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ARCHIVO. |
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A 100 se eleva ya el número de presos
políticos y/o comuneros mapuche procesados (entre ellos 7 mujeres) en
Chile del bicentenario gobernado por la Presidenta Bachelet. Es la cifra
más alta desde el inicio de la transición, según el registro llevado por
la Comisión Etica Contra la Tortura y las propias organizaciones de esa
nación originaria, actualizado a septiembre de este año.
Existen 43 casos de prisión efectiva
actual, en 34 de los cuales la justicia ha aplicado la Ley
Antiterrorista heredada de la dictadura, a instancias del gobierno. A
ello se agregan 16 casos recientes de detenciones (por horas) de menores
de edad y/o escolares. En total son 57 los mapuche condenados y/o
procesados que están en libertad condicional, sometidos a medidas
cautelares de distinto tipo. De las tres mujeres recluidas en prisión,
una padece un cáncer terminal; otras 3 están afectadas por medidas
cautelares.
Este fue uno de los aspectos analizados el 24 de septiembre por el
Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas al revisar el desempeño
del gobierno chileno ante los requerimientos ya planteados anteriormente
por esa instancia.
Una victoria de los DD-HH
Hay una victoria que pueden contabilizar a su haber los presos políticos
mapuche en favor de sus derechos humanos y los de sus hijos e hijas. El
gobierno debió retroceder en su intento de dispersión territorial del
grupo más compacto, los miembros de la Coordinadora Arauco-Malleco (CAM)
y de otros comuneros detenidos a quienes se acusa de asociación ilícita
terrorista y homicidio frustrado, entre otros cargos. Judicialmente la
medida de traslado, apelada por la defensa, había salvado todas las
vallas pero fue resistida por los presos de la cárcel El Manzano con una
prolongada huelga de hambre que sólo se levantó cuando oficialmente el
gobierno informó la no vigencia de esos cambios.
La denuncia de los familiares, que permanecieron días y noches en
vigilia permanente a la espera de los traslados anunciados, y la sólida
argumentación de los abogados de derechos humanos que veían en ello la
adopción de prácticas de la dictadura de Augusto Pinochet, sumados al
impacto que a nivel nacional e internacional tuvo el asesinato del
comunero Jaime Mendoza Collío por carabineros, impidieron la
materialización del plan de Gendarmería. La medida consistía en
trasladar los presos a ciudades como Puerto Montt, Rancagua y Valdivia,
ubicadas a centenares de km de sus comunidades de origen, en desmedro de
sus derechos humanos y de su defensa. Un recurso presentado por los
hijos de Héctor Llaitul defendiendo su derecho a mantener el contacto
con su padre fue rechazado a destiempo por la Corte de Apelaciones,
cuando ya la medida no estaba vigente.
Permanecen otras irregularidades que obstaculizan el derecho al debido
proceso, derivadas de la aplicación de la ley antiterrorista de tiempos
de Augusto Pinochet (testigos secretos) y sobre todo, de la competencia
de la justicia militar. Hay detenidos que habían sido trasladados lejos
de sus familias anteriormente cuyos derechos siguen estando vulnerados.
Los abogados son mantenidos por meses sin acceso a la investigación y
sin conocer los nombres de los testigos, y cuando lo consiguen, no
pueden hacer pública la información. Varios detenidos son procesados por
la justicia civil y por la justicia militar por un mismo supuesto
delito. Muchos mapuche sólo tienen acceso a defensores públicos que en
ocasiones han actuado en connivencia con la fiscalía, y en otras
oportunidades están sobrecargados de casos sin poder atenderlos a
cabalidad. Las medidas cautelares de “prisión preventiva” operan como
verdaderas condenas anticipadas, al extenderse por más de ocho o nueve
meses operando como una nueva forma de control de los luchadores
sociales.
Por otra parte, se discrimina a los imputados mapuche forzándolos –sin
éxito muchas veces- a entregar muestras de su ADN, práctica rechazada
por los presos que temen por su experiencia anterior con montajes
político judiciales, que ello sea utilizado en su contra en situaciones
futuras de conflictos. Además, la persecución y búsqueda de comuneros
con órdenes de detención, justifica para la policía la realización de
allanamientos de extrema violencia con uso de fuerzas combinadas, que
incluyen carabineros y civiles armados, y el empleo de balas y gases
lacrimógenos afectando crecientemente a los niños, mujeres y ancianos.
Los insultos de carácter racista y la tortura son práctica común al
momento de la detención así como en los cuarteles y centros de
detención, con aplicación deliberada de golpes en los oídos y en la zona
abdominal, para no dejar huellas y obstaculizar las denuncias. A medida
que se extiende la movilización por el territorio en que hoy viven los
mapuche del campo y los mapuche que viven en las ciudades, el brazo
represivo acoge también a los menores de edad que se manifiestan en
marchas o mitines.
Pero para el gobierno de la Presidenta Bachelet, estos temas
considerados “delictuales” no revisten importancia. Su llamado público
al diálogo y la producción del inconsulto “reglamento” del Convenio 169,
va paralelo a la negación tanto de la existencia de la prisión política
mapuche, como la criminalización de sus luchas por la recuperación de
las tierras, y la militarización del territorio de las comunidades en
conflicto. El gobierno no logra reconocer políticamente que estas luchas
ya se extienden no sólo a Arauco y Malleco sino también a zonas de la
Región de la Araucanía y la Región de los Lagos, acompañadas de nuevas
organizaciones territoriales más vinculadas a los liderazgos
tradicionales. La parafernalia del bicentenario no da cuenta de estas
complejidades. Pero esa fiesta recién comienza y los invitados no son
los de siempre.
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