Foto de Alain Bachellier. |
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El
excelente documental de Emilio Cartoy Díaz, Bolivia para todos, que
emitió Canal 7 y que sigue circulando en debates y encuentros para
analizar la crisis que se agudizó radicalmente esta semana, permite
tomar nota sensible de lo que las palabras y las fotos no llegan a
transmitir. Las notas de la televisión tampoco. Cabe preguntarse ahora
que las papas queman y hay muertos, desde dónde se mira la crisis
boliviana. Los noticieros hablan del tema de una manera pasteurizada,
como si se tratara de “querer” o “no querer” a Evo Morales, presidente
legítimo y relegitimado.
Uno de los hallazgos del documental es haber registrado no sólo el
aquelarre del racismo más repugnante, sino la manera en que la propia
televisión boliviana fue adaptándose para informar sobre la rebelión de
los departamentos “blancos”. Un docente que vio el documental me decía
el sábado que se había sentido estúpido de pronto, al advertir que había
“comprado” la información en sachet que dan los grandes medios: se había
hecho la idea de que Santa Cruz, Pando, Beni, Cochabamba, en fin, los
lugares desde los que se reclama la autonomía, eran “opositores en
bloque”, territorios ficticios en los que el rechazo a Morales brotaba
de mayorías con otras ideas e intereses. Y precisamente porque en cada
uno de esos departamentos hay miles y miles de partidarios de Evo
Morales que están siendo censurados, perseguidos, amenazados y ahora
asesinados, como los militantes de Pando, es que la crisis tiene otra
cara, una mueca monstruosa que sin embargo no sale por tevé.

Lo que se cocina en
Bolivia no es sólo un golpe de Estado en alguna de sus formas posibles.
No es sólo un intento desesperado de los dueños del dinero por retener
sus privilegios y su statu quo. Es un extracto de infamia, una muestra
del veneno histórico inoculado año tras año en un país que hasta hace
poco tenía un presidente que no hablaba bien el castellano, y no porque
fuera colla. |
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En el trabajo de
Cartoy Díaz también se puede ver cómo la pantalla partida de la
televisión boliviana comenzó a producir un efecto erosionante del poder
presidencial. Normalmente, cuando habla un presidente su investidura
reclama la pantalla entera. No fue eso lo que le cedió la televisión,
que comenzó a dividir los planos y a incluir ventanas en las que, al
mismo tiempo que se veía a Morales, se veía también a los prefectos de
Santa Cruz o Cochabamba diciendo lo suyo. La pantalla se desmembró antes
que el país. La pantalla fue la primera en bajar la estatura
presidencial. Y esa pantalla nos recuerda otras pantallas partidas. Que
cada cual recuerde.
El desprecio sin fondo que los bolivianos blancos sienten por los collas
y por los diferentes pueblos originarios del país es una herramienta
política que tiene como objetivo y presa el capital. En ese sentido, no
hay desprecio histórico sin botín en el medio. Los sentimientos
colectivos de manipulación, doblegación y exterminio siempre han servido
de impulso para que los portadores del odio puedan quedarse con todo. El
racismo, en fin, es apenas un instrumento económico. Pero sostenerlo,
sentirlo, experimentarlo, demanda una preparación de siglos que
permanece intacta. Las que hoy tratan de imponerse en Bolivia son
subjetividades melladas en su forma y fondo por una visión del Otro
Degradado, expropiado de sus derechos y reivindicaciones. ¿La
democracia? Una excusa reemplazable por alguna otra forma de gobierno
que deje cada cosa en su lugar.
“Fuera collas de mierda”, rezaba una pared en Santa Cruz. No era sólo
una pared. Eran muchas paredes. Eran gritos también. Mucha gente como la
gente gritando “fuera collas de mierda”. Lo que se cocina en Bolivia no
es sólo un golpe de Estado en alguna de sus formas posibles. No es sólo
un intento desesperado de los dueños del dinero por retener sus
privilegios y su statu quo. Es un extracto de infamia, una muestra del
veneno histórico inoculado año tras año en un país que hasta hace poco
tenía un presidente que no hablaba bien el castellano, y no porque fuera
colla. La cocina ideológica y emocional de la reacción contra Evo
Morales hace pensar en que cada crimen que tuvo o tenga lugar en Bolivia
es de lesa humanidad /
AZ
* Escritora y periodista
argentina. Gentileza
www.pagina12.com.ar
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